Espectaculares las versiones que hay aquí. Todavía estoy dudando cuál escoger, aunque creo que al final no voy a elegir ninguna. Supongo que Drácula ya lo tengo en su versión original y, posiblemente, todas estas obras prefiero leerlas también en su idioma original. Puede sonar un poco pedante, pero es mi forma de entenderlo.
Aun así, no puedo dejar de alabar al menos las diez primeras entregas. En su día me hice con las versiones ilustradas de Dumas, tal como ya expresé en una entrada. Tranquilamente, esto es publicidad gratuita, y para eso estamos: para transferir lo mejor.
Enlace en la imagen.
Tiene muy buena pinta y, aun así, insisto en que no lo voy a comprar… pero me encanta y me hace dudar. Es, sin duda, esa bomba de marketing que no está nada mal, porque puede hacerte consciente de obras que quizá ya estén en tus estanterías, en las de algún familiar o, por supuesto, en cualquier biblioteca. Es ese revulsivo que puede empujarte a leer, y por eso hago aquí la mención.
También está el fantástico tratamiento que se hace de los clásicos, algo importante e indeleble en el tiempo.
Seguro que en su interior puede haber swords —no blasters, aunque por ahí asome La guerra de los mundos con sus alienígenas cargados de energía—, pero sí texto y lectura de los clásicos de lo fantástico, capaces de impulsar la entrada en este mundo en el que cada vez somos más.
El último libro de la trilogía de Silo es, posiblemente —en comparación con La jungla de cristal 2 en su día— un hito en cuanto al número de personas que mueren en una obra. Aquí tenemos el desenlace de la trilogía, algo evidente y para lo que no hace falta ser ningún genio.
Debo decir que, después de terminar de leer Silo, mi sensación es clara: posiblemente la serie televisiva es mejor que los libros, sin rodeos. Es cierto que la imaginación de cada cual es personal y difícil de trasladar o explicar en su imagen mental. Desde mi punto de vista, los libros detallan más a los personajes y al ritmo narrativo que a la escenografía o el detalle visual, y eso me gusta mucho porque mantiene muy bien la acción. Es verdad que, como ocurre en muchos cierres literarios, el libro comienza de forma lenta y luego avanza a pasos agigantados.
Silo me gusta mucho, mucho, pero aun así entro en bucle comparándolo con la serie televisiva, que concibo como superior. Es así, no hay más. Supongo que en este aspecto me he cerrado en banda.
Lo que comentaba sobre las muertes al principio es cierto, siempre y cuando obviemos el momento del apocalipsis. Por lo demás, aquí encontramos un número de tragedias muy concreto, contado en unidades que no son precisamente pocas.
También es normal que los conflictos humanos se enreden y que estos sean especialmente crueles.
Silo es, posiblemente, en concepto, idea y estructura, una de las mejores novelas de ciencia ficción distópica que he leído, y quizá la mejor serie de ciencia ficción que he visto en mi vida. Es posible que Rebecca Ferguson tenga mucho que ver en ello: por su actuación, por la orientación de su personaje y por su conocimiento en mecánica, algo que, por afinidad personal, ya me tiene ganado. Ese equilibrio de competencias entre sexos resulta fascinante y completamente creíble. Jules es una heroína como debe ser.
A partir de aquí entramos en spoilers, aunque antes quiero decir que he disfrutado toda la trilogía. La he leído quizá de forma algo superficial en algunos momentos, incluso distraído en otros, pero lo achaco a las inevitables comparaciones, que ya se sabe que son odiosas. Aun así, es una trilogía imprescindible para entender cómo podría ser un futuro muy creíble.
Spoilers:
Ese apocalipsis acaba siendo poco más que un reset de la humanidad, sin demasiado trasfondo. Es cierto que las nanomáquinas se presentan como un peligro futuro y, al mismo tiempo, como una herramienta esperanzadora para la medicina. Como arma biológica, desde mi punto de vista, tienen más peso en la reparación de tejidos que en la idea de una supuesta inmortalidad, tal y como casi se plantea.
El conflicto entre Anna y Donald lo percibo como un crimen pasional algo incoherente, teniendo en cuenta las capacidades intelectuales de Anna y Donald. Aun así, está bien desarrollado al mostrarnos cómo Anna intenta suplantar a su mujer sin contarle la verdad. Esa verdad debería haberse revelado en la segunda parte y habría evitado su muerte. Son elementos metidos con calzador, bien integrados, pero forzados. Tengo curiosidad por ver cómo lo resolverán en la serie.
Este punto me recuerda a El prestigio de Nolan, cuando el personaje de la mujer de Christian Bale se suicida, algo que no habría ocurrido si se le hubiera contado la verdad sobre los gemelos. Choca muchísimo, pero dota a la historia de una potencia enorme. Aquí sucede algo similar: le da fuerza, especialmente en esta tercera parte, donde las investigaciones de Anna actúan como detonante y revelan el objetivo de todos los silos, concebidos para que, de manera darwiniana, solo uno quede con vida mientras el resto son destruidos.
El final es bastante happy flower, después de toda la escabechina previa. Apenas se menciona —o se obvia— el paisaje de la ciudad cercana en ruinas, y se revela que muy cerca ya es posible vivir y que existe superficie verde.
Sin querer meter más caña, me alegro de haber leído Silo. Ha sido una necesidad hacerlo, aunque al terminarlo queda una sensación similar a cuando te explican un truco de magia: pierde parte de la gracia. Aun así, eso no baja esta obra del pedestal. Silo es, sencillamente, imprescindible.
Por lo demás me alegro de haber acabado la trilogía porque ahora me podré dedicar a acabar o empezar otra. Y es fascinante la sensación de terminar algo para iniciar otra cosa, mariposa.
Dejo los enlaces de los tres libros por si te los quieres pillar en amazon:
Y después del género que nos delimita el silo, que ya de por sí es distinto, llega el momento de poner en la balanza hacia qué dirección vamos: si hacia las Swords o hacia los Blasters.
«Pero ¿qué mierda de título es este?», podrán pensar much@s.
Supongo que este año es uno de los más importantes para quienes nos gusta el género de la ciencia ficción y la fantasía. Pero no porque hayamos tenido muchísimas novedades relevantes, ni únicamente por el hecho de que nos atraiga este género en concreto, sino por la percepción y la capacidad que tienen nuestros congéneres para detectar que el mundo, tal y como lo hemos conocido, está en peligro. Como siempre lo ha estado, es evidente, pero ahora aún más: a mayor capacidad, mayor daño.
Es sabido por todas y todos quienes hemos leído a grandes autoras y autores, como la mismísima Ursula K. Le Guin o el propio Asimov, que el progreso puede desembocar en la barbarie, y que recuperarse de ella es un proceso que llevaría muchísimo tiempo.
No quiero enrollarme demasiado, pero esta Navidad os deseo lo mejor. Os deseo poder seguir dando la tabarra y, por qué no, recordar en forma de meme aquella inocencia del pasado en la que siempre se terminaba con un deseo: la paz en el mundo. Es cierto que muchas veces se decía para quedar bien y sin un sentimiento real detrás, pero ese deseo es, posiblemente, lo que debería sentir cada alma que tiene la gran suerte de existir, aunque sea por un minúsculo instante, en este planeta prodigioso que habitamos.
No he podido evitar recordar una de las escenas de Miss Agente Especial, en la que se recalca una faceta que hoy en día quizá provocaría que te lanzaran tomates.
Yo mismo lo he vivido en mis propias carnes: hacer un comentario en una reunión —sobre la importancia de la Navidad— y percibir ese mar de fondo que te devora cuando los presentes no sienten lo mismo y tú lo notas al instante. La Navidad siempre me ha gustado y siempre ha sido así, pero es evidente que muchas personas no piensan de la misma manera.
Es cierto que las vivencias nos moldean, y que incluso el perro más bueno puede morder si se le maltrata. Aun así, puedo decir que la vida no es fácil para nadie y que, posiblemente, es en quienes se levantan tras caer donde se aprecia la verdadera esencia.
La Navidad es, quizá, como el agua de la lluvia que da tregua, o como el fuego que protegía a nuestros ancestros de las bestias. Pero ¿qué hacemos con quienes eligen la senda del animal?
Como he escuchado muchas veces: “tonto el último”, “que cada uno se lama su cipote”, “sálvese quien pueda”, y una infinidad de dichos que hacen que uno sienta vergüenza ajena ante ciertas actitudes dentro del círculo de personas con las que, por la inevitable sucesión de nuestro camino, debemos interactuar.
Es posible que la comunidad centrada en la literatura de género sea más consciente del proyecto que supone este tipo de escritura, capaz de generar personas de gran valor para la humanidad. Y creo que, dentro de todo el lodo que existe —y que además no deja de generarse gratuitamente en medio del caos—, están esos lectores y lectoras que actúan como impulsores de un futuro mejor.
Con todo ello, Swords & Blasters os desea unas felices fiestas, junto a vuestros seres queridos.
Un abrazo y nos vemos el año que viene, a menos que Papá Noel me haya dejado Expedition 33 en el calcetín de la chimenea y me vuelva loco, o me dé una de mis flipadas habituales y tenga que hacer un articulo de cualquier cosa que haya visto.
No tenía previsto escribir sobre superhéroes. Nunca pensé que lo haría.
Doble sombra nace del impulso, no del plan. De una necesidad más que de una intención. El fin de año fue solo el detonante: venía de releer Watchmen, de volver a enfrentarme a una obra que entiende el poder no como espectáculo, sino como conflicto, desgaste y responsabilidad. Desde ahí, escribir fue inevitable.
Decidí situar esta historia en mi región, en Catalunya, y concretarla en un lugar que no conozco. No por descuido, sino por decisión. Necesitaba no dominar el territorio para obligarme a imaginarlo sin apoyos, sin atajos, sin la comodidad de lo sabido. La ficción, para mí, empieza ahí: donde no hay control absoluto.
Escribir me resulta, al mismo tiempo, fácil y difícil. Fácil porque la imaginación no pone límites; difícil porque prefiero escribir como brújula y no como mapa. Sé hacia dónde apunto, pero no siempre qué voy a encontrar. Y cuando, al revisar, la historia deja de sorprenderme, aparece un cabreo agridulce. Me enfada porque, antes que autor, me reconozco como lector. Y cuando escribo demasiado, dejo de leer otras cosas. Siento que empiezo a leerme a mí mismo, y eso no me gusta, porque llega un momento en que lo percibo como una pérdida de tiempo.
Doble sombra no es una obra aislada. Es un nodo. Un punto de contacto con otras historias que ya existen y con otras que vendrán. Dialoga con un ente narrativo que se desplegará en los años noventa y con los procesos que sostienen La Línea y Paciente Cero. No como secuelas ni universos cerrados, sino como capas que se rozan.
Cada vez me siento más orgulloso de este texto, no porque sea definitivo, sino porque me confirma algo: sigo siendo un aprendiz. Me interesa avanzar, desprenderme de clichés, escapar de etiquetas. Me fascina el progreso y me aterra la idea de que crear llegue a ser fácil. Si eso ocurre, la complejidad desaparece. Y yo escribo para disfrutar en ella.
Doble sombra es una heroína distinta. Ficticia, fantástica, pero incómodamente cercana. No busca la luz: se mueve entre ella y la sombra. Y a veces, las deja mezclarse.
La historia se lanza en descarga gratuita en los días 15 y 16 de diciembre, aquí.
Por ultimo dejo lo que ocurrió cuando acabé de escribir Doble Sombra:
Mi mujer me hizo un maratón de dos películas: Erin Brockovich y Philadelphia. Emma, nuestra superheroína, no es abogada. Pero ambas historias hablan de lo mismo que la suya: de personas solas frente a sistemas enormes, de la justicia como algo frágil, costoso y nunca gratuito. Emma no defiende con leyes ni con tribunales. Su campo de batalla es otro, más íntimo y más oscuro. Donde el derecho no llega, donde los contratos ya están firmados y las responsabilidades diluidas, aparece la sombra. No para impartir justicia perfecta, sino para señalar el desequilibrio. Y asumir el coste.
Por lo que no puedo evitar dejar una de las mejores escenas:
Esta vez, somos sombra: la de lo que fuimos ayer y la de lo que seremos mañana. — Jordi Revuelta
Primero vamos a empezar con la épica y la recreación en un meme de Conan y el secreto del acero:
—El fuego y el viento vienen del cielo, de los dioses del cielo, pero dios es Crom, Crom que vive en la tierra. Antes los gigantes vivían en la tierra, Conan, y en la oscuridad del caos engañaron a Crom y le arrebataron el enigma del acero. Crom se irritó y la tierra tembló. El fuego y el viento derribaron a aquellos gigantes y arrojaron sus cuerpos a las aguas. Pero en su ira los dioses olvidaron el secreto del acero y lo dejaron en el campo de batalla. Nosotros lo encontramos. Solo somos hombres, ni dioses ni gigantes, solo hombres. Y el secreto del acero siempre ha llevado consigo un misterio. Tienes que comprender su valía, Conan, tienes que aprender su disciplina. Porque en nadie, en nadie de este mundo puedes confiar: ni en un hombre, ni en una mujer, ni en un animal. En esto sí que puedes confiar. Y aquí sale el sartén grial: la sartén de acero, de hierro puro con un escaso carbono para proporcionarle dureza, dureza para toda una vida, para muchísimas generaciones, para que su compuesto no difiera de lo que fluye por tu sangre, Conan. Hierro, acero. Eso eres tú, Conan.
Ahora vamos con la sartén:
Ya es sabido que, si estoy con vida, es por un estilo de vida saludable, intentando minimizar los procesados y llevando una alimentación muy estricta. Pero un día me encontré con que mi mujer me había dejado todas las sartenes en la puerta de la calle para que las tirase. Entonces entró la máquina de pensar, sí, aquella que nunca se utiliza, aquella que, por el estilo de vida y por el puro consumismo que tiene la sociedad y lo que es y representa en la sociedad —que es como la obsolescencia programada—, se queda apagada. Supongo que aquel muchacho que un día, en la universidad, fue silenciado por decir que quería utilizar bioplásticos para reciclar y tener una continuidad en el consumo —y que, a día de hoy, viendo que todos los tapones de los envases ya son de este sistema— ha visto cómo ha entrado en una espiral que nadie puede parar: el puro advertisement que te bombardea para que compres y consumas. Ese puto Black Friday que te atormenta para que consumas. Pues no quería hacer nada al respecto, pero voy a publicitar una sartén, sí, una sartén de hierro; en concreto, de acero. Pero no nos equivoquemos: es una sartén del 99 % de hierro y un 1 % de carbono.
Es una sartén para toda la vida. Y voy a dar el modelo que tengo. Solo tengo una sartén en mi casa, y es la de 22 cm, suficiente para hacer una tortilla de patatas de tres a cuatro huevos. No más. Y tortillas a la francesa perfectas (la sartén es francesa, pero es la más vendida en todo el mundo) y mejores que en una antiadherente. Y te digo: al principio las vas a pasar putas para que no se te pegue, porque la capa de antiadherencia la debes hacer tú. Y al menos sabes que la fusión y transferencia que pueda haber entre materiales es el hierro.
Enlace de compra en la imagen.
He estado mirando cuánto me costó a mí, y fue este modelo: treinta y dos pavos. Pero en el enlace está por 27 pavos; supongo que, en este caso, no hace falta ser ratilla, porque esta sartén es para toda la vida. Por si la quieres pillar en ese tamaño, aquí.
Consejos: lavar como te salga de ahí y, sobre todo, con la lana de acero, no hay prob. Secar al momento y, al fuego, añadir una película de aceite. Al cocinar —para vitro, en mi caso— dos minutos al nueve, bajar al dos y, si quieres, añadir un poco de aceite y crear una nueva lámina; siempre una nueva lámina, en mi caso, porque así siempre está limpia y eliminas restos de carbono, que supuestamente también pueden ser cancerígenos a altas temperaturas.
Tortillas a la francesa al cuatro todo el tiempo. Piensa que la sartén es porosa. Si pasas de un aceitado a alta temperatura, se abre el poro; y si baja lentamente, se cierra. Chupa aceite, crea la pátina y siempre así.
Huevos fritos: pueden patinar si se hacen a muy baja temperatura. Si te gustan con puntilla, hay que controlar la temperatura. El secreto es la temperatura.
Es una sartén para aprender, para aprender la técnica, y luego el sabor es insuperable.
Tortilla de patatas: si haces las patatas, siempre fuego alto(al inicio) y luego bajar para que no se peguen, pero aun así, por el almidón y el agua, se pegará algo. Al bajar no se torrará en exceso y ese sucarrat que quede se añadirá al final. No prob, pero has de limpiarla otra vez y aceitar como he explicado al principio para culminar con el cuajado de la patata y el huevo en la sartén. Puedes lavarla con la fuerza que quieras. La lana de acero, al tener múltiples contactos, es mejor; el Scotch-Brite sí que raya. En mi caso no me interesa.
Ahora dejo un vídeo de la ciencia del hierro, un poco pesado, pero es como recordar materiales en la enseñanza.
Esta vez nos moveríamos por las capas de perlita o incluso de ferrita, y seríamos pans en vez de swords. O creyentes en el sartén grial.
Tortilla de los inicios con cagadas múltiples; segunda foto, el color actual no es tan negro, no hace falta. Más limpieza, creo que es mejor. Más hierro y menos carbono requemado.