El Secreto del Acero o El Sartén Grial.

Primero vamos a empezar con la épica y la recreación en un meme de Conan y el secreto del acero:

—El fuego y el viento vienen del cielo, de los dioses del cielo, pero dios es Crom, Crom que vive en la tierra. Antes los gigantes vivían en la tierra, Conan, y en la oscuridad del caos engañaron a Crom y le arrebataron el enigma del acero. Crom se irritó y la tierra tembló. El fuego y el viento derribaron a aquellos gigantes y arrojaron sus cuerpos a las aguas. Pero en su ira los dioses olvidaron el secreto del acero y lo dejaron en el campo de batalla. Nosotros lo encontramos. Solo somos hombres, ni dioses ni gigantes, solo hombres. Y el secreto del acero siempre ha llevado consigo un misterio. Tienes que comprender su valía, Conan, tienes que aprender su disciplina. Porque en nadie, en nadie de este mundo puedes confiar: ni en un hombre, ni en una mujer, ni en un animal. En esto sí que puedes confiar. Y aquí sale el sartén grial: la sartén de acero, de hierro puro con un escaso carbono para proporcionarle dureza, dureza para toda una vida, para muchísimas generaciones, para que su compuesto no difiera de lo que fluye por tu sangre, Conan. Hierro, acero. Eso eres tú, Conan.

Ahora vamos con la sartén:

Ya es sabido que, si estoy con vida, es por un estilo de vida saludable, intentando minimizar los procesados y llevando una alimentación muy estricta. Pero un día me encontré con que mi mujer me había dejado todas las sartenes en la puerta de la calle para que las tirase. Entonces entró la máquina de pensar, sí, aquella que nunca se utiliza, aquella que, por el estilo de vida y por el puro consumismo que tiene la sociedad y lo que es y representa en la sociedad —que es como la obsolescencia programada—, se queda apagada. Supongo que aquel muchacho que un día, en la universidad, fue silenciado por decir que quería utilizar bioplásticos para reciclar y tener una continuidad en el consumo —y que, a día de hoy, viendo que todos los tapones de los envases ya son de este sistema— ha visto cómo ha entrado en una espiral que nadie puede parar: el puro advertisement que te bombardea para que compres y consumas. Ese puto Black Friday que te atormenta para que consumas. Pues no quería hacer nada al respecto, pero voy a publicitar una sartén, sí, una sartén de hierro; en concreto, de acero. Pero no nos equivoquemos: es una sartén del 99 % de hierro y un 1 % de carbono.

Es una sartén para toda la vida. Y voy a dar el modelo que tengo. Solo tengo una sartén en mi casa, y es la de 22 cm, suficiente para hacer una tortilla de patatas de tres a cuatro huevos. No más. Y tortillas a la francesa perfectas (la sartén es francesa, pero es la más vendida en todo el mundo) y mejores que en una antiadherente. Y te digo: al principio las vas a pasar putas para que no se te pegue, porque la capa de antiadherencia la debes hacer tú. Y al menos sabes que la fusión y transferencia que pueda haber entre materiales es el hierro.

Enlace de compra en la imagen.

He estado mirando cuánto me costó a mí, y fue este modelo: treinta y dos pavos. Pero en el enlace está por 27 pavos; supongo que, en este caso, no hace falta ser ratilla, porque esta sartén es para toda la vida. Por si la quieres pillar en ese tamaño, aquí.

Consejos: lavar como te salga de ahí y, sobre todo, con la lana de acero, no hay prob. Secar al momento y, al fuego, añadir una película de aceite. Al cocinar —para vitro, en mi caso— dos minutos al nueve, bajar al dos y, si quieres, añadir un poco de aceite y crear una nueva lámina; siempre una nueva lámina, en mi caso, porque así siempre está limpia y eliminas restos de carbono, que supuestamente también pueden ser cancerígenos a altas temperaturas.

Tortillas a la francesa al cuatro todo el tiempo. Piensa que la sartén es porosa. Si pasas de un aceitado a alta temperatura, se abre el poro; y si baja lentamente, se cierra. Chupa aceite, crea la pátina y siempre así.

Huevos fritos: pueden patinar si se hacen a muy baja temperatura. Si te gustan con puntilla, hay que controlar la temperatura. El secreto es la temperatura.

Es una sartén para aprender, para aprender la técnica, y luego el sabor es insuperable.

Tortilla de patatas: si haces las patatas, siempre fuego alto(al inicio) y luego bajar para que no se peguen, pero aun así, por el almidón y el agua, se pegará algo. Al bajar no se torrará en exceso y ese sucarrat que quede se añadirá al final. No prob, pero has de limpiarla otra vez y aceitar como he explicado al principio para culminar con el cuajado de la patata y el huevo en la sartén. Puedes lavarla con la fuerza que quieras. La lana de acero, al tener múltiples contactos, es mejor; el Scotch-Brite sí que raya. En mi caso no me interesa.

Ahora dejo un vídeo de la ciencia del hierro, un poco pesado, pero es como recordar materiales en la enseñanza.

Esta vez nos moveríamos por las capas de perlita o incluso de ferrita, y seríamos pans en vez de swords. O creyentes en el sartén grial.

Tortilla de los inicios con cagadas múltiples; segunda foto, el color actual no es tan negro, no hace falta. Más limpieza, creo que es mejor. Más hierro y menos carbono requemado.

¿Y por qué no?

¿Por qué no? Porque no puede ser. Porque es imposible. Ya se ha intentado otras veces, pero no hay…

Esta entrada es una crítica total. Intentaré explicar lo que me sucede a mí, al menos.

Empecemos por lo fácil: el cine. Ya he escrito sobre esto otras veces. A lo largo del año, siempre vuelvo a ver ciertas películas. El otro día, sin ir más lejos, volví a ver Leyendas de pasión, otra vez, por chorrocientas vez. Estaba en una plataforma, claro, y no tuve que hacer malabares para poder verla con mi familia. La vi, y flipé como siempre. Lloré como siempre, sobre todo cuando el hermano cae en campo enemigo y el gas mostaza lo alcanza, y cómo Brad Pitt maldice al cielo… En fin, no me enrollo.

Había convencido a mi mujer para ver Interestelar por enésima vez y, casualidad o no, no estaba en HBO. A día de hoy vuelve a estar (¡juju!), pero imagínatela en el cine otra vez… eso sí que sería un regalo. El caso es que esta mañana me he sorprendido escuchando una ópera que aparece en Hannibal. Es religiosa, sí, pero se come con patatas a Nessun Dorma.
Luego he pasado a la banda sonora de Dune 2 y he recordado esa sensación de salir del cine totalmente embriagado, aturdido, como si la película me hubiera golpeado con pura potencia visual y sensorial.

Y entonces he regresado mentalmente a mis años jóvenes, cuando veía sesiones dobles en el cine Imperial de Sabadell: dos películas seguidas por el mismo precio, sin más pretensión que disfrutar. La que más recuerdo es Rambo. Acorralado tiene una de las intros más evocadoras que existen, y justamente ahí está lo que quiero expresar.

El cine de hoy está empezando a morir. Está agonizando. Y es por dejadez del público. El público decide si el cine sobrevive o muere.
¿Por qué no ponen películas que todo el mundo quiere volver a ver? ¡Si casi todos entramos en IMDB a mirar las mejores películas de la historia! Y muchos soñaríamos con verlas otra vez en pantalla grande.

Películas así deberían ser un bonus gratuito en los cines, para revisionarlas cada año. El género de ciencia ficción se llevaría la palma: ver esos efectos especiales en pantalla grande es una maravilla. Los fans de Star Wars se juntarían como si fuera fútbol, pero aquí no se juega nada: solo diversión y arte.

Y cuando lo digo en casa, mi mujer me responde:
“Ya lo han intentado y no funciona. La gente quiere ver el móvil, la peli en casa, más barato y sin complicaciones”.

Y lo entiendo, pero…

Entonces me da bajón, porque pienso que esto acabará siendo una obra social: arte que los municipios tendrán que rescatar cuando los cines desaparezcan del todo, porque muchos ya han sido convertidos en viviendas. Y cuesta imaginar un futuro mejor sin cine. Seguirá existiendo, sí, pero ¿cómo? Es perfectamente posible que nosotros mismos queramos que muera.

Y ahora vuelvo a Acorralado. La música del principio expresa exactamente lo que quiero decir. Stallone llega feliz, después de sobrevivir a la guerra, con ilusión de reencontrarse con los suyos. Pero encuentra rechazo. Es repudiado. Odiado por aquellos por los que se jugó la vida. No entiende qué pasa.
Y yo a veces siento eso: que no entiendo qué está pasando, que la esencia se está perdiendo, que el arte se está yendo.

Las plataformas pueden irse a pastar. Siempre buscas una película y nunca está.
¿Dónde demonios está una de mis favoritas de toda la vida, Siete novias para siete hermanos? Yo me parto de risa con esa película. Y sí, me la busco por mi cuenta, pero es triste no verla nunca reestrenada en un cine.
Por ejemplo: Cadena perpetua, número 1 en IMDB desde siempre. ¿Por qué no se reestrena cada año? En cambio, sí entiendo que vuelvan a poner Regreso al futuro en sus aniversarios, pero debería haber más.

Creo sinceramente que esto debería volver:
sesiones dobles donde pagas por el estreno y te llevas de regalo un clásico escogido por votación.
Un 2×1 cultural. Un regalo para el público. Un acto de amor al cine.

Porque si no lo cuidamos, lo perderemos. Y entonces, cuando queramos que vuelva… será demasiado tarde.

Acabo aquí diciendo: ¿cuántas veces volvería a ver Mad Max: Fury Road en el cine?
Yo, desde luego, creo que no serían pocas. Y con eso lo dejo.

Watchmen – Alan Moore, Dave Gibbons

Watchmen es posiblemente el mejor cómic jamás escrito. Aunque no para mí, ni para muchos.
Aun así, creo que sigue siendo el mejor en cuanto a creación, estructura y divulgación de lo que es el espacio-tiempo, lo irrisorio y, a la vez, lo inmensamente grande que puede ser la existencia. Todo se mezcla en una caótica enseñanza para l@s lectores, que pueden apreciar desde muchos puntos de vista las complejas tramas que sostienen la civilización, esa que parece vivir siempre en la cuerda floja, sostenida por un hilo tan delgado que solo puede mantenerse gracias a la unión humana que lo refuerza.

Watchmen es una obra maestra.
Es una obra inentendible —o casi inapreciable— para quienes aún no han vivido lo suficiente. Y con esto no quiero excluir.
Si eres adolescente, puedes disfrutar de ella, por supuesto, pero no la juzgues todavía. Léela cuando hayas adquirido el peso de la vida, cuando hayas saboreado tanto lo dulce como lo amargo del viaje.
Cuando, aun sabiendo que pueden surgir problemas en el camino, comprendas —como dijo Sanderson— que el camino importa más que el destino.
Watchmen es camino. Un trayecto para hacerse preguntas, para mirar hacia adelante y tratar de vislumbrar la próxima parada en tu viaje.

Pedazo de edición de 325×222 mm que me he leído. Me acuerdo de que, la primera vez, la leí en tebeos.

Después de toda esta parafernalia, confieso que, para mí, el mejor cómic que existe sigue siendo Thor, de Walter Simonson. Si quieres que te lo explique, lo dejamos para otro momento.

Tardé una semana entera en leer las más de cuatrocientas páginas de Watchmen.
Es el cómic por antonomasia, porque además de la historia visual, al final de cada capítulo —en total doce— incluye páginas de pura prosa que aportan trasfondo a los personajes y a su psicología. Ese detalle ya te avisa de que estás ante algo diferente.

Y lo es tanto que, cuando apareció, creo que fascinó más por su rareza que por su significado.
Su creador incluso introdujo una historia paralela de piratas, superpuesta a la acción principal. Muchos dicen que refleja la historia de Ozymandias, y puede ser, pero para mí es un reflejo de todas las muertes y de toda esa carne en descomposición que forma la balsa sobre la que flota la humanidad. Es simple. Y brutal.

¿Por qué leo esto y no otra cosa?
Porque Watchmen se ha alineado —como todo— con los símbolos de la era que vivimos. Las guerras que hoy se libran se suceden como ondas sinusoidales que alteran el equilibrio y la tensión de esa cuerda de la que hablaba antes.
El miedo a un colapso de la civilización nos lleva a aferrarnos a ella con un esfuerzo agónico, intentando que todo se sostenga.

“¿Quién vigila a los vigilantes?” es, posiblemente, una de las frases que más inercia me ha dado para crear mi propia historia de superhéroes.
Hoy la he terminado; solo me queda revisarla y diseñarle una portada.
Esta historia, además, se conecta con otras dos obras que tengo en progreso. No sé cuándo las acabaré —quizá me llegue otro impulso por otro lado y empiece algo nuevo—, pero sé que todas beben de la misma energía.

Creía que el mundo de los superhéroes estaba muerto, y no tenía intención de hacer nada al respecto.
Pero siempre me han gustado los personajes potentes, los “pepineros”, y al final acabé creando el mío propio.

Y, por descontado, Watchmen tiene a uno de los personajes más potentes de todos: el Dr. Manhattan.
Su símbolo en la frente —un átomo de hidrógeno con su electrón circundándolo— es pura poesía.

Con esto cierro: Watchmen es una obra imprescindible.
No leerla es como no haber visto El Padrino al menos una vez en la vida: casi un pecado.
Y aunque al terminarla pienses que no valía tanto la pena, estoy seguro de que, si la relees, cambiarás de idea.

Ahora me queda ver la película, y quizá haga una review más profunda comparando el cómic con su adaptación.
Recuerdo que el inicio de la película ya me pareció espectacular, y no me desagradó, aunque much@s no opinan igual.
Al final, se trata de disfrutar.
Si no se disfruta… otra cosa, mariposa.

Jane Goodall´s

Nunca pude imaginar la perspectiva de una persona mayor con una envergadura infinita , una secuencia de palabras que hacen creer que, por momentos, la estupidez humana se ve eclipsada por la luz de aquellas personas que honran nuestro planeta. Este documental es, posiblemente, lo más impactante que he visto en muchísimo tiempo. Es el reflejo de un verdadero propósito de vida, de algo por lo que realmente merece la pena luchar.

Si tienes la oportunidad de parar a escuchar, su última entrevista es algo para recordar.

Esta vez, ni swords ni blasters: continuidad a nuestro planeta y sus especies.

Lyonesse I – Jack Vance – Parte I.II (Resumen Con Spoilers)

Antes de seguir con Shimrod, conviene detallar que Suldrun tiene un hermano, el príncipe Cassander. Él apenas hace aparición, salvo vagamente en algún compromiso de la corona.
En cuanto a nuestro mago, su historia es, en concreto, la que más me gusta. En primera instancia, aparece como consejero durante una de esas visitas a Lyonesse (capítulo seis). Casmir le pregunta cómo podría unificar todas las islas, pero, claro, controlándolas él. Shimrod le aconseja acordar la paz con Troicinet. Por lo demás, dejamos ese detalle, que Casmir se tomará al pairo.

Casmir también visitará Tintzin Fyral antes de la muerte de Suldrun. Es evidente el poder geológico que tiene ese paso, y si pudiera controlarlo, controlaría las islas. Cuando llega, por un momento pasa por su mente en qué clase de sitio tan horrendo viviría su hija. Pero eso solo fue un destello que ni siquiera rasgó la delgada pátina de empatía que posee.

Drum y Glyneth.

En el capítulo trece nos presentan a Shimrod, con su aspecto y su similitud con Murgen, además de sus grandes diferencias. Shimrod vive solo, pero consigue un aprendiz: una persona buena y con actitud, que será una de las primeras víctimas.
Shimrod empieza a tener sueños con Melancthe, sueños con una alta carga erótica que lo impulsan a buscarla. Esta búsqueda lo lleva a dejar a su aprendiz a cargo de la casa y de todas sus herramientas de magia. Él mismo pondrá trampas que se activarán en su ausencia.

Carfilhiot representa la parte mediocre y mezquina de Desmeï, fraccionada en Melancthe y en él. En el último de los sueños repetitivos, Melancthe le dice que su tiempo se acaba, que está hechizada y que irá a la Feria de los Duendes. Shimrod, al partir, deja a su ayudante Grofinet encantado con la idea de cuidar su hogar. Pero será la última vez que se vean: Grofinet defenderá el lugar y las herramientas de Shimrod, pero sufrirá una muerte dolorosa, siendo despellejado.

Shimrod espera en una posada de la feria. Casi al final, logra ver a Melancthe. Es aquí donde ella le pide que realice una tarea, pero Shimrod, cegado momentáneamente por su belleza, le pide a cambio poder poseerla. Ella se muestra reacia a dar placer carnal antes de que ejecute la tarea que necesita: recuperar unas piedras ubicadas en otro plano, en otro mundo.

Aunque pueda parecerle sospechoso, Shimrod sabe que es una trampa. Sin embargo, lo toma como un juego y decide jugar, aunque antes debe asegurarse de sus posibilidades.

A esta altura de la novela, el lector «no tiene ni papa» del embrollo que hay montado entre los magos.

Shimrod actúa movido por la belleza de Melancthe y su deseo de poseerla, pero antes se asegura de hacer algunas preguntas sobre el propósito de la misión: entrar en Iderly y traer trece joyas de distintos colores, cada una más resplandeciente que la anterior. Por suerte, Shimrod, que podría parecer banal, no cae en la trampa. Le arranca una promesa a Melancthe, pero antes lanza un hechizo de desplazamiento temporal justo en la grieta que conduce a Iderly.

Viaja para consultar a Murgen sobre la empresa que debe realizar. Aquí aparecen unas criaturas usadas como enlaces entre mundos: los tótems llamados Sandestin. Aunque Melancthe le entrega dos escarabajos como enlaces entre ambos planos —llamados Acá y Acullá—, Murgen, al conocer la historia, le dice que le huele a Tamurello. Shimrod le comenta que la conducta de Melancthe es extraña, como si hubiera acudido a él bajo presión (cap. 14).

Murgen siente que si acaban con Shimrod, él mismo quedaría debilitado y Tamurello ganaría poder. No sabe qué pretende Desmeï, esa criatura recelosa que creó a Melancthe para controlar a Tamurello, pero este acabó centrado en Faude Carfilhiot, quien dista de ser altivo, y juntos exploran las costas de la unión antinatural.

El consejo de Murgen es claro: debe purgarse de la pasión o morirá. Le dice que puede llegar a ser un gran mago, pero que necesita su ayuda.

De regreso a la grieta junto a Melancthe, ella le dice que debe traer las trece gemas y le entrega los tótems e incluso escamas de sandestin para protegerlo de las inclemencias de Iderly. Melancthe nota que Shimrod lleva una mochila que antes no tenía. Entonces Shimrod activa el tótem Acullá, unido a un ovillo de hilo, y entra en Iderly.

Iderly es un lugar inhóspito: los amuletos que Melancthe le dio se desintegran por las condiciones extremas. Aquí la historia de Shimrod empieza a volverse realmente interesante: entra en otra dimensión, o más bien en otro mundo. Está habitado por montañas vivientes, hostiles hacia los intrusos (antiguos magos ladrones de “huevos de trueno”), pues les roban sin permiso.

Bien aconsejado por Murgen, Shimrod devuelve supuestas piezas robadas (en realidad, simples guijarros) y se gana el favor de las montañas al mostrar desprecio por los ladrones. A cambio, pide las piedras de colores, y ellas acceden, ya que estas gemas crecen por doquier. Le permiten llevarse todas las que pueda cargar.

Shimrod regresa, y una de esas piedras será utilizada más adelante por Aillas para hacer un trueque con el rey de las hadas y conocer el paradero de su hijo.

Los enlaces Acá y Acullá se habían deteriorado con el tiempo, pero el hilo unido al sandestin le marca el camino. Este, sin embargo, no permite transportarse a menos que le entregue las gemas. Shimrod se niega, el sandestin corta el hilo y desaparece… para luego reaparecer y amenazarlo: o entrega las gemas o no habrá regreso. Shimrod, que lleva otro sandestin en el morral, inicia un viaje mucho más largo a través de esferas de gas hasta que llega al claro donde debería estar Melancthe, pero ella ya no está.

Al regresar a su casa, descubre que han asesinado a su aprendiz y robado sus herramientas. La conexión con el hijo de Aillas, Drum, se entrecruzará al final con Carfilhiot y el propio Aillas, ya que en su búsqueda del niño se toparán con Shimrod, quien viaja como boticario ambulante bajo el nombre de Doctor Fidelius, “especialista en rodillas flojas”.

Drum, criado por las hadas durante un año que equivale a ocho para los mortales, recibe dones y una maldición o «Mordet» de mala suerte por siete años (lanzado por el trasgo celoso llamado Falael ). Entre los dones están una espada que siempre regresa a su mano y una bolsa con tres monedas —penique, florín y corona— que siempre se regeneran.

Drum pasará penalidades, buscando a su padre, sabiendo que es un príncipe y su madre una princesa. Lo robarán, y acabará en una especie de casa de Hansel y Gretel, donde niños esclavizados son pasto de un trol. Allí conoce a Glyneth, una niña que lo ayudará en todas las penurias, incluso cuando pierdan la bolsa de monedas o la vista —ya que, por mala suerte, Drum contempla a unas dríades desnudas y una de ellas lo maldice con un enjambre de abejas en los ojos—.

Drum posee además una flauta, que toca con maestría, y junto a Glyneth monta un espectáculo ambulante en la carreta de Shimrod, quien los contrata. Es uno de los pocos momentos de calma antes de que todo se precipite.

En Avalon, Carfilhiot secuestra la carreta mientras Shimrod está ajustando cuentas con el cómplice de la maldición de las rodillas. Justo entonces llega Aillas, y juntos deciden ir en busca de Carfilhiot, que ha huido con Drum al castillo de Tintzin Fyral.

Aillas, en su búsqueda de su hijo, recorre casi todas las islas. Murgen le entrega una de las piedras de Shimrod para poder negociar con el rey de las hadas y descubrir el paradero de Drum. Este, tras un intercambio, le concede un nunca falla (que marcará la dirección donde está su hijo). Antes de iniciar su travesía, Aillas recupera el espejo mágico y el tesoro que había guardado junto a Suldrun antes de su intento de fuga.

En su viaje, siguiendo el nunca falla, cuando intenta pasar por Tintzin Fyral, el castillo está asediado por los Ska. Ve el poderío inexpugnable de la fortaleza y el angosto paso superior que al final servirá para el asedio y rescate de su hijo. Sin embargo, antes de llegar, es capturado por los Ska y esclavizado a trabajos durante veinte años, tras los cuales podría recibir la ciudadanía ska.

Lo llevan a la isla de Kaghane, donde sirve a la nobleza Ska. Intenta pasar desapercibido, pero en un duelo con un noble le da una lección de esgrima y, ante una muerte segura, logra escapar con dos sirvientes. Fabrican zancos para despistar a los sabuesos y huyen, pero son capturados por otros Ska que los hacen trabajar en una mina, condenándolos a muerte segura.

Aillas colabora con sus compañeros para cavar un túnel de escape, y sus peripecias evocan un cameo de Los siete magníficos: de bandidos pasan a derrocar a un condado tiránico. En su búsqueda de Drum, Aillas pierde compañeros —uno se queda como regente del condado conquistado, otro cae hechizado en un palacio onírico que atrapa a los viajeros en un sueño perpetuo—.

En el capítulo dieciocho se relata cómo Drum llegó a Thripsey Shee, las criaturas que la habitan y el intercambio que se hizo entre él y Madouc.

En esta búsqueda, antes de que Aillas obtenga el objeto que le marca la dirección hacia su hijo, realiza su tercera pregunta a Persilian. El espejo responde de forma escueta, mostrando su cansancio tras haber pasado de mano en mano durante una eternidad.

Aillas, molesto, lo amenaza con tirarlo a un pozo, preguntándole si realmente no tiene problema con la eternidad y dejándolo allí para siempre si ese es su destino. Entonces, Persilian, resignado, le ofrece un detallado relato de cómo encontrar un obsequio digno para las hadas y lograr que le revelen el paradero de su hijo.

Esta parte, que coincide con la búsqueda del mago Murgen, es una de las mejores del libro. El espejo le indica a Aillas cómo sortear todas las trampas del camino, incluyendo una escena magnífica en la que debe vadear un río custodiado por una criatura tipo arpía que, al ser cortada, no muere, sino que se recompone una y otra vez.

Murgen no es un ser afable: su naturaleza es más bien la de un “neutral neutral”, un equilibrio entre la benevolencia y la indiferencia. Aillas le entrega el espejo a cambio del obsequio que necesita para las hadas, con una sola condición: que prometa formular una cuarta pregunta llegado el momento, para así liberar definitivamente a Persilian.

De esta manera, Aillas queda en paz con el espejo, comprendiendo su angustia por haber pasado tanto tiempo atrapado, sin esperanza de libertad.

Uno puede hacerse una idea de que, aunque este resumen no siga exactamente la línea del libro, resulta casi imposible recordar la infinidad de detalles que contiene la novela después de un par de semanas. Si pasara más tiempo, ni quiero imaginarlo. Es muy posible que una relectura de este libro resultara especialmente enriquecedora después de haber revisado este resumen.

Carfilhiot, quien mantiene una línea directa con Tamurello mediante un sandestin, es un incompetente en la magia, incluso en el uso de las herramientas de Shimrod. Sin embargo, posee un ítem proporcionado por Tamurello que le permite conocer la ubicación exacta de todos los dirigentes de las tierras que lo rodean. De este modo, sabe cuándo planean atacarlo.

En una de sus observaciones del mapa, ve la oportunidad de cazar a uno de los barones y matarlo. Pero estos ya conocen sus artes de brujería y le tienden una trampa. Es aquí donde se conecta la historia final de Carfilhiot con su presencia en Avallon, justo en el cruce de caminos con Shimrod, Drum y Aillas, en el momento en que este último sigue la pista de su hijo.

Carfilhiot también pasará grandes penurias en su peregrinaje —no menos que los demás protagonistas—, enfrentándose a constantes dificultades en el vasto y enigmático mundo de Lyonesse de Jack Vance. En su viaje, secuestra a Drum y a Glyneth, quienes buscaban y acaban encontrando en Avallon al rey Rhodion, soberano de las hadas, que a veces hace aparición en las ferias. Se le puede reconocer por su peculiar sombrero y por las membranas entre los dedos.

Al descubrirlo, Drum y Glyneth le quitan el sombrero, obligándolo así a concederles un deseo. Drum logra librarse de su maldición, mientras que Glyneth recibe el don de hablar con los animales. Sin embargo, Drum no consigue eliminar el tormento de las abejas que lo acosan —pues su maldición procede de las Dreide—. Finalmente, logra deshacerse de ellas al hacerlas zumbar con la música de su flauta, durante los intentos de Carfilhiot de aprovecharse de Glyneth en el trayecto hacia Tintzin Fyral.

En su recorrido, Carfilhiot es perseguido por Shimrod y Aillas hasta la guarida de Tamurello. Este, temeroso de un enfrentamiento directo con Murgen (debido al vínculo que une a los niños con Shimrod), ayuda a Carfilhiot a escapar con ellos hacia Tintzin Fyral, pero le prohíbe hacerles daño. Carfilhiot los usa como recurso o salvaguarda final, mientras Shimrod y Aillas se ven obligados a postergar la persecución.

Aillas debe regresar a Troicinet para impedir, en el último momento, la coronación de su pariente Trewan—aquel que lo arrojó por la borda—, acortando así su propio ascenso al trono. Con la ayuda de dos de los últimos “siete magníficos” que le quedan, Aillas irrumpe en la ceremonia, mata al príncipe Trewan y se corona en el acto como rey de Troicinet.

El desenlace llega con el asedio de Tintzin Fyral. Aillas, conocedor del único punto débil de la fortaleza, organiza la campaña para subir por el camino angosto y levantar allí mismo las catapultas de asedio. Durante la batalla, Carfilhiot usa a los niños como escudo humano, impidiendo que lo ataquen, incluso tras rogar inútilmente a Tamurello que intervenga.

Tamurello se manifiesta en la atalaya para salvar a Carfilhiot, pero Shimrod le recuerda que ha roto el cónclave al secuestrar a los niños bajo su tutela. La contienda debía ser personal entre él y Carfilhiot. Tamurello cede, temiendo una guerra abierta con Murgen.

Aillas y Shimrod quedan paralizados ante la amenaza de Carfilhiot, que intenta utilizar a Drum y Glyneth como salvación. En ese instante, Drum —que aún fingía ceguera— llama a su espada, que siempre vuelve a su mano, y ataca a Carfilhiot. Shimrod entra en acción usando su magia y un hilo ultrarresistente, a modo de tirolina, y juntos consiguen quemar a Carfilhiot en una hoguera.

El humo de su cuerpo forma un vapor que se condensa en la Perla Verde —nombre del segundo libro—, la cual cae al mar y es engullida por un rodaballo, desapareciendo en las profundidades.

El libro concluye con la sospecha de Casmir sobre Drum y la incógnita de su edad, mientras Aillas y él sellan un acuerdo armamentístico para impedir que Casmir construya una flota y domine el mar, manteniendo así el equilibrio de poder.

Leer el epílogo.

Con esto ponemos fin a la obra. Es posible que haya alguna errata, pero es normal dada la densidad de este primer libro, que lo convierte en una auténtica locura de la fantasía antigua.

Por fin puedo dedicarme a pensar en el próximo libro, el cual ya he empezado. Sin embargo, viendo la magnitud del anterior, he tenido que posponerlo hasta terminar esta extensa reseña–resumen.

Esta vez Somos Swords, y poco a poco la web va ampliándose con una profundidad de texto que está convirtiéndose en una obra en sí misma, con vida propia. Una vida que nace y crece en su lectura.