La Línea – Jordi Revuelta


«La línea define, da contorno, te muestra. Sin ella, todo sería confusión, desorden y un sin sentido.»

Un fondo negro. Una línea luminiscente. No han sido el motor de este relato corto, que vendría a ser un segundo prólogo continuista de Paciente Cero y presentación de Rena González.

La Línea es la continuación de un experimento narrativo que, para nada, es nuevo. En el pasado ya se ejecutaba de esta manera. Es posible que hoy todo esté muy especializado. Pero back to the roots: la búsqueda de la simpleza y la complejidad nacieron, de nuevo, de una sola palabra. Como ocurrió en Catarsis. Es posible que aquella palabra, más compleja, tenga un significado más claro que la que se presenta aquí como motor. Una palabra que puede medirse de infinidad de maneras, y de la que, posiblemente, en un futuro, emerja una definición distinta.

Rena González aparece aquí en su prueba final, su cierre académico. El final de su preparación como Agente de Investigación en Próxima. Un final que es, en realidad, el inicio de su relación con el protagonista de Paciente Cero. Pero que, por sí solo, no le dará dimensión ni profundidad a su personaje. Este quedará encuadrado. Y dejaremos que la palabra tome forma: delimitación, cuerpo y definición.

Disfruta del lanzamiento de este relato continuista. De un proyecto que no definiría como el miedo a la página en blanco, ese concepto tan ampliamente mencionado por tantos escritores. Aquí, el miedo está en cómo contener una lluvia de ideas y encuadrarlas en un texto corto y escueto. Formando fragmentos simples que, de manera sencilla, se van uniendo como si de un puzle se tratase hasta albergar una novela. Una novela donde esa línea y esa definición deberán ampliarse con más y más capas sobrepuestas.

De ahí nace también la simpleza de la portada, que surge únicamente de un texto, casi como aquellos que se generaban automáticamente en un Word de los primeros Windows, donde se presentaban los trabajos escolares. Ese texto se ha creado añadiendo muchas capas, y únicamente esas capas van dirigidas al contorno. Nada más. Nada menos.

«La línea define, da contorno, te muestra. Sin ella, todo sería confusión, desorden y un sin sentido.» Enlace de descarga en la imagen.
Capas y más capas.

Supongo que ni swords, ni blasters, capas…

Las demás capas y la palabra en cuestión están en la nota del autor cuando la leas. Una palabra que a mí, cada vez que me la describen, la he de buscar en el diccionario. Así de simple.

El papel.

¿El papel de qué? Pues… el papel de todo. De las cosas. De la nostalgia. Del tiempo.

Hoy no he podido evitar fijarme en cómo crecen la broza, las hierbas, todo lo orgánico. Y esta mañana me he descubierto con la necesidad de coger algo físico entre las manos: un libro en papel. Me he visto incluso aconsejando/me a mi hijo que el móvil no es bueno. Que no lo es para su desarrollo. Que ni siquiera lo es para los adultos.

Mientras le digo esto, miro a mi alrededor y me doy cuenta de lo evidente:
gracias a las lluvias… ¡gracias a ellas!
La vegetación ha crecido de forma desproporcionada. Todo eso necesita cuidado, mantenimiento. Y, entonces, la nostalgia me invade. Deseo para mi hijo lo mismo que yo tuve: libros, revistas, álbumes de cromos. Objetos que no solo entretienen, sino que enriquecen cognitivamente.

Enlace en la imagen.

Y me asalta una pregunta:
¿Por qué el papel es tan caro? ¿Por qué cada vez se produce menos?
Sí, ocupa espacio. Claro, puedes comprarte un Kindle a color, incluso leer cómics con él. Con enlace que te dejo. Lo compras por ahí y das soporte .

Pero no va por ahí la cosa.

Porque el objeto en sí.
Sí, mola. Pero no es perfecto. Aún no.

Me encantaría que existiera una pantalla que se sintiera como el papel. Que me permitiera dibujar y escribir con la misma libertad, con tinta electrónica real, suave para los ojos.
Seguro que llegaremos ahí. Pero todavía no.

Aunque en el presente lo ideal sería la versión de Kindle Scribe pero en color. Donde l@s crador@s podrán dar mayor rienda a su creatividad.

Hoy pensaba en cómo generar papel a partir de residuos orgánicos.
El papel no debería ser un problema, ni deberíamos seguir dependiendo de la deforestación para producirlo.

Existen alternativas sostenibles, y cada vez hay más personas investigando cómo reutilizar, crear.
Te dejo un vídeo que explica el proceso paso a paso. No es sencillo, pero tampoco imposible.
Y quizás, como tantas otras cosas, solo necesite que más gente empiece a intentarlo.

Porque ,no nos engañemos, todos hemos visto The Last of Us, Soy leyenda, o cualquier peli postapocalíptica.
Y sabemos que, en apenas cinco años sin intervención humana, una ciudad entera podría quedar cubierta por la vegetación.

La nostalgia vende, es evidente.
Pero quizá lo haga por su componente sensorial, por esa capacidad de conectar con nosotros de forma más intensa que la mayoría de cosas que nos rodean hoy.

Los feelings, los sentimientos, son aspectos cada vez más difusos en nuestra sociedad. Está claro que la evolución tecnológica, lo digital, lo informático… facilita muchas cosas. Pero el formato físico es lo que permanece. Incluso este texto que estás leyendo no es más que un borrón temporal, flotando en una nube caótica de ceros y unos.

Una especie de profilaxis sensorial.
Y, al final, lo único que de verdad nos limpia, lo que nos devuelve a nosotros mismos, es ese gesto tan sencillo como abrir un libro, un cómic, una revista… y simplemente disfrutar.

Este pensamiento, esta idea de reciclaje y aprovechamiento, es lo que me ha llevado a escribir.
A levantarme hoy con la necesidad de sentir.

Porque al final todo son sentimientos.
Sentimientos de espacio. De presencia.
Y cuando esos sentimientos no encuentran cabida, la sociedad misma empieza a parecerse a eso: a un lugar donde nada ocupa espacio. Donde todo es efímero.

Y eso no es suficiente.
Siempre tiene que haber espacio para lo físico.
Incluso en el futuro.

40 Aniversario de la Librería Gigamesh y El Sexto Palacio, de Robert Silverberg

Dicen que, si hicieran un clon de un@ mism@, este jamás sería igual a nosotr@s. Porque no es el cuerpo, son las experiencias las que nos definen.

Gigamesh ha tenido un peso importante en mi forma de ser. No porque haya ido mil veces, de hecho, no han sido muchas, apenas algo más de una decena, sino porque desde el principio estuvo presente en mi casa.

Uno de mis hermanos mayores fue de los primeros en visitarla cuando abrió. Gracias a él, el cómic y la literatura fantástica llenaban las estanterías de nuestra casa. Recuerdo cómo llegaban a mis manos libros, manuales e incluso juegos como Dungeons & Dragons o Blood Bowl, todos conectados con aquel ambiente friki tan especial del mercado de Sant Antoni.

Aquel mercado era un verdadero polvorín de creatividad: allí los libros se entrelazaban con los videojuegos de Spectrum, y el arte se respiraba en cada rincón. Todo ese universo encontraba su continuidad natural en librerías como Gigamesh o Norma Cómics, muy cerca del Arc de Triomf. En apenas cuatro pasos, tenías todo el frikismo al alcance de la mano.

Para mí, Gigamesh no era algo tangible aún, hasta que mi hermano mayor, junto a un grupo formado en torno a la librería, viajó a los Premios Hugo celebrados en los Países Bajos en 1990, durante la convención mundial de ciencia ficción ConFiction. Yo era joven, pero ese gesto marcó algo. Todo el material que teníamos en casa cobró una dimensión nueva. Y justo por esa época, ya estaba yo lo bastante preparado para sumergirme en la literatura del género.

Mi hermano trajo de allí, entre otras cosas, la edición en inglés de Hyperion. Ese libro, sin duda, me marcó. A día de hoy, lo coloco entre los cinco mejores de la ciencia ficción. Ese peregrinaje que relata la novela… era también el preludio del que es la vida misma.

Pasaron los años. Mis hermanos hicieron su camino, yo el mío. Dejé de leer por un tiempo, o al menos no tanto como antes. Había pasado por la tienda, quizá buscando algún Conan de Timun Mas o los Von Bek en inglés, pero poco más.

Hasta que en 2015 volví a Gigamesh.

Recorrí la tienda —la nueva, no la de debajo del Arco de Triunfo con sus escaleras estrechas— y sentí que algo había cambiado… y, a la vez, no. Pregunté en la vitrina:

—¿Tienes El hombre en el laberinto?

—Sí —me dijeron, sin tardar nada en sacarlo.

Costaba ocho euros. Me lo llevé. Me lo leí. Y ahí estaba de nuevo: mi yo interior. El que había estado callado, esperando, en pausa.

Gigamesh siempre ha estado presente. En aquella época, ser friki ya era algo. Y yo lo era, sin duda. Lo vivía. Tenía el género a raudales. No necesitaba ir constantemente a la librería: los libros ya estaban en casa, esperando ser leídos. Para casi dos vidas.

Un día decidí crear una web. Quizás porque pensaba que este género estaba en declive… o porque, en realidad, leer está en declive. Pero precisamente por eso es tan especial: porque sigue tocando a personas que lo sienten de verdad.

Gigamesh ha hecho mucho para que eso siga siendo posible.

Hoy he escuchado el podcast de Windumanoth. Me dio pena saber que Alejo se retira. Me habría encantado conocerlo. Es el ejemplo perfecto de alguien que creyó en vender un tipo de literatura muy concreta, con obras maestras que no todo el mundo conoce, algunas ya incluso descatalogadas. En el podcast habla del catálogo interno, de cómo encontrar ese tipo de libros olvidados, y uno siente que hay ahí un legado que no debería perderse Aquí.

Enlace al podcast en foto.

Cuando empecé a escribir, llegué a pensar, como muchos, en la posibilidad de publicar con ellos. Incluso llamé una vez. Pero con el tiempo, entendí que no todo necesita forzarse. Las cosas fluyen, y lo importante es seguir creando, no perseguir validaciones.

Ahora, mientras escribo estas líneas, me viene a la cabeza que el podcast quizá podría haberse anunciado antes. Pero, sinceramente, no cambia nada. Gigamesh siempre ha estado ahí. Y seguirá estando.

Así que este cuarenta aniversario no es solo una fecha redonda. Es una prueba de que algunos espacios se mantienen firmes, resistiendo modas, consolidándose como refugios de imaginación, como lugares que invitan a seguir explorando. Y eso, hoy, ya es mucho.

Como broche final dejo un relato corto de Silverberg de otro podcast y en el original. Donde se observa la esencia de la literatura de género antigua:

Aquella que nos sigue haciendo disfrutar como antes. En el presente.

La edición original, el podcast traducido aquí: https://www.ivoox.com/sexto-palacio-robert-silverberg-audios-mp3_rf_87051666_1.html

Un homenaje a cuatro décadas de imaginación, libros y mundos infinitos. Y un relato que captura, con maestría, la esencia del género que nos une.

Refracción / Reflexión / Inflexión

Un político japonés recurre a la ciencia ficción para abordar una crisis.

La crisis es global. El mundo es global. Todo lo que ocurre en él pertenece a sus habitantes. La humanidad tiene una ventaja: puede pensar, puede reflexionar. Aquí, incluso algo tan simple como un número de calorías (nosotr@s), de masa o de gravedad, aunque sea pequeña comparada con la de un cuerpo celeste también puede aportar.

El espacio profundo es negro, oscuro, tenebroso. Pero hay un punto donde esa oscuridad se rompe: en los planetas o cuerpos que refractan la luz de las estrellas. Ellas generan la luz, los planetas la devuelven. Como la realidad que a veces necesitamos ver reflejada para entenderla.

Lector, escritor, aprendiz de todo y maestro de nada. Como muchas personas, vivo entre la inquietud, la supervivencia y la simpleza de la existencia. Hoy, como no podía ser de otra forma, sumo una entrada más. Una pequeña aportación, un grano de arena. No porque me considere más inteligente que nadie, nunca destaqué especialmente en nada, pero tampoco se me ha dado mal casi nada. He errado muchas veces, sí. Pero sigo aquí, intentando aprender.

Hoy, la simpleza me alcanza: Pangea, el único continente que unió a la Tierra, tuvo su origen en África. Y quizás allí esté también la solución al cambio climático.

El desierto avanza. Nos amenaza cada vez más. Incluso Europa, Asia y América del Norte, especialmente también las grandes potencias sufrirán sus efectos.

Pero, ¿y si la solución fuera tan simple como usar nuestros desiertos para generar energía y, a la vez, regular el clima? Un terreno vacío lleno de fotovoltaica. Que absorbe, refracta, y con ello refleja la posibilidad de enfriar el planeta.

Nos falta poco para ser una civilización de tipo uno.

No somos políticos. Somos personas que hemos leído ciencia ficción. Una sola persona quizá no pueda cambiarlo todo. Pero muchas juntas sí pueden asegurar el futuro de la especie.

No hay planeta B. Solo hay uno. Este. El origen. Existen muchos planetas, incontables, tantos que nuestra mente no puede abarcarlo. Pero la idea, el germen de cuidar nuestro punto de partida es la clave.

Esa es nuestra inflexión. El momento de elegir. De decidir qué mundo queremos reflejar. Qué luz queremos refractar. Y hacia dónde, como especie, queremos avanzar.

Y todo esto no es una novedad. Ya en el pasado, científicos hablaban de satélites de refracción en órbita como solución climática. Incluso en la novela Hail Mary de Andy Weir, utilizan vastas zonas desérticas como generadores de combustible, necesarios para enviar la nave Ave María hacia nuestra estrella más cercana e intentar resolver un problema global.

Digo “el problema” porque, o bien esperas a que salga la película, o te animas a leer el libro. Y si no, siempre puedes pasarte por mi reseña extensa.

Nos estamos basando en ciencia ficción, sí. Pero la ciencia ficción no es tan diferente de cualquier lluvia de ideas que aplicamos para resolver problemas cotidianos. Solo que, en este caso, estamos ante un desafío a escala planetaria.

Pero al fin y al cabo, no deja de ser un problema. Y como tal, posiblemente tenga también una solución, incluso rápida, si hablamos en los tiempos que marca el daño que dejamos como huella. Una solución que nos ayude a caminar, de nuevo, en consonancia con nuestro planeta.

«Una idea puede tener un poder inimaginable.»

La Energía / El Coste / Producción

El otro día me encontré pensando. Los inputs entraban y salían. La vida parece estar en una eterna lucha desde que somos especie. Ya lo sabéis, siempre estoy con la misma cantinela.

Me fui a comer un sándwich de una conocida marca, nacida en la ciudad que me acogió desde mis inicios. El sándwich, ya no existía, lo habían retirado. Posiblemente por caro y complejo de preparar, por su componente principal, tener un tiempo de elaboración considerable.

Pero me surgió un pensamiento, como un letrero de neón encendido en la cabeza: ya no importa nada, solo los beneficios. Ya ni siquiera se esfuerzan en subir el precio del producto de forma razonable; simplemente recortan costes. Y entre esos costes, la elaboración ha pasado a ser prescindible. Es una prioridad para ellos: hacer menos, gastar menos.

Lo comenté con quienes estaban conmigo. Todo ha cambiado, y lo que antes era excelencia ahora parece una aberración.

Una cadena reputada puede hacer lo mejor… y también lo peor. Y aunque debemos aceptar que no todos somos iguales ni tenemos los mismos gustos, los principios son lo que nos define. Cuando se pierden, se pierde parte de nuestra evolución. Aun así, el ser humano sigue adelante. Evoluciona, se adapta… incluso al miedo, incluso al pavor que puede provocar la sociedad misma. Y a veces, entre tanta sombra, se vislumbra un claro.

Hace poco vi un documental en RTVE titulado Hope!. Una de cal. Porque también creo que nuestra cadena nacional, tan valiosa en muchos aspectos, a veces nos da una de arena, emitiendo programas que tienden a polarizar hacia el extremo opuesto del tipo teleb*sur*. Pero como no es de caballeros detenerse a criticar sin aportar, sigamos con Hope.

Este documental trata sobre el calentamiento global y las posibilidades reales de revertirlo. Confieso que pensaba que, con la llegada del calor, mi cuerpo se encontraría mejor. Me equivoqué. El cuerpo humano funciona de forma óptima con temperaturas estables. El calor excesivo no solo nos incomoda: nos desajusta, nos agota. Es una certeza fisiológica.

A veces, como muestra el documental, dar dos pasos atrás para poder avanzar puede ser una decisión acertada. En contraste con avanzar a toda costa, surge el conocido eslogan: “No tenemos un planeta B”. Esta frase se repite con frecuencia porque, como sociedad, aún necesitamos recordatorios constantes sobre la responsabilidad colectiva que tenemos con el entorno.

Cada persona es un individuo único, y todas las opiniones son respetables. Sin embargo, cuando se trata del medio ambiente, hay límites que trascienden lo personal. Dañar el planeta no es una opción negociable, simplemente porque no nos pertenece en exclusiva. Si lo fuera, cada uno podría hacer con él lo que quisiera. Pero no es así.

Enlace en imagen.

La de arena llegó con el apagón. Aunque, si lo pensamos bien, quizás también fue una de cal. La transición hacia energías renovables representa una solución viable, especialmente si observamos países como China, cuyo crecimiento es desproporcionado, increíble y fascinante. Nadie duda de su capacidad para absorberlo todo a su alrededor. Un apagón en ciudades de ese tamaño podría tener consecuencias catastróficas. La tecnología es la magia del presente, pero, como toda magia, se alimenta de un “maná”: los recursos del planeta.

Y así volvemos a la idea del planeta B. Ya lo comentamos en otra entrada anterior, búscala si te interesa profundizar más, no estará muy lejos. Pero, como siempre, hay un pero: lo que hoy puede parecer irrelevante o costoso, mañana puede adquirir dimensiones insospechadas. El problema está en que los costes, cuando se convierten en la única vara de medir, entran en una paradoja: si el coste es demasiado alto, se frena el avance. Por eso, gestas como el viaje a la Luna o las misiones Voyager, que en su momento fueron criticadas por “innecesarias”, hoy se reconocen como pasos clave en nuestra evolución tecnológica.

En este contexto llegó a mis manos, gracias a los sitios por donde me muevo, el libro La utilidad de lo inútil. Solo con el prólogo bastó para llegar a una conclusión poderosa: muchos proyectos científicos y tecnológicos se han considerado “inútiles” solo porque no ofrecían un beneficio inmediato. Pero si algo ha quedado claro a lo largo de la historia, es que la inversión en conocimiento es lo que nos ha hecho dar saltos de gigante como civilización. Como se suele decir, “el saber no ocupa lugar”… aunque no genere ingresos instantáneos. Y en esa búsqueda de inmediatez, a menudo perdemos de vista los valores esenciales como seres humanos, no solo como unidades de producción o consumo.

La calidad, por tanto, no debería ser negociable. Ni en la comida, ni en la educación, ni en el conocimiento, ni en ningún otro ámbito vital que sostenga nuestra existencia.

Sí, nos repetimos más que el ajo. Pero recuerda que aquí, en España, se dijo que este país “sabía a ajo” como forma de menospreciarlo. Una muestra más de algo que la humanidad ha hecho desde sus orígenes: desprestigiar lo propio. Y sin embargo, precisamente reconocer y corregir estos errores es una vía para evolucionar. Hoy todo parece estar supeditado al beneficio económico, pero si leíste la reseña anterior sobre las sondas Voyager, sabrás que también somos capaces de empatía, de admiración, y de soñar con cosas que no tienen precio. Cosas que, muchas veces, acaban siendo el motor real de nuestra vida.

Y por último, la guinda del pastel. En medio del contraste que supone la vida actual, surge la evolución. Aquellas imágenes captadas por las sondas Voyager, que costaron una fortuna en su momento y serían impensables hoy por su presupuesto, ahora están al alcance de todos. Desde el lugar en que vives, sin moverte, puedes ver lo que vieron esas sondas. Esa es la magia de la evolución: pasos que antes eran imposibles hoy son reales y con una proyección de futuro aún más amplia.

Me quitaron el sándwich, ese que era saludable y bien elaborado. Me quitaron, una vez más, algo bueno. Porque lo bueno, al parecer, no es rentable. Mi voz, como individuo, no va a devolvérmelo.
Pero luego, con un simple vídeo en YouTube, volví a conectar con esa idea de evolución. Una evolución que comienza aquí, en nuestro planeta, la Tierra, y que, una vez más, nos impulsa a mirar hacia otros mundos.

Sé que ese sándwich me lo puedo hacer yo mismo. Pero ya se ha perdido como parte de lo que fue algo colectivo.
Aunque hay algo que siempre estará ahí: solo tienes que mirar hacia arriba.

Estas imágenes son realmente lo único que importa de este artículo.

Es en este momento cuando, literalmente, a uno le “explota la cabeza” y empieza a sentirse parte real de lo que somos. La consciencia se expande, y ya no puedes mirar atrás, porque no te reconocerías: has avanzado.

El vídeo es impactante en todos los sentidos, salvo quizá por la música, que puede no ser del gusto de todos. Y es precisamente ahí donde cada individuo puede decidir qué experiencia desea tener. Porque lo que se muestra en esas imágenes ya no pertenece únicamente a la humanidad; pertenece al sistema que nos da vida. Al todo. A ese equilibrio natural del que formamos parte, aunque a veces lo olvidemos.

¡Esta vez somos Pepito Grillo!
Por cierto, aquella cadena alimentaria que, antes de hacerse mega conocida, también preparaba el clásico pepito de ternera y de una calidad buenísima, también lo quitó de su catalogo.

¿Desaparecerá también el ser humano?
¿Será su ambición desmedida lo que lo hunda… o lo que lo haga resurgir?
¿O, al final, todo se reducirá simplemente a un asunto de costes de producción?