Cuando dejamos de comprar objetos para empezar a alquilar el acceso a ellos.
Hay una idea que cada vez me ronda más la cabeza: estamos asistiendo a la muerte de la pertenencia.

Hace unos días volvió a hablarse del posible final del formato físico en los videojuegos. El disco parece tener fecha de caducidad y tiendas como Game ya empiezan a desaparecer de muchas ciudades. Lo he visto con mis propios ojos. Locales que durante años fueron un punto de encuentro para jugadores hoy bajan la persiana.
Réquiem por la pertenencia.
Si el futuro termina siendo completamente digital, consolas como la PS5 acabarán convertidas en reliquias. No porque dejen de funcionar, sino porque pertenecerán a una época en la que todavía podíamos guardar un juego en una estantería y sentir que realmente era nuestro.
La tendencia parece clara: menos propiedad y más acceso. Ya no compras un juego, compras una licencia. No compras una película, pagas una suscripción. No compras música, la escuchas mientras alguien te mantenga abierta la puerta.
Y sospecho que esto no acabará en los videojuegos.
Algún día podría ocurrir lo mismo con los libros.
Por eso, si alguna vez publico los míos, me gustaría hacerlo también en papel. Tener un ejemplar físico sigue teniendo un significado especial. No descarto incluso reunir todos mis relatos en un solo volumen, con una buena maquetación y una portada realizada por un ilustrador. Ya tuve una experiencia muy positiva con la portada de Catarsis, que fue cedida por una artista y encajó perfectamente con la obra.
Quizá sea una forma de resistirse a esa desaparición de lo tangible.
Paradójicamente, este cambio puede provocar el efecto contrario al que buscan las grandes compañías. Si todo depende de servidores, licencias y plataformas cerradas, el pirateo terminará creciendo. Me cuesta creer que una hipotética PS6 tarde mucho en ser hackeada. La historia siempre acaba encontrando una manera de equilibrar los monopolios tecnológicos.
Incluso imagino la aparición de consolas compatibles o clones que intenten romper ese dominio. Puede que algún día asistamos a una auténtica guerra por el acceso al entretenimiento digital.
No hace falta ser un experto para intuir hacia dónde sopla el viento. Yo, desde luego, no lo soy. Simplemente observo.
Es curioso, porque hace poco compré Kingdom Come: Deliverance II en formato digital aprovechando una gran oferta. Pero, si echo la vista atrás, muchas de las mejores compras de mi colección las hice en formato físico.
Y entonces recuerdo otra escena.
Entré en Gigamesh buscando un libro bastante concreto.
—¿Tienes El hombre en el laberinto?
—Sí, toma.
Pensé que me pedirían una fortuna por él. Sin embargo, me costó apenas ocho euros. No era un regalo, pero para mí sí lo fue. Salí de la tienda con algo que era mío de verdad. Podía prestarlo, volver a leerlo dentro de veinte años o dejarlo en una estantería esperando a otro lector.
Los libros todavía conservan un cierto espíritu underground. Siguen existiendo librerías de barrio, editoriales pequeñas y lectores que disfrutan pasando páginas de papel.
Con los videojuegos, en cambio, la situación parece mucho más delicada.
No me sorprendería que dentro de unos años empresas como Netflix, Amazon o incluso nuevas plataformas ofrecieran videojuegos únicamente en la nube. Quizá PlayStation tenga que reinventarse para sobrevivir o, en el peor de los casos, acabe desapareciendo tal y como la conocemos.
Tal vez el verdadero cambio no sea tecnológico.
Tal vez sea cultural.
Porque el día que dejemos de poseer nuestras historias, nuestros juegos y nuestros libros, también habremos renunciado a una pequeña parte de nuestra libertad como consumidores.
Y ese día, la muerte de la pertenencia dejará de ser una metáfora.






