Hugh Howie – Shift (segundo libro de Silo). Con y sin espóiler.

¿Primero lo bueno o lo malo? Porque esta segunda parte de la saga de Silo tiene esos dos aspectos. Para que no te espantes: el libro es increíble, pero…

Pero antes voy a empezar como empieza el tercer libro:

«Para los supervivientes».

Y voy a detenerme en eso. Esta saga parece estar hecha para ellos. Para los que se dan de hostias, la cagan a nivel estratosférico y, después de darse cuenta, han de conseguir avanzar más de lo que la han jodido. Consiguen avanzar, pero la cagada es monumental. Y esto ocurre por el desconocimiento de absolutamente todos. Incluido el protagonista principal de esta segunda parte, que es uno de los diseñadores de los silos.

Es posible que de esta manera se presenten los personajes de esta segunda parte. Y con esto empezaremos con lo malo.

Los personajes, como he dicho antes, cambian. En esta segunda parte ya no vamos a tener a Juliette, nuestra heroína, que ha sobrevivido a una limpieza y es la única superviviente tras una salida del silo.

En este libro viajamos al origen, a un futuro próximo, al momento de la creación de los silos y cómo fueron diseñados. En el papel suena interesante, y lo es, pero el problema es cómo se presenta esta progresión: se vuelve tediosa, larga. Siguiendo la dinámica editorial actual: libros grandes con muchas cosas que se podrían obviar y que solo sirven de trámite hasta llegar al clímax. Personajes ya metidos en política, muy humanos, con muchas dudas, que se agravan en un ambiente tan deprimente como puede ser un silo. Esta vez, además, nos moveremos entre distintos silos. Un proceso tan extenso y pesado que no empieza a despuntar hasta pasada la mitad del libro, cuando se nos cuenta cómo se destruyó el silo diecisiete, donde Juliette conoce a Jimmy, o “Solo”.

A partir de aquí puede haber spoilers. Pero antes de entrar con todo, te digo: si aguantas más allá de la mitad del libro, la lectura se acelera, no podrás dejarlo, y todo sube exponencialmente. Lo que convierte a esta segunda entrega de la trilogía Silo en una maravilla. Puede impulsarte a leer el tercero. Pero en mi caso, dejaré pasar un tiempo prudente, para no quemarlo o incluso dejarlo para más adelante. Así lo hice con la trilogía de Los tres cuerpos, y esta vez haré lo mismo. Es más, posiblemente no lea la tercera parte hasta que no salga la tercera temporada de Silo en Apple TV. Porque creo que estamos hablando de que Silo es el pelotazo de las series de ciencia ficción. Es evidente que hay muchísimas y muy buenas, por lo que posicionarse a ese nivel es muy difícil. No como ocurrió con Juego de Tronos, ya que el género de fantasía no tiene tantas series a su altura.

Spoilers.

Veníamos de jugar al gato y al ratón con el primer libro, con aquellas imágenes que hacían pensar que el exterior era verde o que todo podía ser una simulación. En el segundo libro no sigue ese juego hasta el final, donde nuevamente se abre la caja de Pandora. Pero ahora lo hace de forma muy lenta, al principio, añadiendo un componente de exterminio tipo «nano-máquinas» para curar y alargar la vida. Pero revela que estas máquinas pueden usarse como un virus: así como te dan vida, te la pueden quitar.

En la review de la serie y el libro, llegué a aventurarme a decir que los silos estaban controlados por una especie de IA. Pero en este segundo libro se inclinan más por un posible “reset” humanitario. Incluso uno podría haber pensado, en el primero, que ese paisaje devastado lo provocaban los mismos turnos de control con drones armados, ya que en algún párrafo se detallan temblores relacionados con armamento.

Las fuerzas políticas y un conflicto que no se detalla terminan cediendo protagonismo a los problemas familiares y al conflicto interior de Donald, quien pasa de ser un mero títere a tomar el timón del barco. Aun así, queda encerrado en un recinto como lo es el silo, que le impide tener ese impulso natural que había en el primer libro: la incertidumbre. Ese desconocimiento que permite cometer atrocidades sin una línea equitativa, por mucho que exista un libro de la Orden.

Lo bueno:

El libro es brutal. Solo que has de superar la mitad para empezar a disfrutarlo. Para mí es demasiado. Pero no tod@s somos iguales. Aunque recalco que, en lo personal, leer un libro de una saga y enseguida el siguiente es una locura. Sería como no dormir en 24 horas y esperar que el cuerpo funcione igual las siguientes 24.

Donald, el personaje principal, a medida que empieza a descubrir la manipulación a la que ha sido sometido, se convierte en juez y verdugo. Y es en ese momento cuando su personaje explota, porque no cae en la típica paranoia. Al ser un hombre de bien, maltratado, analiza los ángulos y, debido a la manipulación que ha sufrido, se convierte en un ejecutor vengativo. Y uso esa palabra porque no busca imponer su ley a la fuerza, sino desvelar un futuro. Un futuro que, fuera del círculo de los cincuenta silos, puede albergar esperanza. Pero deberá luchar contra lo que no los hace del todo humanos, porque en su interior tienen nanomáquinas. Máquinas que pueden dar vida, pero también quitarla.

Él se siente culpable de la vida de mierda a la que ha condenado a la sociedad. Y probablemente esa misma vida es la que se podría esperar para los primeros colonos en Marte: viviendo penosamente bajo tierra.

Donald empieza a molar a partir de la segunda mitad del libro. Pero es realmente cuando entra la historia de Jimmy, o Solo, el hombre que hace contacto con Juliette en el silo 17, aquel silo destruido que aún alberga esperanza al llegar ella. Es allí donde este segundo libro se dispara hacia arriba en exponencial.

Jimmy es una pasada. Su madre lo arranca de clase al conocer el conflicto y corre con él hacia la sala del conocimiento del silo, donde está su padre. Las escaleras están abarrotadas y madre e hijo se separan. Jimmy llega de milagro junto a su padre, quien le da las instrucciones para entrar a la sala del legado. Pero su madre no aparece entre la multitud. Padre y madre son capturados y asesinados frente a las cámaras, que Jimmy puede observar desde la sala del legado del silo 17.

Su padre le advierte que lo matarán si abre la puerta, igual que harán con ellos. Esas palabras resuenan en Jimmy todo el tiempo. Aunque quiere ayudar a sus padres, la muerte de estos lo bloquea. Lo bloquea durante casi más de un año, en el que la contraseña se reinicia cada día después de tres intentos fallidos.

1218 es el número, si mal no recuerdo. Están ligados al piso de su escuela y de su casa. Si divides ese número entre tres, te da 406 días: poco más de un año. Y justo después de ese tiempo, la puerta se abre y Jimmy debe matar a los hostiles.

Pasarán muchísimos años, casi treinta, en los que recorre un silo desierto. Tiene varios encuentros, como con un matrimonio que lo asalta por comida.

Jimmy se cuestiona, después de matar al hombre y luego a la mujer, por qué necesitaban comida… si ella tenía el abdomen abultado, como si fuese por exceso de comida.

Y ahí es cuando la obra pega el cambio brutal y conecta las historias paralelas del silo 1 (Donald) con la del 17 (Jimmy), mostrando lo que puede provocar el desconocimiento, y cómo pueden producirse muertes aleatorias y sin sentido.

Hay más personajes, como un porteador del silo 18 llamado Misión, ligado al pasado, a la primera rebelión que se logró contener sin destruir ese silo. Para mí, es un parche en el libro que sirve para explicar cómo comenzó esa rebelión, pero sin demasiada profundidad. Salvo la conexión familiar con la esposa de Holsten, el primer comisario del primer libro. Aunque le dedican muchas páginas, no tiene demasiado sentido. Pero eso sí: sirve para hacerte sufrir y que, cuando llegan Jimmy y Donald, empieces a flipar con el libro.

Tampoco me quiero extender más, pero es evidente que todo se conecta. Supongo que ha sido así toda mi vida, para bien y para mal. Al terminar el libro anteayer, justo antes de escribir este artículo, me sorprendió descubrir que Hugh Howey se autopublicó en Amazon, lanzando entregas por un dólar. Un detalle que me sacó una sonrisa, porque se parece mucho a lo que yo he estado haciendo: subiendo mis relatos por menos de un euro, incluso regalándolos al lanzarlos. Salvo Amanecer del Ronin, que es mi retoño.

En casi todo lo que he emprendido en la vida, he terminado destacando. Y no han sido pocas cosas. Siempre ha sido una cuestión de aptitud y honestidad.

Escribir, no lo hago por dinero ni por reconocimiento. Ni siquiera empecé la web con esas intenciones. Lo hago porque me gusta. Porque cada día, convivir con una enfermedad crónica convierte todo —leer, pensar, escribir, todo— en un reto… pero también en un regalo. Ya no es tan fácil como antes, pero ahora cada paso vale más. Esto no es un negocio. Es un camino. Es dejar huella. Un legado, como en Silo.

Sí, esta vez somos legado.

Silo es posiblemente una obra imprescindible.

La Línea – Jordi Revuelta


«La línea define, da contorno, te muestra. Sin ella, todo sería confusión, desorden y un sin sentido.»

Un fondo negro. Una línea luminiscente. No han sido el motor de este relato corto, que vendría a ser un segundo prólogo continuista de Paciente Cero y presentación de Rena González.

La Línea es la continuación de un experimento narrativo que, para nada, es nuevo. En el pasado ya se ejecutaba de esta manera. Es posible que hoy todo esté muy especializado. Pero back to the roots: la búsqueda de la simpleza y la complejidad nacieron, de nuevo, de una sola palabra. Como ocurrió en Catarsis. Es posible que aquella palabra, más compleja, tenga un significado más claro que la que se presenta aquí como motor. Una palabra que puede medirse de infinidad de maneras, y de la que, posiblemente, en un futuro, emerja una definición distinta.

Rena González aparece aquí en su prueba final, su cierre académico. El final de su preparación como Agente de Investigación en Próxima. Un final que es, en realidad, el inicio de su relación con el protagonista de Paciente Cero. Pero que, por sí solo, no le dará dimensión ni profundidad a su personaje. Este quedará encuadrado. Y dejaremos que la palabra tome forma: delimitación, cuerpo y definición.

Disfruta del lanzamiento de este relato continuista. De un proyecto que no definiría como el miedo a la página en blanco, ese concepto tan ampliamente mencionado por tantos escritores. Aquí, el miedo está en cómo contener una lluvia de ideas y encuadrarlas en un texto corto y escueto. Formando fragmentos simples que, de manera sencilla, se van uniendo como si de un puzle se tratase hasta albergar una novela. Una novela donde esa línea y esa definición deberán ampliarse con más y más capas sobrepuestas.

De ahí nace también la simpleza de la portada, que surge únicamente de un texto, casi como aquellos que se generaban automáticamente en un Word de los primeros Windows, donde se presentaban los trabajos escolares. Ese texto se ha creado añadiendo muchas capas, y únicamente esas capas van dirigidas al contorno. Nada más. Nada menos.

«La línea define, da contorno, te muestra. Sin ella, todo sería confusión, desorden y un sin sentido.» Enlace de descarga en la imagen.
Capas y más capas.

Supongo que ni swords, ni blasters, capas…

Las demás capas y la palabra en cuestión están en la nota del autor cuando la leas. Una palabra que a mí, cada vez que me la describen, la he de buscar en el diccionario. Así de simple.

El papel.

¿El papel de qué? Pues… el papel de todo. De las cosas. De la nostalgia. Del tiempo.

Hoy no he podido evitar fijarme en cómo crecen la broza, las hierbas, todo lo orgánico. Y esta mañana me he descubierto con la necesidad de coger algo físico entre las manos: un libro en papel. Me he visto incluso aconsejando/me a mi hijo que el móvil no es bueno. Que no lo es para su desarrollo. Que ni siquiera lo es para los adultos.

Mientras le digo esto, miro a mi alrededor y me doy cuenta de lo evidente:
gracias a las lluvias… ¡gracias a ellas!
La vegetación ha crecido de forma desproporcionada. Todo eso necesita cuidado, mantenimiento. Y, entonces, la nostalgia me invade. Deseo para mi hijo lo mismo que yo tuve: libros, revistas, álbumes de cromos. Objetos que no solo entretienen, sino que enriquecen cognitivamente.

Enlace en la imagen.

Y me asalta una pregunta:
¿Por qué el papel es tan caro? ¿Por qué cada vez se produce menos?
Sí, ocupa espacio. Claro, puedes comprarte un Kindle a color, incluso leer cómics con él. Con enlace que te dejo. Lo compras por ahí y das soporte .

Pero no va por ahí la cosa.

Porque el objeto en sí.
Sí, mola. Pero no es perfecto. Aún no.

Me encantaría que existiera una pantalla que se sintiera como el papel. Que me permitiera dibujar y escribir con la misma libertad, con tinta electrónica real, suave para los ojos.
Seguro que llegaremos ahí. Pero todavía no.

Aunque en el presente lo ideal sería la versión de Kindle Scribe pero en color. Donde l@s crador@s podrán dar mayor rienda a su creatividad.

Hoy pensaba en cómo generar papel a partir de residuos orgánicos.
El papel no debería ser un problema, ni deberíamos seguir dependiendo de la deforestación para producirlo.

Existen alternativas sostenibles, y cada vez hay más personas investigando cómo reutilizar, crear.
Te dejo un vídeo que explica el proceso paso a paso. No es sencillo, pero tampoco imposible.
Y quizás, como tantas otras cosas, solo necesite que más gente empiece a intentarlo.

Porque ,no nos engañemos, todos hemos visto The Last of Us, Soy leyenda, o cualquier peli postapocalíptica.
Y sabemos que, en apenas cinco años sin intervención humana, una ciudad entera podría quedar cubierta por la vegetación.

La nostalgia vende, es evidente.
Pero quizá lo haga por su componente sensorial, por esa capacidad de conectar con nosotros de forma más intensa que la mayoría de cosas que nos rodean hoy.

Los feelings, los sentimientos, son aspectos cada vez más difusos en nuestra sociedad. Está claro que la evolución tecnológica, lo digital, lo informático… facilita muchas cosas. Pero el formato físico es lo que permanece. Incluso este texto que estás leyendo no es más que un borrón temporal, flotando en una nube caótica de ceros y unos.

Una especie de profilaxis sensorial.
Y, al final, lo único que de verdad nos limpia, lo que nos devuelve a nosotros mismos, es ese gesto tan sencillo como abrir un libro, un cómic, una revista… y simplemente disfrutar.

Este pensamiento, esta idea de reciclaje y aprovechamiento, es lo que me ha llevado a escribir.
A levantarme hoy con la necesidad de sentir.

Porque al final todo son sentimientos.
Sentimientos de espacio. De presencia.
Y cuando esos sentimientos no encuentran cabida, la sociedad misma empieza a parecerse a eso: a un lugar donde nada ocupa espacio. Donde todo es efímero.

Y eso no es suficiente.
Siempre tiene que haber espacio para lo físico.
Incluso en el futuro.

40 Aniversario de la Librería Gigamesh y El Sexto Palacio, de Robert Silverberg

Dicen que, si hicieran un clon de un@ mism@, este jamás sería igual a nosotr@s. Porque no es el cuerpo, son las experiencias las que nos definen.

Gigamesh ha tenido un peso importante en mi forma de ser. No porque haya ido mil veces, de hecho, no han sido muchas, apenas algo más de una decena, sino porque desde el principio estuvo presente en mi casa.

Uno de mis hermanos mayores fue de los primeros en visitarla cuando abrió. Gracias a él, el cómic y la literatura fantástica llenaban las estanterías de nuestra casa. Recuerdo cómo llegaban a mis manos libros, manuales e incluso juegos como Dungeons & Dragons o Blood Bowl, todos conectados con aquel ambiente friki tan especial del mercado de Sant Antoni.

Aquel mercado era un verdadero polvorín de creatividad: allí los libros se entrelazaban con los videojuegos de Spectrum, y el arte se respiraba en cada rincón. Todo ese universo encontraba su continuidad natural en librerías como Gigamesh o Norma Cómics, muy cerca del Arc de Triomf. En apenas cuatro pasos, tenías todo el frikismo al alcance de la mano.

Para mí, Gigamesh no era algo tangible aún, hasta que mi hermano mayor, junto a un grupo formado en torno a la librería, viajó a los Premios Hugo celebrados en los Países Bajos en 1990, durante la convención mundial de ciencia ficción ConFiction. Yo era joven, pero ese gesto marcó algo. Todo el material que teníamos en casa cobró una dimensión nueva. Y justo por esa época, ya estaba yo lo bastante preparado para sumergirme en la literatura del género.

Mi hermano trajo de allí, entre otras cosas, la edición en inglés de Hyperion. Ese libro, sin duda, me marcó. A día de hoy, lo coloco entre los cinco mejores de la ciencia ficción. Ese peregrinaje que relata la novela… era también el preludio del que es la vida misma.

Pasaron los años. Mis hermanos hicieron su camino, yo el mío. Dejé de leer por un tiempo, o al menos no tanto como antes. Había pasado por la tienda, quizá buscando algún Conan de Timun Mas o los Von Bek en inglés, pero poco más.

Hasta que en 2015 volví a Gigamesh.

Recorrí la tienda —la nueva, no la de debajo del Arco de Triunfo con sus escaleras estrechas— y sentí que algo había cambiado… y, a la vez, no. Pregunté en la vitrina:

—¿Tienes El hombre en el laberinto?

—Sí —me dijeron, sin tardar nada en sacarlo.

Costaba ocho euros. Me lo llevé. Me lo leí. Y ahí estaba de nuevo: mi yo interior. El que había estado callado, esperando, en pausa.

Gigamesh siempre ha estado presente. En aquella época, ser friki ya era algo. Y yo lo era, sin duda. Lo vivía. Tenía el género a raudales. No necesitaba ir constantemente a la librería: los libros ya estaban en casa, esperando ser leídos. Para casi dos vidas.

Un día decidí crear una web. Quizás porque pensaba que este género estaba en declive… o porque, en realidad, leer está en declive. Pero precisamente por eso es tan especial: porque sigue tocando a personas que lo sienten de verdad.

Gigamesh ha hecho mucho para que eso siga siendo posible.

Hoy he escuchado el podcast de Windumanoth. Me dio pena saber que Alejo se retira. Me habría encantado conocerlo. Es el ejemplo perfecto de alguien que creyó en vender un tipo de literatura muy concreta, con obras maestras que no todo el mundo conoce, algunas ya incluso descatalogadas. En el podcast habla del catálogo interno, de cómo encontrar ese tipo de libros olvidados, y uno siente que hay ahí un legado que no debería perderse Aquí.

Enlace al podcast en foto.

Cuando empecé a escribir, llegué a pensar, como muchos, en la posibilidad de publicar con ellos. Incluso llamé una vez. Pero con el tiempo, entendí que no todo necesita forzarse. Las cosas fluyen, y lo importante es seguir creando, no perseguir validaciones.

Ahora, mientras escribo estas líneas, me viene a la cabeza que el podcast quizá podría haberse anunciado antes. Pero, sinceramente, no cambia nada. Gigamesh siempre ha estado ahí. Y seguirá estando.

Así que este cuarenta aniversario no es solo una fecha redonda. Es una prueba de que algunos espacios se mantienen firmes, resistiendo modas, consolidándose como refugios de imaginación, como lugares que invitan a seguir explorando. Y eso, hoy, ya es mucho.

Como broche final dejo un relato corto de Silverberg de otro podcast y en el original. Donde se observa la esencia de la literatura de género antigua:

Aquella que nos sigue haciendo disfrutar como antes. En el presente.

La edición original, el podcast traducido aquí: https://www.ivoox.com/sexto-palacio-robert-silverberg-audios-mp3_rf_87051666_1.html

Un homenaje a cuatro décadas de imaginación, libros y mundos infinitos. Y un relato que captura, con maestría, la esencia del género que nos une.

Refracción / Reflexión / Inflexión

Un político japonés recurre a la ciencia ficción para abordar una crisis.

La crisis es global. El mundo es global. Todo lo que ocurre en él pertenece a sus habitantes. La humanidad tiene una ventaja: puede pensar, puede reflexionar. Aquí, incluso algo tan simple como un número de calorías (nosotr@s), de masa o de gravedad, aunque sea pequeña comparada con la de un cuerpo celeste también puede aportar.

El espacio profundo es negro, oscuro, tenebroso. Pero hay un punto donde esa oscuridad se rompe: en los planetas o cuerpos que refractan la luz de las estrellas. Ellas generan la luz, los planetas la devuelven. Como la realidad que a veces necesitamos ver reflejada para entenderla.

Lector, escritor, aprendiz de todo y maestro de nada. Como muchas personas, vivo entre la inquietud, la supervivencia y la simpleza de la existencia. Hoy, como no podía ser de otra forma, sumo una entrada más. Una pequeña aportación, un grano de arena. No porque me considere más inteligente que nadie, nunca destaqué especialmente en nada, pero tampoco se me ha dado mal casi nada. He errado muchas veces, sí. Pero sigo aquí, intentando aprender.

Hoy, la simpleza me alcanza: Pangea, el único continente que unió a la Tierra, tuvo su origen en África. Y quizás allí esté también la solución al cambio climático.

El desierto avanza. Nos amenaza cada vez más. Incluso Europa, Asia y América del Norte, especialmente también las grandes potencias sufrirán sus efectos.

Pero, ¿y si la solución fuera tan simple como usar nuestros desiertos para generar energía y, a la vez, regular el clima? Un terreno vacío lleno de fotovoltaica. Que absorbe, refracta, y con ello refleja la posibilidad de enfriar el planeta.

Nos falta poco para ser una civilización de tipo uno.

No somos políticos. Somos personas que hemos leído ciencia ficción. Una sola persona quizá no pueda cambiarlo todo. Pero muchas juntas sí pueden asegurar el futuro de la especie.

No hay planeta B. Solo hay uno. Este. El origen. Existen muchos planetas, incontables, tantos que nuestra mente no puede abarcarlo. Pero la idea, el germen de cuidar nuestro punto de partida es la clave.

Esa es nuestra inflexión. El momento de elegir. De decidir qué mundo queremos reflejar. Qué luz queremos refractar. Y hacia dónde, como especie, queremos avanzar.

Y todo esto no es una novedad. Ya en el pasado, científicos hablaban de satélites de refracción en órbita como solución climática. Incluso en la novela Hail Mary de Andy Weir, utilizan vastas zonas desérticas como generadores de combustible, necesarios para enviar la nave Ave María hacia nuestra estrella más cercana e intentar resolver un problema global.

Digo “el problema” porque, o bien esperas a que salga la película, o te animas a leer el libro. Y si no, siempre puedes pasarte por mi reseña extensa.

Nos estamos basando en ciencia ficción, sí. Pero la ciencia ficción no es tan diferente de cualquier lluvia de ideas que aplicamos para resolver problemas cotidianos. Solo que, en este caso, estamos ante un desafío a escala planetaria.

Pero al fin y al cabo, no deja de ser un problema. Y como tal, posiblemente tenga también una solución, incluso rápida, si hablamos en los tiempos que marca el daño que dejamos como huella. Una solución que nos ayude a caminar, de nuevo, en consonancia con nuestro planeta.

«Una idea puede tener un poder inimaginable.»