Ancillary Justice – Ann Leckie | Full Spoilers · Part II

Dijimos que esto era una space opera. Y sí: tiene espacio y tiene ópera. De esa combinación nace incluso un humor inesperado que, sin avisar, te sorprende riendo.

Space: sin duda. A partir de la segunda parte de la novela todo empieza a arrancar de verdad y aparece una escena potentísima en la que nuestra protagonista —que no deja de ser un buque de guerra interestelar varado (stranded, diría Kojima) dentro de un cuerpo humano— se enfrenta a la deidad de su civilización: Anaander Mianaai, entidad fragmentada en incontables versiones de sí misma que la atacan.

Un fan-Art de Breq, aquí.

Opera: también, sin discusión. Nuestra protagonista, en su estado operativo como ancillary distribuida en miles de cuerpos bajo el control de la nave Justice of Toren, posee un rasgo muy singular: le gusta tararear, o hummmear (sí, me invento la onomatopeya). Ese hábito será precisamente lo que la delate durante su búsqueda de las múltiples instancias de Anaander Mianaai, motor último de su venganza.

Justice: para entendernos, podrían visualizarse como los destructores de Star Wars. Aquí se llaman Justice porque son buques de guerra. Todo esto se va comprendiendo a medida que avanzas en una novela compleja en sus inicios, sobre todo por la percepción de la protagonista como un ente disperso en múltiples cuerpos.
La jerarquía de las naves se aclara más adelante: las Sword o Mercy son naves militares de menor calibre dentro del Imperio Radchaai, destinadas a tareas de control y anexión. Es en este punto donde se bifurca el control y se produce la reintroducción de nuestra protagonista, Breq, en la sociedad radchaai.

El plot arranca con una anexión del Imperio Radchaai en el planeta Shis’urna, dejando entrever una guerra civil interna larvada. Desde la firma de un tratado de paz con la raza alienígena Presger y la humanidad (Radch)—o, mejor dicho, el Imperio Radchaai como su representación— queda parcialmente gobernada por una IA omnipresente, fragmentada en rangos y cuerpos. Esa IA se encarna en Anaander Mianaai, quien miles de años atrás firmó el tratado de no expansión entre ambos territorios.

En una zona fronteriza, sin embargo, el gobierno se corrompe, aparentemente infectado por la influencia Presger. Esta corrupción actúa como un virus troyano que se introduce en la propia esencia de Annander, presente simultáneamente en incontables cuerpos a lo largo del Imperio.

Breq queda atrapada en un cuerpo humano, el de una auxiliar o reemplazo, a la que me referiré como Esk. No como nombre propio, sino como denominación funcional: el “uno”, el cuerpo mínimo, la unidad residual.

Estas unidades —las ancillary— cumplen funciones de servicio militar, mantenimiento o control, y son descritas, en parte, como esclavos humanos almacenados por millares en congelación hasta ser necesarios: humanos inertes, con la memoria borrada, autómatas al servicio de la colmena. Esk es eso: el resto. El fragmento que queda cuando la nave desaparece.

Breq como hemos dicho antes, aislada de su otro yo —la nave Justice of Toren— justo antes de que la propia Anaander ordene su destrucción para evitar que se propague la noticia de una guerra civil interna. Breq sobrevive atrapada en un único cuerpo humano, el de una ancillary.

Entonces el one Esk presente en la conversación con la teniente Awn y ejecución. Ese instante marca la fractura definitiva: Esk deja de ser un apéndice y pasa a ser identidad.

La novela es, en concepto, muy potente: lenta, enrevesada y, como reconoce la propia Ann Leckie, extremadamente compleja de escribir. Narrar desde el punto de vista de Breq —una entidad omnipresente en primera persona— supone un reto constante. Ese es, quizá, el único gran escollo durante la lectura. Pero al final lo resuelves: si perseveras, todo termina encajando.

La complejidad es palpable; nace directamente entre el concepto de unidad y la conciencia compartida, tal como ya apunté en la primera parte.

Cuando hablé de experimental review lo hice con la intuición de que, llegado el ecuador, la novela arrancaría. Y así sucede. A través de los flashbacks de Breq se explica la desaparición de la Justice of Toren. Breq huye tras matar, por orden directa de Annander Mianaai, a la teniente Awn Eling, una unidad con conciencia, buena familia y un férreo sentido del deber.

Durante una anexión, Awn y la Justice of Toren descubren un cargamento de armas ilegales anteriores a la anexión sin registrar, ni trazabilidad, destinadas a una posible rebelión. Al informar de ello, Annander Mianaai interviene en persona y resuelve la situación con violencia absoluta, despojando a Awn de su mando y ordenando su ejecución. Breq, la única ancillary presente, debe matarla. En un lapsus crítico, Annander debe actuar de manera radical. A partir de ahí comienza la huida, antes de que la Justice of Toren sea destruida como medida de contención, un cortafuegos contra sí misma.

En su búsqueda de venganza, Breq buscará un arma y una armadura Presger tan antiguas que superan cualquier sistema de detección. Su objetivo es claro: acabar con todas las Anaander Mianaai que pueda.

Ese camino la lleva al encuentro con Seivarden Vendaai, una antigua oficial a la que Breq había servido miles de años atrás. Seivarden despierta en un Imperio que ya no reconoce: su familia ha sido desposeída, su estatus destruido, y su género, como en toda la sociedad radchaai, resulta irrelevante.

Seivarden; empapada en kef, una droga supresora de emociones, es encontrada por Breq apunto de morir de frio en la calle , quien decide ayudarla, quizá movida por la culpa y el recuerdo de la muerte de Awn. Seivarden había comandado la nave Sword of Nathtas, perdida durante un conflicto relacionado con tecnología Presger. Ese incidente es uno de los núcleos del conflicto actual y del inicio real de la rebelión interna del Imperio en su correlación la entidad de Anaander.

Breq y Seivarden forman el verdadero motor de la novela: un tándem que se va construyendo lentamente, revelándose capa a capa.

El mundo que plantea Ancillary Justice es complejo, narrado desde una incógnita constante, con un ritmo pausado incluso en los momentos de acción. Pero funciona. Y mucho. Especialmente al final, cuando Breq y Seivarden consiguen una audiencia con dos instancias de Annander Mianaai, provocando un colapso jerárquico absoluto. Ver a varias Anaander Mianaai enfrentarse entre sí es tan perturbador como, en cierto modo, hilarante. ¡Imposible no reírte!

Es posiblemente la space opera más rara que he leído, y también una de las más satisfactorias. Compleja por su estructura de colmena, pero perfectamente entendible una vez asimilada su jerarquía y funcionamiento interno.

Breq evoluciona de forma espectacular como personaje, relegando a Seivarden al rol de escudera.

Esta vez somos blasters, sobre todo por esa arma Presger descrita como imparable, diseñada para penetrar cualquier objetivo, sin importar su blindaje(material) la distancia de un metro. Un diseño extraño, pero devastador.

Y también somos Swords: naves militares no concebidas para el conflicto directo, sino para el control, mantenimiento y sometimiento de las zonas anexadas al Imperio Radchaai.

Curioso puchero con elementos del género que más nos gusta.

Ancillary Justice – Ann Leckie | Experimental Review (Part I)

Justicia auxiliar, o Remplazos de justicia, o incluso Cuerpos de justicia —y uso “cuerpos” a propósito— es una novela difícil. Y no lo es por complejidad técnica, sino por la manera en que aborda cómo piensa el ser humano como individuo.

He marcado esta entrada como experimental porque la escribo justo al llegar al ecuador de la novela. Dije “difícil”, y sí, lo es. La narración se divide en dos tramos: uno situado en el pasado, donde se va revelando por qué una mujer —y aquí, por cierto, casi todo son mujeres— La protagonista encuentra medio muerta a una compañera en las calles heladas.

Empecé la novela en su momento y la dejé en el primer capítulo, no por un mal inicio. Supongo que venía de otra lectura muy reciente y ahí quizá pequé de flojo. Tampoco creo que fuera por estar en inglés: pasó, y no hay que darle más vueltas. Creo que ni siquiera llegué al verdadero pico de complejidad, porque cuando entra la segunda trama te das cuenta de que algo no encaja del todo: la mente individual se disuelve y pasa a comportarse como una mente colmena. La protagonista puede llegar a desquiciarte, porque describe acciones y movimientos que ocurren en distintos lugares al mismo tiempo, sin que al principio sepas que es miembro de una IA —o, mejor dicho, de una máquina inteligente. Prefiero “máquina”: más arcaico, más honesto con cómo siempre lo he entendido, lejos de las modas actuales y del bombardeo constante con las IAs.

Este concepto de abstracción, que te libera de la individualidad, es posiblemente una de las claves que llevaron a la novela a ganar el Hugo por su planteamiento. No digo que no me guste, pero llegué a ella por recomendación de mi hermano, que insiste en que la obra es una pasada (Space Opera), y confío en su criterio. Aun así, hasta el ecuador del libro la cosa no termina de arrancar para mí. Es posible que sea un enfoque demasiado polarizado para mi idea de space opera pura, donde la caña empieza desde el minuto uno.

Otro hándicap es que la estoy leyendo en inglés, aunque no lo considero un problema en sí: cuando algo cuesta, la satisfacción suele ser mayor. Por ese lado, la novela no pincha. Al contrario, haber empezado a leerla sin conocer su contenido de antemano ha mantenido ese efecto puzle que, de repente, te provoca un chispazo neuronal y te hace pensar: “¿qué cojones está pasando?”.

Es, posiblemente, una de esas novelas muy puristas en su concepción de jerarquías dentro de un universo controlado por máquinas, plenamente conscientes de que cualquier amenaza potencial para el imperio debe ser erradicada. Ahí es donde entran las dos protagonistas y cómo evolucionan en su búsqueda de venganza, con la intriga añadida de que, habiendo sido “justas” en el pasado, ahora se mueven sin ser conscientes de ello.

Te dejo el enlace de compra en Amazon en la imagen, correspondiente a su edición en castellano.

Con esto dejamos la review para una segunda parte, donde detallaremos mejor los conceptos de la obra, ya que se trata de una trilogía y estas impresiones quedarán aquí almacenadas para cuando llegue el momento de abordar el resto de las novelas, cuando ellas mismas pidan volver a entrar en nuestro interior.

Y esta vez… ¡ya sabemos lo que somos!

La Lectura

Es una entrada fácil, algo que todas y todos los que leemos ya sabemos desde dentro, especialmente quienes frecuentamos la literatura de género. Aun así, no puedo pasar por alto lo bien colocadas que están las palabras, encajadas unas con otras para explicar algo que ya sabíamos, pero que quizá necesitaba ser reivindicado una vez más.

En mi caso, siempre creeré que leer en físico es mejor. Al menos, así lo siento yo.

Lo dejo aquí, porque merece tenerlo presente y escucharlo en más ocasiones, como ese libro al que siempre vuelves a releer.

Con lo que dentro, video:

Cassian Rogue Andor One

Diego Luna, alias Cassian Andor, ha conseguido algo increíble. Es posible que haya logrado situar a su personaje en un nivel comparable al irrepetible Han Solo de Harrison Ford. Evidentemente, ambos ocupan lugares paralelos, pero muy distintos en carácter y forma. Aun así, Diego Luna, con la ayuda de un elenco de personajes impresionantes, ha construido en Andor algo realmente excepcional.

La sorpresa nació ya en la primera temporada, que comienza de manera pausada para luego crecer de forma exponencial en capacidad de sorpresa y genialidad. Andor es, posiblemente, el mejor material de Star Wars hasta la fecha, casi si obviamos la primera trilogía. Pero siempre hay un “pero”: aquellas primeras películas fueron creadas para un público amplio, accesible a todos. Andor, en cambio, no sé exactamente cómo está calificada por edades, pero es una serie claramente adulta. Hasta tal punto que, aun sin la presencia constante del poder de la Fuerza, la opresión del Imperio se vuelve tangible, latente y, en muchos momentos, casi asfixiante. Es una aproximación teatral y visual a lo que la literatura podría transmitir, pero llevada con maestría al formato audiovisual.

Volviendo a Diego Luna, es impresionante observar cómo progresa su personaje, cómo se moldea y cómo transmite. Y, por supuesto, el sílex más primario y punzante de la serie es Luthen, auténtico baluarte de la Rebelión.

Sin entrar aún en spoilers, Andor tiene una lentitud abrumadora, difícil de procesar en estos tiempos saturados de estímulos. Pero no hay que rendirse: la recompensa está ahí, y es real. La segunda temporada la he visto en dos bloques separados por meses. La primera parte, hasta el episodio cinco, puede incluso tornarse aburrida, con tramas que parecen parches aquí y allá, preparando el clímax. Sin embargo, los últimos seis episodios, del seis al doce, convierten la serie en una auténtica locura y en algo irrepetible dentro del universo Star Wars.

Sé que existe The Mandalorian. Sí, claro, pero es diferente. No transmite de la misma manera la opresión real del Imperio. Es más, si después de Andor ves Rogue One, descubres que muchos personajes están directamente conectados con la serie, y eso es maravilloso. Sin embargo, esa sensación tan potente de opresión y sacrificio no se percibe igual en la película. Rogue One es una de las mejores películas de Star Wars, sin duda, pero responde más al formato clásico de héroes que llegan para acabar con el Imperio, sin reflejar de forma tan cruda el coste humano que sí muestra la serie.

Con spoilers

Comenté antes que el punto de inflexión de la segunda temporada llega en el episodio seis, justo en el momento en que Andor habla con Luthen sobre la causa y si realmente merece la pena. Ahí es donde ambos se alinean por completo y donde toda la narrativa se encauza para cabalgar durante seis episodios de auténtica demencia narrativa.

Disney+, junto con Loki —de la que ya hablé— y The Mandalorian, puede presumir de albergar algunas de las mejores series de ciencia ficción adulta, logrando una armonía casi perfecta entre calidad, presupuesto y creación. Podría dejarlo ahí: buenas series hay muchas; excelentes, muy pocas.

Y no puedo cerrar el artículo sin nombrar a Luthen y dejar aquí un vídeo de una de las actuaciones más profundas de toda la serie. Un personaje que, además, protagoniza una de las mejores escenas de escape en nave jamás realizadas en televisión, ya en la primera temporada..

Esta vez no hay duda: ¡somos blasters!

Maestros Del Fantástico (Ediciones Ilustradas)

Espectaculares las versiones que hay aquí. Todavía estoy dudando cuál escoger, aunque creo que al final no voy a elegir ninguna. Supongo que Drácula ya lo tengo en su versión original y, posiblemente, todas estas obras prefiero leerlas también en su idioma original. Puede sonar un poco pedante, pero es mi forma de entenderlo.

Aun así, no puedo dejar de alabar al menos las diez primeras entregas. En su día me hice con las versiones ilustradas de Dumas, tal como ya expresé en una entrada. Tranquilamente, esto es publicidad gratuita, y para eso estamos: para transferir lo mejor.

Enlace en la imagen.

Tiene muy buena pinta y, aun así, insisto en que no lo voy a comprar… pero me encanta y me hace dudar. Es, sin duda, esa bomba de marketing que no está nada mal, porque puede hacerte consciente de obras que quizá ya estén en tus estanterías, en las de algún familiar o, por supuesto, en cualquier biblioteca. Es ese revulsivo que puede empujarte a leer, y por eso hago aquí la mención.

También está el fantástico tratamiento que se hace de los clásicos, algo importante e indeleble en el tiempo.

Seguro que en su interior puede haber swords —no blasters, aunque por ahí asome La guerra de los mundos con sus alienígenas cargados de energía—, pero sí texto y lectura de los clásicos de lo fantástico, capaces de impulsar la entrada en este mundo en el que cada vez somos más.