Un político japonés recurre a la ciencia ficción para abordar una crisis.
La crisis es global. El mundo es global. Todo lo que ocurre en él pertenece a sus habitantes. La humanidad tiene una ventaja: puede pensar, puede reflexionar. Aquí, incluso algo tan simple como un número de calorías (nosotr@s), de masa o de gravedad, aunque sea pequeña comparada con la de un cuerpo celeste también puede aportar.

El espacio profundo es negro, oscuro, tenebroso. Pero hay un punto donde esa oscuridad se rompe: en los planetas o cuerpos que refractan la luz de las estrellas. Ellas generan la luz, los planetas la devuelven. Como la realidad que a veces necesitamos ver reflejada para entenderla.
Lector, escritor, aprendiz de todo y maestro de nada. Como muchas personas, vivo entre la inquietud, la supervivencia y la simpleza de la existencia. Hoy, como no podía ser de otra forma, sumo una entrada más. Una pequeña aportación, un grano de arena. No porque me considere más inteligente que nadie, nunca destaqué especialmente en nada, pero tampoco se me ha dado mal casi nada. He errado muchas veces, sí. Pero sigo aquí, intentando aprender.
Hoy, la simpleza me alcanza: Pangea, el único continente que unió a la Tierra, tuvo su origen en África. Y quizás allí esté también la solución al cambio climático.
El desierto avanza. Nos amenaza cada vez más. Incluso Europa, Asia y América del Norte, especialmente también las grandes potencias sufrirán sus efectos.
Pero, ¿y si la solución fuera tan simple como usar nuestros desiertos para generar energía y, a la vez, regular el clima? Un terreno vacío lleno de fotovoltaica. Que absorbe, refracta, y con ello refleja la posibilidad de enfriar el planeta.
Nos falta poco para ser una civilización de tipo uno.
No somos políticos. Somos personas que hemos leído ciencia ficción. Una sola persona quizá no pueda cambiarlo todo. Pero muchas juntas sí pueden asegurar el futuro de la especie.
No hay planeta B. Solo hay uno. Este. El origen. Existen muchos planetas, incontables, tantos que nuestra mente no puede abarcarlo. Pero la idea, el germen de cuidar nuestro punto de partida es la clave.
Esa es nuestra inflexión. El momento de elegir. De decidir qué mundo queremos reflejar. Qué luz queremos refractar. Y hacia dónde, como especie, queremos avanzar.
Y todo esto no es una novedad. Ya en el pasado, científicos hablaban de satélites de refracción en órbita como solución climática. Incluso en la novela Hail Mary de Andy Weir, utilizan vastas zonas desérticas como generadores de combustible, necesarios para enviar la nave Ave María hacia nuestra estrella más cercana e intentar resolver un problema global.
Digo “el problema” porque, o bien esperas a que salga la película, o te animas a leer el libro. Y si no, siempre puedes pasarte por mi reseña extensa.
Nos estamos basando en ciencia ficción, sí. Pero la ciencia ficción no es tan diferente de cualquier lluvia de ideas que aplicamos para resolver problemas cotidianos. Solo que, en este caso, estamos ante un desafío a escala planetaria.
Pero al fin y al cabo, no deja de ser un problema. Y como tal, posiblemente tenga también una solución, incluso rápida, si hablamos en los tiempos que marca el daño que dejamos como huella. Una solución que nos ayude a caminar, de nuevo, en consonancia con nuestro planeta.

