Alien Romulus

Hablar de Alien en general es adentrarse en un terreno farragoso, simplemente porque sus dos primeras películas son auténticas obras maestras.

Por mi parte, desde siempre la mejor ha sido Aliens el regreso, pero:

Hoy quiero hablar de Alien: Romulus, una película que, he de decir, me ha gustado mucho. Es espectacular en muchos aspectos, especialmente por su inicio con un marcado tono de space opera, donde un intrépido grupo de jóvenes busca escapar del yugo de Weyland-Yutani. Así de fácil y directo comienza la historia.

Desde el principio, tienes la sensación de que no te decepcionará como lo hicieron algunas entregas anteriores. Sabes que va a reutilizar muchas fórmulas que ya han funcionado: repeticiones de la primera y la segunda película… vaahh, ¿y por qué no también de Prometheus? Referencias evidentes, elementos calculados casi matemáticamente para encajar con el legado de la saga. Pero no importa. La dinámica te atrapa y te mantiene en vilo, jugando mentalmente una especie de lotería interna para adivinar quién será el primero en caer presa del facehugger, porque sabes que no tardará mucho en ocurrir.

Alien Romulus es una pasada y posiblemente esté en mi top three de la saga. Pero, para mí, Prometheus sigue siendo la tercera mejor con diferencia. Aunque esta nueva entrega es más dinámica y mejor en muchos aspectos, no lo es para mí. Prometheus me encanta porque explica, da respuestas. Y eso, a muchos fans, no les mola nada. Hay una discordia muy severa al respecto, pero es mi opinión.

Para cerrar, podemos decir que todos los actores están a la altura: chavales desconocidos que lo hacen de maravilla. Y si tienes paciencia durante el visionado, te espera un pequeño homenaje a Ripley en Aliens: El regreso, repartiendo caña. Ese momento es de piel de gallina, porque evoca una mezcla entre Ripley y Vasquez, dos de los personajes más icónicos del cine de acción de los 80. Porque, al fin y al cabo, los personajes femeninos fuertes siempre han estado ahí, dejando huella y siendo auténticos referentes sin necesidad de etiquetas.

Parece que esta vez nos toca ser Blasters, ¿no?

Silo – Primera Y Segunda Temporada de la serie de Apple TV+

Hacía mucho tiempo que no me sentía emocionado por una serie que, desde el primer minuto, logra impactar.

La intriga, las relaciones sociales y el suspense son las credenciales de Silo, una serie ambientada en un mundo postapocalíptico donde la supervivencia depende de vivir bajo tierra en estructuras similares a un silo, enormes cilindros que se internan en las profundidades del suelo. Una escalera central conecta todos los niveles, y en estos niveles se establecen las clases sociales.

Antes de entrar en detalles, daré mi opinión personal sin spoilers: Silo, en su primera temporada, es una obra maestra. Y lo considero así por una razón fundamental: la historia se centra en distintos personajes, pero arranca de manera focalizada para luego expandirse de forma controlada, al igual que el propio Silo. Un silo es un receptáculo cerrado, sin posibilidad de expansión, y la serie respeta esta premisa en su narrativa. El ritmo es impecable, las incógnitas son constantes, y la protagonista, Juliette, logra una conexión empática perfecta conmigo.

Juliette pertenece al equipo de mantenimiento, cuya labor es esencial para que el Silo funcione. Son la clave para la supervivencia de las diez mil personas que viven allí. Por supuesto, todos los ciudadanos aportan su granito de arena al funcionamiento de la sociedad, pero, en este contexto, el mantenimiento es el equivalente al oxígeno y al agua en un planeta: sin ellos, nada más podría existir. No se trata de restar importancia a otros roles, sino de reconocer que sin energía y recursos básicos, la supervivencia sería imposible.

Dejando de lado estas reflexiones, me gustaría destacar que Silo es una serie con un marcado componente social, lo que quizá la aleje de un público más joven. No porque no puedan encontrar aspectos interesantes en ella, sino porque aborda temas como la paternidad, la crianza y la lucha por la subsistencia, cuestiones que, si bien pueden ser de su interés, suelen cobrar mayor relevancia en etapas más avanzadas de la vida. Un joven se encuentra en pleno proceso de abrirse camino, con otras preocupaciones más inmediatas.

Spoilers, pero no muchos, los dejaremos para otra entrada. Cuando lea los libros.

Si volvemos al tema del mantenimiento, ahora con spoilers, queda claro que la parte baja del Silo, la más crucial, es también la que vive en peores condiciones. El mantenimiento es esencial para la supervivencia de todos, pero paradójicamente, quienes lo llevan a cabo habitan en el fondo de la estructura, en un nivel de vida más precario.

El mantenimiento siempre será una tarea odiada. Es evidente que es el enemigo número uno tanto para empresarios como para cualquier comprador, y voy a explicar por qué. Cuando alguien adquiere un objeto nuevo, lo hace con la creencia inconsciente de que su duración será casi perpetua. Esta ilusión se activa en el momento de la compra, sin que el usuario piense en el inevitable desgaste. Y esto no solo ocurre con empresarios, sino con cualquier persona que compra un electrodoméstico o un coche: todas las máquinas sufren deterioro con el tiempo. Pero el problema no es solo el desgaste en sí, sino que este siempre ocurre en el peor momento posible. Solo por el simple hecho de que es un problema no esperado.

Dentro del Silo, el mayor ejemplo de esto es el generador y su rotor, que suministran toda la energía a la estructura. Este sistema no puede detenerse nunca. Su fallo representa un problema de proporciones catastróficas. Aquí es donde entra la cuestión técnica: la reparación del generador es un punto crucial en la trama, y su ejecución tiene ciertos elementos discutibles. A menos que el mecanismo funcione con un rodamiento magnético, el proceso de sustitución de rodamientos mecánicos gigantes tomaría meses y sería extremadamente complejo. Pero esto es solo un detalle técnico que, en última instancia, no empaña la calidad de la historia. Silo es una obra impresionante, sin importar cómo se mire.

No he leído los libros, así que es posible que me equivoque en mis suposiciones. Sin embargo, está claro que el exterior está destruido y que las imágenes que muestra el visor son una mentira. Me inclino a pensar que el Silo está gobernado por una inteligencia artificial, ya que cuenta con un sistema capaz de eliminar a toda la población si es necesario. Además, existe la posibilidad de que el aire exterior sea respirable después de 300 años, lo que añadiría otra capa de misterio a la trama.

Otro aspecto intrigante es la alusión a una guerra mundial. En el último episodio, la población es sometida a controles para detectar radiación, lo que sugiere que el conflicto podría haber sido el detonante del encierro en el Silo. Además, se da a conocer la existencia de otros silos, ya que dos personajes parecen provenir de lugares distintos. En particular, se menciona a una de las fundadoras del Silo 48, cuya conexión se revela a través de un objeto clave: la reliquia del dispensador de caramelos PEZ con forma de pato.

Aún quedan muchas incógnitas por resolver, lo que hace que la historia sea aún más fascinante. Y ese misterio, ese componente enigmático, es lo que me impulsa a leer los libros. Sin embargo, temo que estos no logren transmitir la misma atmósfera que la serie ha plasmado con tanta intensidad. La sensación que deja Silo es simplemente brutal.

Camelot 3000 – Mike W. Barr Brian Bolland

La leyenda del Rey Arturo siempre me ha fascinado desde pequeño. Su poder de atracción radica en los múltiples aspectos que ofrece su historia. Para algunos, la espada del heredero al trono, Excalibur, es el gran atractivo; para otros, Camelot; y en otros casos, la magia y los enigmas que rodean a Merlín. Sin embargo, lo que más me atrae personalmente es el Santo Grial, seguido de la propia espada vuelta a forjar por la Dama del Lago.

Mi edición.

Excalibur, la película de 1981, es posiblemente una de las películas que más he visto en mi infancia. Aunque no llega al número de visualizaciones que logré con la primera de Superman, está muy cerca. A día de hoy, sigue siendo interesante, aunque ha envejecido un poco; no obstante, no de forma desastrosa ni «infumable». Continúa siendo disfrutable.

El tratamiento del Santo Grial en esta película es especial y fantástico, aunque no tan majestuoso como en Indiana Jones y la Última Cruzada. Esta última es, sin duda, una obra maestra. Luego, el Santo Grial volvería a impactarme profundamente con la novela de Michael Moorcock, El perro de la guerra y el dolor del mundo. Esa obra marcó mi adolescencia, justo cuando la progresión del género fantástico estaba dejando una huella imborrable en mí.

Entre tanto, probablemente jugué una de las mejores partidas de rol de mi vida con el juego Pendragon. El máster era un auténtico friki, alguien apasionado y dedicado, que había desarrollado una campaña increíblemente elaborada. Sin duda, la mejor que he podido disfrutar.

Sus partidas artúricas tenían un estilo único, cercano a las novelas de Margaret Weis y Tracy Hickman, combinando el espíritu épico de las leyendas con una narrativa profunda y envolvente. Fue una experiencia inolvidable que aún guardo como un buen recuerdo en mi experiencia como jugador de rol.

Por aquel entonces, en casa teníamos el cómic Camelot 3000, de Brian Bolland. Espectacular en sus ilustraciones y en su versión original en inglés. Yo era muy pequeño y solo podía hojear las páginas, maravillado por los dibujos, pero sin entender su significado. Hace poco, estando en casa de mi hermano, recuperé ese cómic, y ahora, muchos años después, he podido leerlo y apreciarlo en su totalidad. Finalmente he conectado las imágenes con el texto.

Entiendo ahora que Camelot 3000 fue innovador para su época. Fue uno de los primeros cómics en formato de miniserie o novela gráfica, algo poco común en aquel momento, al menos en la industria de DC o Marvel. Además, es prácticamente sin censura, dirigido a un público más adulto. En este sentido, puede considerarse pionero en el género, especialmente dentro del ámbito de los superhéroes.

Camelot 3000 es una adaptación de la leyenda del Rey Arturo, pero ambientada en un futuro con una invasión alienígena. Aunque el argumento en sí no es brillante, los dibujos son excelentes y consiguen transportar al lector a una mezcla natural de ciencia ficción y fantasía.

De joven fui muy aficionado a los cómics, pero con los años he desarrollado un gusto más específico. Mi gran fetiche son los cómics de los X-Men en la época de Claremont y los de Thor en la etapa de Walter Simonson. Fuera de ese patrón, soy bastante cerrado, salvo por excepciones como los dibujos de Bolland, que me fascinaron desde que vi sus primeros trabajos en Judge Dredd. Luego llegó La broma asesina, con Alan Moore, y terminó de confirmar a Bolland como uno de los dibujantes más destacados de su época. Podría decirse que ese cómic es de culto.

Aunque valoro mucho la ilustración en Camelot 3000, no lo considero un referente personal. Mis favoritos siguen siendo Simonson, Miller, Silvestri, Wrightson, Corben e incluso McFarlane en su época de Spider-Man. Este último, más que por guion, me impactó por su estilo de dibujo innovador para la época, que lo convirtió en un pionero.

La leyenda de Arturo siempre será fascinante. Camelot 3000 tiene potencial como base para una adaptación actual, quizás en forma de serie para plataformas. Con un enfoque brutal que mezcle ciencia ficción y fantasía, podría funcionar muy bien. Espadas y tecnología, un híbrido entre swords & blasters. Aquí todo se mezcla, y el resultado puede ser espectacular.

¿Shoganai o Shouganai? – ¡Da igual que importa!

Mirar hacia otro lado es algo difícil de justificar; es como intentar ignorar un terremoto o hacer caso omiso de un meteorito en curso de colisión con el planeta. Esa actitud de «da igual» parece una expresión que debería quedar obsoleta. ¿Por qué decido escribir sobre esto? La razón es sencilla: hoy vi una noticia sobre la basura espacial y cómo un fragmento logró atravesar la atmósfera sin desintegrarse completamente. Estoy totalmente a favor de la exploración y de que la humanidad dé el paso de salir de este planeta, pero, considerando el grado de desarrollo que hemos alcanzado, es evidente que ya podemos tomar medidas más serias. Siempre hay margen para mejorar, y debemos hacerlo. La basura espacial es un problema real y creciente, y no lo digo solo yo; ya ha sido expuesto en diversos medios, y lo mencioné en otro artículo.

Este problema se vuelve aún más delicado cuando los fragmentos que componen la basura espacial no se desintegran por completo al reingresar en la atmósfera, o cuando no se controla adecuadamente dónde podrían impactar.

Esta reflexión surgió, como suele ocurrir, de una coincidencia. El otro día, viendo en familia la película Armageddon —sí, la de Bruce Willis, donde desvían un meteorito que amenaza con destruir la Tierra—, apareció una idea interesante. Poco después me topé con una palabra japonesa que plantea un concepto curioso: si algo no se puede controlar, ¿para qué preocuparse? De ahí nació este artículo.

Personalmente, no comparto del todo esa visión. Creía que esa actitud de indiferencia estaba superada, o al menos debería estarlo. Ese «da igual» no parece compatible con una sociedad que aspira a evolucionar y a construir un futuro mejor. Siempre se puede actuar, siempre se puede mejorar. La evolución es inevitable, y si no nos preocupamos por los problemas que enfrentamos, corremos el riesgo de que estos se agraven hasta volverse inmanejables.

Por eso, todo importa, especialmente cuando el futuro está en juego. Aunque durante nuestra vida los efectos de estos problemas no nos afecten directamente, sí lo harán a quienes vendrán después.

Mi artículo al respecto aquí. Y el que he visto hoy aquí.