El arte del parry: el bonito (el más cobarde), el difícil (el más enriquecedor) y el de culto (el más trabajado). ¿Bonus incluido?

Uih… el culto. Aquí sería el inicio y el final, porque posiblemente estas tres palabras aplicadas a estos tres videojuegos son precisamente eso: de culto. Pero vamos a enfatizar por qué estos tres títulos han alcanzado esa condición y por qué, además, les añadimos uno de bonus, que es el que representa el arte del parry en sí mismo, incluso el de la esquiva.

El parry, el bloqueo, es posiblemente el exponente más señorial que puede demostrarnos un videojuego. Después de que, por fin, estos llegaran incluso a crear sentimientos, plasmarnos emociones y convertirse en una forma más de arte —aunque esa posiblemente sea otra historia—, nosotros vamos a dedicar esta entrada al parry.

El parry es, por supuesto, una de las sensaciones más directas que puede ofrecer un videojuego. Posiblemente sea esa palabra clave que necesito para crear mis propias obras; no necesito más que una única palabra. El parry es la sensación de feedback; traducido, es sentir, percibir y, a la vez, demostrarlo. En ese momento es cuando un videojuego ha llegado a calar en aquello que quería transmitirte.

Bueno, transmitir, transmitir… no sé. Cada persona es un mundo, sí, cierto, pero la madurez te dice que, al final, tod@s somos iguales. Un duro camino, la madurez, sí, pero también una parada clave en las estaciones del viaje de la vida. Y qué decir: cuantas más estaciones albergues en ese trayecto, mejor. Y eso no difiere de la longevidad; hablo de paradas en el camino.

Va… menos cháchara. Vamos a empezar por el cobarde. Sí, el cobarde. ¿Por qué no?

El cobarde o el bonito:

El cobarde no es aquel que disfruta de la senda ni quien mira al horizonte sin importar dónde está su destino, porque sabe que su camino es largo y, aunque difícil, no le importa: tiene tiempo. El cobarde es quien sabe que está constantemente en peligro, quien siente que todo es hostil a su alrededor y actúa con una cautela que incluso dificulta su avance.

Es aquí donde empezamos. Elden Ring, para mí, es el juego del cobarde. No nos engañemos. También le he puesto el del bonito, por el mero hecho del observador y de cómo el cobarde observa lo que sucede a su alrededor. Elden Ring es para observar, disfrutar, no complicarse demasiado la cabeza y darle al R1.

¿Por qué me declaro con tal desparpajo? Porque, después de derrotar al dragón Smarag —no olvidemos que viene inevitablemente de Smaug, de The Hobbit; cameo de los que me gustan—, observas y llegas a la conclusión de que derrotarlo es imposible o ultrafácil. Imposible si eliges la senda de ir de frente, aunque precisamente esa es la senda que te llevará a la victoria.

Qué gran disrupción del sentido, ya que lo único que debes hacer es esconderte detrás del montículo donde mora, enfrentarlo —de frente, sí— a caballo y acelerar en el momento en que va a devastarte con su aliento. Es ahí cuando tienes que agotar toda tu energía dañándolo con el arma que tengas y dejar la justa para esprintar hacia el cobijo y volver a recuperar esa energía.

Elden Ring es posiblemente el juego más aclamado y el más cobarde de todos. Aunque también es el más bello. Repito: qué gran disrupción. Tiene parry, sí, y está ahí para contentar al más purista, al más amante de la sensación. Y la tiene. Pero esta no es orgánica; no es para lo que realmente está creado. Está creado para deslumbrar.

No sería merecedor de estar chapado en oro, pero podría ser un buen ejemplo. Con él lucirás, pero no… da igual, no voy a meter más caña. Y no lo hago porque, en especial, me inspira. Los videojuegos tienen algo: me motivan para crear. Me motivaron para crear Amanecer de Ronin, me motivaron para escribir mi último relato, y eso que el mundo no está adaptado a que criaturas jueguen a la guerra como si fuese un videojuego. Eso ya pasó a la historia —lo digo en pasado porque nadie debería ya permitirlo—.

Bueno, sí lo permitirá la IA, que cada vez nos hará menos inteligentes. Preguntaremos, recibiremos respuestas, pero no sabremos de dónde vienen. ¿Otra vez, Jordi? Que estamos con el parry.

Ah, sí, el parry. Es la acción de defenderse, romper la guardia y contraatacar. Es algo que parece increíble. “Golpea primero y golpearás dos veces”, se decía antaño. “La mejor defensa es el ataque”. Uff… cuántas cosas se decían antes. Y los mundiales —que, por cierto, este año tenemos Copa Mundial— se los llevaban casi siempre los que defendían. También se decía que en el fútbol jugaban un montón de naciones y siempre acababa ganando Alemania, o que Italia no sabía jugar y, aun así, con un solo ataque te ganaba.

No sé si me he explicado. El parry tiene eso.

FromSoftware es posiblemente la responsable de esa acción encubierta que ha hecho que sus juegos pasen a ser de culto. Ese parry funciona como un mensaje subliminal que afecta directamente a tu consciencia.

Ahora vamos a por el más enriquecedor, el más trabajado… o el bonus.

El de culto (el más trabajado)

Este es Bloodborne. Aquí tenemos harina de otro costal. Tiene el encanto del enigma, el encanto del parry de verdad, la fusión de una época victoriana que representa el impás entre las armas cuerpo a cuerpo y las armas de fuego. Y precisamente estas últimas están para ejecutar ese parry demoledor que, hecho en el momento exacto, llega incluso a salvarte.

Pero aquí quien vence no es el cobarde.

Este juego es Mike Tyson o Joe Frazier entrando al cuerpo a cuerpo, aceptando la posibilidad del KO, pero con la recompensa de arremeter y desmontar la guardia rival. Ese hándicap descubierto hace que el daño recibido pueda recuperarse en forma de salud si contraatacas.

Bloodborne hace que merezca su pedestal de obra maestra. La cabra, el GOAT por antonomasia.

Pero después del bueno y el malo… llega el feo.

Sekiro: el difícil (el más enriquecedor)

Sekiro: Shadows Die Twice es el amo absoluto del parry. Probablemente el juego que me hizo recordar, de niño, aquel primer Prince of Persia: el primer juego donde se podía contraatacar después de bloquear. Aquel juego en el que debías esperar a tu contrincante, detenerlo y después contrarrestarlo.

Es ese juego que te enseña.

Es posiblemente el counterpuncher —denominación tenística— que aprovecha la fuerza del rival para usarla contra él. Sería el Nadal de los videojuegos: odiado por sus rivales y sostenido por una creencia inamovible. Porque sí, ellos jugaban mejor que él, atosigándolo como si fuese un sparring, para acabar agotados ante un muro infranqueable.

Eso es Sekiro. Tiene ese encanto, tiene ese ritmo, ese feedback brutal que hace que sea el feo de la película… pero el mejor.

Es la tortuga del cuento. El último de la fila, pero el primero en entrar.

El parry es posiblemente uno de los únicos sentidos que han conseguido que los videojuegos se conviertan en arte, seguidos de una lírica que los ha elevado a una disciplina artística más. Y, aunque duela decirlo, iniciaron ese camino ya desde finales de los setenta y principios de los ochenta.

¿Bonus?

El bonus es posiblemente el mejor juego que ha pasado por mis manos después de The Secret of Monkey Island, donde el parry se ejecutaba a base de insultos, y es Sifu: un juego donde el parry y la esquiva alcanzan un clímax al que ningún otro videojuego ha llegado.



Nunca estuviste solo – Albert Espinosa

Pero bueno, ¿qué ha pasado aquí? ¿Me he pasado al género literario de superventas y he salido del fantástico? Pues no… va a ser que no. Este libro es el regalo de Sant Jordi y, como podéis esperar, tiene de lo nuestro, de nuestro género. Eso sí, está encubierto bajo la etiqueta de literatura de ficción. Pues sí, también es cierto, pero no nos engañemos: acordaos de que La Ilíada es una obra de fantasía y Julio Verne escribía ciencia ficción. Vale, estoy dando ejemplos muy claros, cosa que no va con mi estilo; prefiero ser más difuso, enigmático y, a la vez, incisivo.

Pues esa “colmillada” ha llegado a un muy buen libro, algo incluso espectacular. Es ese regalo de Sant Jordi que procede de personas empáticas, posiblemente una de las características que nos hacen humanos, obviando todos nuestros logros y fracasos. Esta novela es psicológica, bien trazada, fácil de leer —no, lo siguiente—; es ese bote salvavidas para el lector que quiere volver a engancharse a la lectura, empujándote con fuerza para permitirte reentrar en la característica más intrínseca del ser humano: la percepción del entorno y lo que puede ser el más allá.

Sí, trata del más allá. Puede parecer un concepto paralelo a un sexto sentido, pero es diferente, muy diferente, porque esta novela tiene mucho mensaje, y, vamos a ser claros, estos tienden a ser muy positivos, sin obviar la presencia del suicidio. Plantea problemas éticos de la sociedad, estructurándolos en bases superpuestas que, a mi parecer, están expuestas de forma tan sencilla que parecen evidentes. Tiene todas las palabras muy bien colocadas.

Es mi primera novela de Albert Espinosa, y creo que es una de las últimas, concretamente de este año. Sin profundizar en su carrera, veo que es un hombre de ciencias, un aspecto que me atrae especialmente. Además, es catalán, donde la gramática tiene sus propias particularidades —como el uso de los signos de exclamación solo al final—, a diferencia de la norma de la RAE, que los coloca al principio y al final. Esto genera una percepción de persona más práctica, más trabajadora, que no se pierde en el esnobismo de ciertos literatos que ahondan tanto en la forma que pueden olvidar partes de la vida. Y es sabido que en esta no se puede abarcar todo: básicamente, no hay tiempo.

En esta novela, Albert nos da tiempo. Nos ofrece una visión de la medicina y del paso a la muerte como energía que, en muchos aspectos, coincide con mi propia perspectiva. Y también celebra la literatura de ficción, dando pinceladas muy sensibles hacia la ciencia ficción y otros mundos.

Me callo ya, o dejo de teclear. Te acompaño a que la leas sin saber absolutamente nada de qué va. Y posiblemente te pase lo que a mí: dos sesiones breves de lectura hasta la mitad y un final devorado sin freno. Con un diseño de letra grande, pocas páginas e ideal para leer de un tirón. Un concepto de libro en papel que es el que más me gusta. Es cierto que todos los títulos están pensados para enganchar, para invitarte a entrar —puro marketing—, pero lo que hay dentro responde a esa promesa.

Cómo me gusta Sant Jordi y que me regalen cosas —mi mujer siempre acierta— que me sacan de mi zona de confort. Esta vez ha sido así.

Como dice el título, Nunca estuviste solo: siempre me he sentido así, pero también porque siempre he intentado dar lo mejor de mí. Supuestamente, en este libro vas a encontrar ese “spoiler”.

Sant Jordi 2026

Un año más. Un año más celebrando la maravilla de la vida en ese punto azul en medio de la nada que es nuestro planeta.

Sant Jordi es, posiblemente, el mejor día del año: un día en el que se reivindica el amor, se eleva la narración, se divulga la escritura y se celebra el libro. Sí, ese objeto de papel que hace que todos los sentidos de nuestro ser se activen.

Por eso es, por antonomasia, el día más especial, con múltiples significados y lazos de unión. Es, quizá, un día en el que todo se atempera, en el que las almas buscan ese escudo para que el caos no las inunde. Un caos contra el que hay que luchar.

—¡Venga, Jordi! ¿Otra vez con la misma cantinela? Vamos a enseñar lo que nos han regalado. El don de dar es maravilloso, pero también lo es recibir un libro, que es, por encima de todo, el regalo que más aprecias.

Pues sí, aquí dejo la foto de mi dar y mi recibir. Por supuesto, con muchas rosas.

Este año he recibido un thriller, y es que me viene como anillo al dedo. Es bastante corto, con un número de páginas perfecto para mi esencia, y me ayudará a compensar la novela en inglés que estoy leyendo, que es muy larga y altera mis preferencias.

Los libros de mi hijo son una pasada. En concreto, Mi primer cuaderno de campo es brutal para iniciarlo en el arte y en el dibujo: bases de coloreado, sombras y luces. Un aspecto que, por mucho que los programas den soporte, es de obligada naturaleza aprender para desarrollar criterio en la vida. El segundo, Curiosidades para mentes inquietas, es también un gran acierto.

Rosas para mi mujer y el último libro elegido por ella, de un autor español. Es más del estilo best seller. Yo siempre me he considerado más de nicho, pero hoy en día ya no es así, porque la fantasía y la ciencia ficción se han expandido como un virus (uno al que quieres pertenecer, aunque aún no esté plenamente reconocido).

El libro de Albert Espinosa, Nunca estuviste solo, creo que me lo leeré en breve, así que pronto habrá review.

Curiositats per a gent curiosa ya viene en mi ADN, y podré compartirlo con mi hijo.

Mi primer cuaderno de campo (Ilustrados) es, posiblemente, un primer acercamiento para que mi mujer comparta el arte con mi hijo y desarrolle la mano, ese don de la creación que tanto admiro.

Esta vez somos la rosa, el dragón, la princesa y el caballero.

Moon: la película/realidad que se esconde tras la ciencia ficción

¡Juas! Esta es la mía. Vamos a poner en valor una película de ciencia ficción que plantea un posible futuro, pero que, al mismo tiempo, intuyes que no será exactamente así en la realidad: Moon.

Perdonad a los que aún no la habéis visto: ya estáis tardando. Aunque aviso, no es para todos los públicos. Es una película más personal, introspectiva, que en el fondo explica los quehaceres de un trabajador que extrae helio-3 en la Luna.

Moon y su paralelismo con la realidad

Y ahora sí, entramos en spoilers y en la actualidad. Lo curioso es que ni siquiera he necesitado volver a verla. Por cierto, no está en ninguna plataforma, lo cual me parece un error, ya sea accidental o deliberado.

Vamos al mar de fondo: cómo Moon actúa en paralelismo con la realidad.

El gran acontecimiento de la humanidad está hoy oculto tras una cortina de humo constante de la actualidad. Y resulta curioso que incluso quienes impulsan este avance contribuyan a esa distracción. Este acontecimiento está tan enturbiado que da la sensación de que puede ser un intento de apropiación de territorios que aún no están legislados a nivel global.

¿Una nueva colonización?

Podríamos estar ante una repetición de la historia: cuando Francia, España, Portugal e Inglaterra se repartieron América. El escenario ahora es distinto, pero la lógica puede ser la misma. La Luna podría convertirse en el nuevo territorio en disputa.

Quienes quieren adelantarse están invirtiendo enormes cantidades de dinero, especialmente ligadas a recursos energéticos como el helio-3. Pero ese impulso puede volverse en su contra si se recortan otros ámbitos o si el equilibrio geopolítico cambia. Otras potencias podrían entrar en juego y forzar una legislación internacional que establezca un reparto equitativo o, mejor aún, que declare estos recursos como «patrimonio de la humanidad».

Y ahora sí, volviendo a Moon y a sus implicaciones reales: la seguridad.

La exposición a la radiación cósmica es uno de los grandes problemas. Afecta directamente a las cadenas de ADN del ser humano, de forma similar a la radiación nuclear. Este punto es clave —la auténtica “prima donna”— de cualquier intento de explotación lunar, incluido el helio-3.

No es solo una cuestión tecnológica o económica. Es biológica.

Y con esto cierro.

De la revolución a la evolución

Esta vez no somos Revuelta, ni revolución. Somos evolución. Nuestro legado ya ha sido escrito, pero queremos que el de nuestros hijos tenga continuidad. No desde la ceguera, sino desde la conciencia.

Porque quizá, en el futuro, los seres humanos más capaces no serán los que más recursos tuvieron o mejor educación recibieron, sino aquellos que decidieron investigar, aprender, persistir y mantener vivo el asombro a través del autoaprendizaje constante durante toda su vida.

Comealma – Jordi Revuelta

Comealma llegó a mí como un pensamiento disruptivo dentro de un relato corto, refrescando la locura a la que está llegando mi método de creación. Comealma aparece mientras navego entre tres proyectos que no sé cuándo se finalizarán, ya que, a medida que voy creando algo más largo, se interponen ideas o destellos de creación.

Descarga gratuíta el día 23 de Abril 2026

No había escrito nada de fantasía desde IGSLPEA, donde me adentré en un capítulo en segunda persona que, desde entonces, permanece grabado en mi memoria. Pero esta vez quería hablar de la actualidad y del progreso bajo un velo casi cliché para representar la realidad. Un proceso incluso muy naive, con un mensaje muy sencillo, pero perturbador a la vez, ya que plantea por qué necesitamos tanto aprendizaje en nuestros primeros años de vida si luego no obramos en correspondencia con lo aprendido. Es una descripción del alma, del respeto hacia ella, y un punto en el que ya no sé si estoy creando puras obras de arte o pura bazofia literaria.

Pero Comealma es mi aproximación, mi rebeldía hacia la fantasía antigua donde se adora El Señor de los Anillos, y que conste que yo también lo adoré y algún día lo saborearé de nuevo. Pero, a día de hoy, estoy focalizado en la creación.

Comealma ya está disponible para Kindle en Amazon y será gratis en descarga el día de Sant Jordi, como mi regalo en el Día del Libro.