Dije que probablemente esta segunda parte de relatos no llegaría a la altura de la primera, ¡pues a la mierda, me equivoqué! Es como decir que, a medida que cumplo años y aprendo, también desaprendo más. Ted te muestra, con sus relatos y en concreto con el último, lo genuino de la persona. Algo que tod@s buscamos, pero que a veces olvidamos, y por lo cual nos encontramos en una eterna lucha para mostrar lo auténtico.
El último relato, titulado “La ansiedad es el vértigo de la libertad”, es un claro ejemplo de esto que intento explicar. Y lo voy a decir muy brevemente. ¿Verdad que he dicho “a la mierda”? Es fácil: podría hablar con corrección, en consonancia con la premisa de expresarse bien, y defiendo hacerlo cuando uno debe dirigirse a cada persona en un tono distinto. Ahí reside la enseñanza. Pero aquí, en nuestro cubil, no hay necesidad de demostrar nada. El respeto es la premisa, pero el lenguaje debe ser cercano.
Ted te muestra eso, pero desde sus inquietudes, que se reflejan en preguntas existenciales. Preguntas tan duras que trascienden lo religioso y lo científico en su relato Ónfalo. La fe es tratada de una manera magistral, y en concreto aborda una pregunta ancestral: ¿qué datos se almacenan en nuestra alma, cuáles conforman nuestra personalidad, indagando en el propio origen de la humanidad?
Ese penúltimo relato actúa como preludio del último, que es el pelotazo final. En él vuelve a hacer hincapié en la cuestión de cambiar las líneas temporales, de una forma increíble. Y lo hace preguntándose cuán infinita o inabarcable puede ser esa bifurcación si analizas incluso la aleatoriedad de lo más minúsculo que nos mueve: átomos, células… Vamos, que cuánticamente cada movimiento no siempre discierne de nosotros mismos. Aunque, a posteriori, nuestras decisiones sí resultan previsibles dentro de nuestras líneas temporales.
Decide, de manera cuántica, saltando de sus letras o de las páginas impresas, que eres tú quien decide la calidad en que se presentará tu vida a nivel empático.
Puff, ¿qué más puedo decir? En mi próxima review será de un libro divulgativo, y podría extenderme un poco más. Pero lo único que puedo afirmar es que, después de estas últimas lecturas, me dan ganas de volver a la buena fantasía, la de sentimiento. Abrir por fin, quitar el celofán que mantiene impertérrita (queriendo abrirse para volver a ser leída) la trilogía de Jack Vance, Lyonesse. Y seguir saboreando el placer sensorial de buenas lecturas, de sentimientos encontrados con lo que soy hoy y lo que era ayer. Cómo la energía ha fluido por mi ser. Cómo el dolor, el placer y, en especial, el sufrimiento son directamente proporcionales a la sensorialidad y potencian lo que te hace humano. Algo de lo que me siento orgulloso.
Por lo demás, me quedaría leer el relato de La llegada. Ya he visto la película y sé del fanatismo que despierta, pero quizá, al ser de otra generación, yo soy más de Contact. Por cierto, me alegra decir que tuve mis quejas porque no estaba en las plataformas y protesté bastante, pero al final llegó a HBO e incluso a Netflix y pude volver a verla.
Esta vez creo que somos lo que somos. No hay más, y depende de nosotr@s. ¡No hay más!
Primera parte. Porque esta bomba nuclear es de relatos, relatos escritos por alguien que ha ganado todos los premios habidos y por haber, y lo que es más: han sido concebidos a lo largo de muchos años, sin prisa, como debe ser, en contra de la tendencia comercial de ahora (bueno, perdón, de siempre), donde cuando algo sobresale lo exprimen hasta que no queda nada. En este caso a Ted le han dejado su libre albedrío y, aunque parezca una contradicción, de eso trata en buena parte su obra y sus inquietudes, y está en lo cierto: el libre albedrío no existe. Por mucho que quieras dirigir tu rumbo, tu pasado, presente y futuro ya están escritos. Ted, y por supuesto las últimas novelas que he leído, me han hecho volver a creer, a emocionarme, a sentir que leer te hace realmente especial. Y no lo digo con egoísmo, sino porque te da una percepción íntima, sobre ti mismo, cargada de mensaje. Y hablo por mí porque escribo el artículo, pero para que hables por ti, depende de ti, de leer y comprender, no lo que el autor te quiera transmitir, sino lo que tú recibes de esa lectura.
Mi edición de Sexto piso, que me regalaron en Sant Jordi.
Al escribir esta entrada estoy por encima del ecuador del libro, con cinco relatos leídos y cuatro restantes en el horizonte. Me queda poco para terminar esta obra magistral, y puedo decirlo con seguridad: es una obra maestra sobre todo por el primer relato. Los demás están bien, pero ese inicio es descomunal: un tsunami que te atrapa, te envuelve y, cuando resurges, respiras herido pero consciente de que presente, pasado y futuro son imposibles de cambiar. Ya están escritos. Con esto quiero decir que, posiblemente, la segunda parte de esta review pierda fuerza, porque superar el impacto del primer relato será muy difícil.
Como detalle, Ted Chiang ha conectado conmigo de inmediato. Y no es solo por cómo aborda la cuestión de las IAs, sino por cómo observa la energía. Ya tenía en mente un relato sobre una palabra concreta y, leyendo sus notas sobre qué le impulsó a escribir Exhalación, descubrí que él también se centraba en el equilibrio del universo y en una palabra: entropía. Yo ya la tenía presente de forma innata en mi novela( que la auto publicaré el año que viene cuando tenga una portada acorde), como si viniera de serie, intrínseca a mi ADN. Eso me hizo sonreír de verdad: coincidir en conceptos tan profundos sin haberlo buscado. Tras ese primer relato, nada de lo que escriba podrá sorprenderme igual: es como la última cena, el último almuerzo, la última noche al calor de tu amada antes de la guerra.
Spoilers: El primer relato
El comerciante y la puerta del alquimista mezcla fantasía y ciencia ficción, ambientada en Oriente Medio, entre Bagdad y El Cairo. Allí, el alquimista tiene sus tiendas. El tratamiento de los viajes en el tiempo es espectacular, limitado a un portal: dos puertas, una en Bagdad y otra en El Cairo. Y ahí surge el concepto del libre albedrío. Las tres historias que cuenta el alquimista al comerciante sirven como introducción a este “producto”. El portal permite viajar veinte años al pasado o al futuro.
Una de las historias más brillantes es la de los amantes. La esposa de un cliente ve a su marido conversar con su versión veinte años más joven. Lo ve en su plenitud y decide viajar al pasado, semanas antes de casarse. Alquila una casa para tener un encuentro íntimo con él. Se esfuerza en crear un ambiente cómodo, hasta cerrar las cortinas… pero descubre que ese joven no es aún el amante experto de la noche de bodas. Y ahí está la clave: es ella quien le enseña, quien inicia el ciclo perfecto sin alterar su futuro.
El comerciante, tras escuchar esta historia (bueno, en realidad, tres), decide intentar salvar a su mujer, muerta en un derrumbe mientras él viajaba. Intenta retroceder veinte años, pero la tienda de Bagdad aún no existía. El alquimista le ofrece entonces usar el portal de El Cairo y le da una carta para que su hijo, quien regenta la tienda de El Cairo acceda. El comerciante cruza el portal, intenta viajar con una caravana por el desierto, pero las inclemencias lo retrasan. Agotado, viaja solo, casi muere y llega demasiado tarde. Lo único que consigue es algo que nunca tuvo en su presente: una carta de su esposa confesando que, aunque su vida fue breve, fue buena a su lado.
Ya anciano y con su fisionomía cambiada, deambula sin que nadie lo reconozca, hasta que es apresado. Y así es como comienza a relatar su vida al califa, el mismo relato que acabamos de leer.
La historia termina recordando las palabras del alquimista: “Nada borra el pasado. Existe el arrepentimiento, la enmienda y el perdón. No hay más. Pero con eso basta.”
Ted Chiang no ha inventado nada, y él mismo lo admite en sus notas. Pero esa honestidad y esa consonancia me alinea a cómo me veo yo como autor y me fascina. Pocas veces me ha pasado, quizá solo con Susanna Clarke.
La segunda parte del libro quizá no alcance el mismo nivel, pero eso no importa. Es un libro para lectores con un cierto bagaje. No quiero etiquetar, pero pondré un ejemplo: el otro día revisioné una película de Matt Damon que no había valorado en su día. En este segundo visionado la cosa cambió. Quizá yo también cambié.
“No hay más. Con eso basta.”
Ah, la película es Más allá de la vida, tres historias que se alinean en un mismo punto.
¿Pero esto qué es? ¿Astronautas tontos del culo? El título ya te deja entrever que te vas a reír, y mucho. Y siendo además una novela corta, sabes que puedes lanzarte sin miedo a empacharte. Es posible que esté dirigida a un público concreto; de hecho, recuerda un poco al estilo de The Big Bang Theory, aunque algo más denso y quizá para un lector más exigente. Puede que los amantes de la ciencia ficción dura se aparten de tonterías y la desprecien, pero lo cierto es que esta obra arrasa con lo absurdo, mezcla ironía, humor descacharrante y un punto de locura que muchos agradecerán. Y si no lo hacen, si creen que su inteligencia está por encima de estas cosas, quedarán retratados: porque negarse a reservar un espacio para lo absurdo y la risa fácil los encalla en un lugar indefinido —quizá en ninguna parte— del que ni ellos mismos sabrían salir.
Puff, menudo sermón. Pero después de esto: BadassTronauts, de Grady Hendrix, ya empieza ganando con su prólogo. En él, el autor cuenta sus penurias en el mundo de la literatura, donde no llegaba ni para pagar el alquiler, malviviendo a base de artículos. Ese estado de ánimo tan apocalíptico fue lo que lo empujó a crear la obra que él mismo autopublicó y que lo catapultó a la fama. Leer ese prólogo ya es una maravilla: explica con tanta sinceridad las vicisitudes del autor que, solo con eso, uno podría quedarse más que satisfecho. Pero claro, sería un feo no seguir leyendo. Y al continuar, te encuentras con un inicio brutal, donde lo absurdo se magnifica hasta lo gigantesco. Una trama media que, por momentos, podría haberse acortado; ya que se extiende en descripciones para dar más realismo, pero que desemboca en un final que te deja con la boca abierta. Un final que eleva aún más ese título de “astronautas tontos del culo” y que, sin embargo, mantiene la esperanza como un elemento profundamente humano. Y es precisamente esa esperanza en lo absurdo la que nos recuerda por qué, a día de hoy, seguimos vivos.
Podría hacer una review, pero no hace falta: pásate por la web del autor y la lees tú mismo. O mejor, te lees el prólogo y decides, tal como hice yo: sin saber nada de antemano. Creo que así es mejor. O, sencillamente, hago un copy-paste de lo que dice en su web:
«Melville, South Carolina was out of money, it was out of jobs, it was out of hope, and today it was out of astronauts. There were only two to begin with, and now one is stuck on the abandoned International Space Station after his mission went bad. With NASA’s budget cut to the bone there’s no one to bring him home, so everyone is only too happy to ignore this embarrassing sign of American Failure and just let him die. But his cousin, Walter Reddie, isn’t going to let that happen. Tanked on vodka, living on a “farm” whose only crop seems to be cars on cinderblocks, he’s a wash-out from the Shuttle Program and he’ll be damned if he’s going to let his cousin die in the sky like a dog. And so he begins to build a rocket. If America won’t rescue its astronauts, he’ll do it himself.
Violating numerous laws, good taste, common sense, logic, and reason, Walter Reddie becomes a lightning rod for people who aren’t ready to lay down and die just yet. His farm is transformed into the promised land for misfits, drifters, rocket junkies, pyromaniacs, dreamers, science nerds, and astro-hippies who still believe that the future of America is in space. But it won’t be easy. Chances are good they’ll blow themselves up, get arrested, or kill each other long before they ever get into orbit.
Por lo demás, este es mi primer acercamiento a Grady. Sé que hace muchas cosas de terror, y puede que me acerque a su obra si mezcla terror con ciencia ficción. Pero el terror en sí no es mi punto fuerte.
Iba a decirlo, pero no. No me creo con derecho a hablar por l@s demás. Aunque, siendo sincero, yo sería un astronauta tonto del culo. Y no por las cosas que aparentan inteligencia cuando las hago, sino por las cagadas que a veces cometo y luego me hacen preguntarme… madre mía.
Primero vamos a describir un poco por encima qué novela tenemos entre manos y, después, todo será spoiler, porque esta novela tiene mucho trasfondo detrás. Trasfondo porque, igual que Las puertas de Anubis, esta novela no arranca hasta la página ochenta o cien, según cómo quieras mirarlo. Medio libro es una introducción a un mundo, a una escena en un planeta que, aun siendo errante, es la insignia del poder de la humanidad: la unión de todos en un festival.
La edición de Edhasa que estuvo en mi casa y al leerla fue cubierta por un A4 para preservarla. Hoy releída en su edición de Gigamesh.
Partimos de la premisa de que Worlorn es un planeta errante. Podría describirse como un cometa que hace una elipse tan grande que lo convierte en un mundo muerto. La casualidad de que entre en una zona poblada de vida y de soles hace que una parte de su trayecto pueda albergar vida. Este inicio tan espectacular es, posiblemente, lo que hizo que Muerte de la luz llegase a mis manos cuando era adolescente. Uno de mis hermanos me lo recomendaba una y otra vez, como una y otra vez lo empecé y lo dejé. Esto ocurrió en contadas ocasiones. Es evidente que yo no estaba preparado; posiblemente porque en aquella época, en los primeros intentos, ni siquiera era maduro en relaciones con el otro sexo, ni había conocido el contacto carnal ni la unión. Es posible que esto ocurriera antes de que me diese cuenta, pero eso no significaba nada para la maduración emocional.
Entonces llegó el día en que superé la barrera de aquellas 80 o 100 páginas y seguí leyendo. Muerte de la luz pasó a ser, posiblemente, el mejor libro de ciencia ficción que había leído en aquel momento. Supongo que, de manera errónea, o como si de un velo se tratase, me inundó la alegría de haberlo terminado. Ese simple hecho lo había convertido en un triunfo. Pero, a día de hoy, Muerte de la luz no se puede catalogar como un libro alegre. Quien busque eso no lo encontrará, aunque sí hallará una novela muy profunda.
Es, diría yo, su primera novela (si no me equivoco). George ya era conocido por los amantes de la literatura de género, pero era un desconocido en la sociedad en general hasta que llegó su ambientación de Juego de tronos en HBO. A partir de ahí todo es historia para el resto; para los demás es un trozo de nuestra vida. De ese esfuerzo y de conseguir acabar algo que al principio no me gustaba, pero que luego se convirtió en una de las mejores novelas. Es posible porque, cuando superas esas páginas, empieza la acción. Y ahí es donde quería estar: no en un amor profundo, no en un mundo decrépito sin esperanza. Era el momento de la lucha. Muerte de la luz tiene eso, y esa tensión característica hace que el libro te ponga nervioso, porque ves lo que se avecina. Martin te lo ha detallado muy bien: recuerda que medio libro es introducción, aportando granos de sal y sazonando el plato a cada grano, y sabes que en algún momento uno de esos granos te echará por tierra el plato.
No quiero que comprendas que es un libro para masoquistas, porque no lo es: hay demasiado dentro y demasiado bueno. Bueno para comprender, para hacerte humano. Es posible que indague en el honor más de lo que uno cree, en la honorabilidad de hacer las cosas y enmendar los errores.
Aunque much@s no lo crean, Martin nunca dejó de ser (ni nunca fue) un referente como autor. Supongo que la vida ya me había absorbido cuando se hizo famoso con la serie de HBO, y aunque me arrancó una sonrisa, no me motivó a leer semejante ingente número de páginas. Venía del R. R. Martin del pasado y allí me quedé encallado. Y hablo de eso aquí.
Muerte de la luz permanecía como una de mis mejores lecturas de ciencia ficción, pero luego llegaron muchas más: Hyperion se puso en primer lugar, superando a La guerra interminable, Tropas del espacio, Marciano, vete a casa, Alas nocturnas, Cuando falla la gravedad, Dune, Tú, el inmortal, Señor de la luz, Pórtico, La legión del espacio, Más oscuro de lo que pensáis de Williamson, Un planeta llamado traición, El hombre en el laberinto o los de Bester. El bagaje empezó a ser muy grande y Hyperion seguía siendo la mejor. Entonces volví a leer El hombre en el laberinto y esta pasó a ser la mejor sin duda alguna. Hoy he vuelto a leer Muerte de la luz y no cambia mi perspectiva sobre mi obra preferida. Aunque Muerte de la luz sea una pasada, no va a destronar a Silverberg o incluso a Bester.
Y a partir de aquí ya todo puede ser spoiler.
Muerte de la luz es, a día de hoy, una obra maestra por la profundidad de su universo, comprendido en menos de trescientas páginas. Solo por eso ya es una novela de culto y merecedora de la excelencia. El simple hecho de que la introducción de la trama sea concebida por la unión de la humanidad para terraformar un planeta errante y celebrar unos festivales es, sencillamente, espectacular. Es la unión de la humanidad para reflejar todo el esplendor, el poder y la capacidad de sus entes. Un planeta muerto lleno de vida es lo que nos muestra Martin, y con eso nos presenta una relación de amor que se alinea en la misma orientación: una relación de amor muerta, a la que el protagonista intenta dar vida, aunque en realidad va hacia ella para morir. Como si de la danza de un elefante se tratase en su peregrinaje al cementerio.
El final es así, duro, a lo Martin. Las muertes son de la misma manera. Incluso el protagonista lo desvela sonriendo al afrontarla en las últimas líneas. Y el autor también lo hace cuando este ya es capturado a mitad del libro, iniciada la acción y la cacería, que es sin duda lo mejor de la novela. Ve a sus oponentes casi caricaturescos, como inofensivos, cuando la cruel verdad es que son asesinos, encubiertos en un código de honor y unas leyes de las que hacen caso omiso al estar en un planeta carente de ellas, abandonado por la humanidad en su fría travesía.
George R. R. Martin emplea aquí tantos conceptos que la obra es casi ultrarreleíble. Pero, a la vez, absurda… aunque no lo creo, porque la infinidad de aportaciones y mensajes son brutales.
La obra tiene componentes de alto machismo, de gran violencia y confrontación en una sociedad que ha sobrevivido a penurias para mantenerse con vida. Las mujeres han sido preservadas como tesoro y, al mismo tiempo, maltratadas como cuasihumanas. Pero no nos engañemos: los hombres también se han visto expuestos a ser cuasihombres. Dirk t’Larien es nombrado así y, de esta manera, es transferido a una presa de caza.
Dirk es el protagonista, alguien que ha sido engañado: llamado por una piedra con recuerdos implantados de una antigua novia. Él había sido rechazado y, posteriormente, manipulado para ir a Worlorn. Este plot o trama puede parecer indeciso, pero tiene una fuerza muy grande. Es, posiblemente, un mensaje muy bueno de Martin, casi una enseñanza. Y uno de los mensajes que más me gustan es la aplicación del nombre. El nombre cobra mucha importancia: Dirk perdió a su amor por no nombrar el nombre real de su amada en el pasado. Los kavalares y su especie, con sus creencias, son muy obstinados en esa importancia.
Esta amalgama de conceptos es alucinante. Dirk aprende el porqué de estar allí: no solo para conocerse a sí mismo, sino para conocer al resto de los humanos. Para controlar su egoísmo y aprender a querer de verdad. R. R. Martin es tan sutil en su mensaje como machacón en su explicación, y eso sorprende aún más en un mundo donde todo se va a la mierda y absolutamente todo carece de esperanza. Dirk ha llegado para luchar, morir y abrir una brecha de esperanza.
Por lo demás, podría añadir que los kavalares son los Mad Max de otros planetas, y no por su anarquía, sino por su violencia y sus códigos. Son realmente un reflejo del auténtico miedo y pavor a la actitud del ser humano cuando utiliza códigos y leyes para oprimir absolutamente a todos. Son capaces de aprovechar las sobras y las migajas de lo que queda de un festival de la vida, vida que primero celebran y después dejan morir sin ningún miramiento, en un lento enfriamiento hasta desaparecer en el espacio profundo.
Esta vez somos la literatura antigua, la de nuestros padres, la que nos ha enseñado. Somos herederos de su credo. Solo nosotros decidimos si este desaparece o perdura como Worlorn. Aunque seguimos siendo swords & blasters, porque aquí tenemos ambas cosas.
¡Uih!, alerta de clásico, de esos de los que ya se ha dicho de todo. Pero nosotros vamos a por otros conceptos: aventura, acción a raudales, un potaje rocambolesco de los que, cuando lo lees, te das cuenta de que hasta el mismísimo Patrick Rothfuss se ha basado en una parte de ella. Aún no profundizaré en ese concepto «lo verás claro», pero ya te digo yo que incluso el título se parece a lo que será su tercera novela, Las puertas de piedra.
Primero, sin spoiler, para que sepas de antemano qué te vas a encontrar en esta novela. Si eres adolescente, no la leas: es compleja y muy fácil a la vez. Para mí fue así; lo que antes me resultaba difícil ahora se ha vuelto fácil. Y he de decir que prever más o menos todo lo que iba a pasar me ha alegrado mucho, mucho. No sé… no necesitaba aquellos giros inesperados. Y eso que la novela está llena de ellos e incluso desborda fantasía, quizá demasiada, pero (como he dicho antes) es un potaje de la hostia. Es más, es como poner un bocadillo de lentejas o garbanzos: sabes que está bueno. La diferencia es que normalmente te lo comes con cuchara y luego mojas el pan… pues aquí es al revés.
Yo me compré la edición de Gigamesh, pero en mi casa siempre ha estado la de Martinez Roca(Grand Fantasy), que viene a ser casi lo mismo.
Si esperas pirámides, no esperes eso. Vas a encontrar Londres, mucho Londres, y un poco de Egipto. No más. Bueno, sí: magia, viajes en el tiempo y flipadas a mansalva, con algo de explicación sobre los mitos de la licantropía.
Dije que el libro es difícil, y lo es. Hay que estar pendiente: cambia mucho de personajes, hay unos cuantos y todos son importantes. Si sigues el hilo, no hay problema. El principio es casi infumable, hasta más o menos la página 80. El punto de inflexión llega cuando aparecen Punch and Judy. Yo, que he estado muchas veces en Londres (que, por cierto, no me gusta, como no me gusta ninguna ciudad grande), conecté en ese momento con lo que podía ser el pasado. Al menos en mi caso, a partir de ahí todo es bajada.
La novela es de las que te salvan si vas un poco saturado. Reconozco que me gusta reencontrarme con literatura antigua. Es una maravilla, sí. ¿Podrías pasar sin ella? Sí. Pero como todo en la vida, Las puertas de Anubis no es de mi bouquet, y aun así me flipa. Me toca los huevos, pues sí, también.
Y ahora vamos con los spoilers y cómo se parece, en su primera fase, a El nombre del viento o cómo este ambientó todo imitando a Powers.
Londres de 1800 es Tarbean en El nombre del viento. El protagonista es como Kvothe: se convierte en un mendigo, las pasa realmente putas. El conocimiento del protagonista y el hecho de ser de otro tiempo sería como el poco conocimiento de Kvothe en sus inicios.
Pero… ese personaje tan endeblucho consigue sobrevivir a los cambios de cuerpo de Joe Cara de Perro, la leyenda viva del hombre lobo. Entonces deja su cuerpo hecho mierda y a punto de morir, y llega a uno fuerte y alto. Ahí es cuando, incluso, puede defenderse de toda la inmundicia que hay en los bajos fondos mágicos de Londres, paralelos pero consonantes con la historia real tal como la conocemos.
Brendan Doyle, profesor de literatura, pasará de ser un viajero en el tiempo a ser un poeta de renombre, con amigos a la altura o más. El personaje podrá dar una buena hostia a aquel desalmado de la época que le amenace. Es aquí cuando la novela empieza a coger un ritmo trepidante, tanto que se podría contar como una historia de aventuras total, de las tan gustosamente realizadas por Indiana Jones, Lara Croft o Uncharted.
Tim Powers hace que lo grotesco y la flipada estén bien elaborados. Los viajes en el tiempo no serán demasiados para no liarla aún más parda, ya que eso se lo dejará a los personajes. Y por momentos te verás sonriendo, con una mueca en la cara, flipando de la locura que tienes entre manos.
Qué vamos a decir… es otro de esos libros imprescindibles o prescindibles, pero es mejor haberlo leído y poder opinar por un@ mism@. Dentro de este libro hay pequeños pasajes que son una completa maravilla, párrafos que equilibran el descontrol y la locura de la enorme imaginación de Powers.
Es, posiblemente, una magnitud de imaginación tan elevada como la que tuvo en sus inicios Orson Scott Card con su Planeta llamado traición, solo que aquí está mejor escrita. O mejor traducida, gracias al gran Albert Solé. No puedo opinar de la versión en inglés, ya que la he leído traducida y está de fruta madre.
Y esta review la dejamos con un poco del humor que tiene…