Antes de seguir con Shimrod, conviene detallar que Suldrun tiene un hermano, el príncipe Cassander. Él apenas hace aparición, salvo vagamente en algún compromiso de la corona.
En cuanto a nuestro mago, su historia es, en concreto, la que más me gusta. En primera instancia, aparece como consejero durante una de esas visitas a Lyonesse (capítulo seis). Casmir le pregunta cómo podría unificar todas las islas, pero, claro, controlándolas él. Shimrod le aconseja acordar la paz con Troicinet. Por lo demás, dejamos ese detalle, que Casmir se tomará al pairo.
Casmir también visitará Tintzin Fyral antes de la muerte de Suldrun. Es evidente el poder geológico que tiene ese paso, y si pudiera controlarlo, controlaría las islas. Cuando llega, por un momento pasa por su mente en qué clase de sitio tan horrendo viviría su hija. Pero eso solo fue un destello que ni siquiera rasgó la delgada pátina de empatía que posee.

En el capítulo trece nos presentan a Shimrod, con su aspecto y su similitud con Murgen, además de sus grandes diferencias. Shimrod vive solo, pero consigue un aprendiz: una persona buena y con actitud, que será una de las primeras víctimas.
Shimrod empieza a tener sueños con Melancthe, sueños con una alta carga erótica que lo impulsan a buscarla. Esta búsqueda lo lleva a dejar a su aprendiz a cargo de la casa y de todas sus herramientas de magia. Él mismo pondrá trampas que se activarán en su ausencia.
Carfilhiot representa la parte mediocre y mezquina de Desmeï, fraccionada en Melancthe y en él. En el último de los sueños repetitivos, Melancthe le dice que su tiempo se acaba, que está hechizada y que irá a la Feria de los Duendes. Shimrod, al partir, deja a su ayudante Grofinet encantado con la idea de cuidar su hogar. Pero será la última vez que se vean: Grofinet defenderá el lugar y las herramientas de Shimrod, pero sufrirá una muerte dolorosa, siendo despellejado.
Shimrod espera en una posada de la feria. Casi al final, logra ver a Melancthe. Es aquí donde ella le pide que realice una tarea, pero Shimrod, cegado momentáneamente por su belleza, le pide a cambio poder poseerla. Ella se muestra reacia a dar placer carnal antes de que ejecute la tarea que necesita: recuperar unas piedras ubicadas en otro plano, en otro mundo.
Aunque pueda parecerle sospechoso, Shimrod sabe que es una trampa. Sin embargo, lo toma como un juego y decide jugar, aunque antes debe asegurarse de sus posibilidades.
A esta altura de la novela, el lector «no tiene ni papa» del embrollo que hay montado entre los magos.
Shimrod actúa movido por la belleza de Melancthe y su deseo de poseerla, pero antes se asegura de hacer algunas preguntas sobre el propósito de la misión: entrar en Iderly y traer trece joyas de distintos colores, cada una más resplandeciente que la anterior. Por suerte, Shimrod, que podría parecer banal, no cae en la trampa. Le arranca una promesa a Melancthe, pero antes lanza un hechizo de desplazamiento temporal justo en la grieta que conduce a Iderly.
Viaja para consultar a Murgen sobre la empresa que debe realizar. Aquí aparecen unas criaturas usadas como enlaces entre mundos: los tótems llamados Sandestin. Aunque Melancthe le entrega dos escarabajos como enlaces entre ambos planos —llamados Acá y Acullá—, Murgen, al conocer la historia, le dice que le huele a Tamurello. Shimrod le comenta que la conducta de Melancthe es extraña, como si hubiera acudido a él bajo presión (cap. 14).
Murgen siente que si acaban con Shimrod, él mismo quedaría debilitado y Tamurello ganaría poder. No sabe qué pretende Desmeï, esa criatura recelosa que creó a Melancthe para controlar a Tamurello, pero este acabó centrado en Faude Carfilhiot, quien dista de ser altivo, y juntos exploran las costas de la unión antinatural.
El consejo de Murgen es claro: debe purgarse de la pasión o morirá. Le dice que puede llegar a ser un gran mago, pero que necesita su ayuda.
De regreso a la grieta junto a Melancthe, ella le dice que debe traer las trece gemas y le entrega los tótems e incluso escamas de sandestin para protegerlo de las inclemencias de Iderly. Melancthe nota que Shimrod lleva una mochila que antes no tenía. Entonces Shimrod activa el tótem Acullá, unido a un ovillo de hilo, y entra en Iderly.
Iderly es un lugar inhóspito: los amuletos que Melancthe le dio se desintegran por las condiciones extremas. Aquí la historia de Shimrod empieza a volverse realmente interesante: entra en otra dimensión, o más bien en otro mundo. Está habitado por montañas vivientes, hostiles hacia los intrusos (antiguos magos ladrones de “huevos de trueno”), pues les roban sin permiso.
Bien aconsejado por Murgen, Shimrod devuelve supuestas piezas robadas (en realidad, simples guijarros) y se gana el favor de las montañas al mostrar desprecio por los ladrones. A cambio, pide las piedras de colores, y ellas acceden, ya que estas gemas crecen por doquier. Le permiten llevarse todas las que pueda cargar.
Shimrod regresa, y una de esas piedras será utilizada más adelante por Aillas para hacer un trueque con el rey de las hadas y conocer el paradero de su hijo.
Los enlaces Acá y Acullá se habían deteriorado con el tiempo, pero el hilo unido al sandestin le marca el camino. Este, sin embargo, no permite transportarse a menos que le entregue las gemas. Shimrod se niega, el sandestin corta el hilo y desaparece… para luego reaparecer y amenazarlo: o entrega las gemas o no habrá regreso. Shimrod, que lleva otro sandestin en el morral, inicia un viaje mucho más largo a través de esferas de gas hasta que llega al claro donde debería estar Melancthe, pero ella ya no está.
Al regresar a su casa, descubre que han asesinado a su aprendiz y robado sus herramientas. La conexión con el hijo de Aillas, Drum, se entrecruzará al final con Carfilhiot y el propio Aillas, ya que en su búsqueda del niño se toparán con Shimrod, quien viaja como boticario ambulante bajo el nombre de Doctor Fidelius, “especialista en rodillas flojas”.
Drum, criado por las hadas durante un año que equivale a ocho para los mortales, recibe dones y una maldición o «Mordet» de mala suerte por siete años (lanzado por el trasgo celoso llamado Falael ). Entre los dones están una espada que siempre regresa a su mano y una bolsa con tres monedas —penique, florín y corona— que siempre se regeneran.
Drum pasará penalidades, buscando a su padre, sabiendo que es un príncipe y su madre una princesa. Lo robarán, y acabará en una especie de casa de Hansel y Gretel, donde niños esclavizados son pasto de un trol. Allí conoce a Glyneth, una niña que lo ayudará en todas las penurias, incluso cuando pierdan la bolsa de monedas o la vista —ya que, por mala suerte, Drum contempla a unas dríades desnudas y una de ellas lo maldice con un enjambre de abejas en los ojos—.
Drum posee además una flauta, que toca con maestría, y junto a Glyneth monta un espectáculo ambulante en la carreta de Shimrod, quien los contrata. Es uno de los pocos momentos de calma antes de que todo se precipite.
En Avalon, Carfilhiot secuestra la carreta mientras Shimrod está ajustando cuentas con el cómplice de la maldición de las rodillas. Justo entonces llega Aillas, y juntos deciden ir en busca de Carfilhiot, que ha huido con Drum al castillo de Tintzin Fyral.
Aillas, en su búsqueda de su hijo, recorre casi todas las islas. Murgen le entrega una de las piedras de Shimrod para poder negociar con el rey de las hadas y descubrir el paradero de Drum. Este, tras un intercambio, le concede un nunca falla (que marcará la dirección donde está su hijo). Antes de iniciar su travesía, Aillas recupera el espejo mágico y el tesoro que había guardado junto a Suldrun antes de su intento de fuga.
En su viaje, siguiendo el nunca falla, cuando intenta pasar por Tintzin Fyral, el castillo está asediado por los Ska. Ve el poderío inexpugnable de la fortaleza y el angosto paso superior que al final servirá para el asedio y rescate de su hijo. Sin embargo, antes de llegar, es capturado por los Ska y esclavizado a trabajos durante veinte años, tras los cuales podría recibir la ciudadanía ska.
Lo llevan a la isla de Kaghane, donde sirve a la nobleza Ska. Intenta pasar desapercibido, pero en un duelo con un noble le da una lección de esgrima y, ante una muerte segura, logra escapar con dos sirvientes. Fabrican zancos para despistar a los sabuesos y huyen, pero son capturados por otros Ska que los hacen trabajar en una mina, condenándolos a muerte segura.
Aillas colabora con sus compañeros para cavar un túnel de escape, y sus peripecias evocan un cameo de Los siete magníficos: de bandidos pasan a derrocar a un condado tiránico. En su búsqueda de Drum, Aillas pierde compañeros —uno se queda como regente del condado conquistado, otro cae hechizado en un palacio onírico que atrapa a los viajeros en un sueño perpetuo—.
En el capítulo dieciocho se relata cómo Drum llegó a Thripsey Shee, las criaturas que la habitan y el intercambio que se hizo entre él y Madouc.
En esta búsqueda, antes de que Aillas obtenga el objeto que le marca la dirección hacia su hijo, realiza su tercera pregunta a Persilian. El espejo responde de forma escueta, mostrando su cansancio tras haber pasado de mano en mano durante una eternidad.
Aillas, molesto, lo amenaza con tirarlo a un pozo, preguntándole si realmente no tiene problema con la eternidad y dejándolo allí para siempre si ese es su destino. Entonces, Persilian, resignado, le ofrece un detallado relato de cómo encontrar un obsequio digno para las hadas y lograr que le revelen el paradero de su hijo.
Esta parte, que coincide con la búsqueda del mago Murgen, es una de las mejores del libro. El espejo le indica a Aillas cómo sortear todas las trampas del camino, incluyendo una escena magnífica en la que debe vadear un río custodiado por una criatura tipo arpía que, al ser cortada, no muere, sino que se recompone una y otra vez.
Murgen no es un ser afable: su naturaleza es más bien la de un “neutral neutral”, un equilibrio entre la benevolencia y la indiferencia. Aillas le entrega el espejo a cambio del obsequio que necesita para las hadas, con una sola condición: que prometa formular una cuarta pregunta llegado el momento, para así liberar definitivamente a Persilian.
De esta manera, Aillas queda en paz con el espejo, comprendiendo su angustia por haber pasado tanto tiempo atrapado, sin esperanza de libertad.
Uno puede hacerse una idea de que, aunque este resumen no siga exactamente la línea del libro, resulta casi imposible recordar la infinidad de detalles que contiene la novela después de un par de semanas. Si pasara más tiempo, ni quiero imaginarlo. Es muy posible que una relectura de este libro resultara especialmente enriquecedora después de haber revisado este resumen.
Carfilhiot, quien mantiene una línea directa con Tamurello mediante un sandestin, es un incompetente en la magia, incluso en el uso de las herramientas de Shimrod. Sin embargo, posee un ítem proporcionado por Tamurello que le permite conocer la ubicación exacta de todos los dirigentes de las tierras que lo rodean. De este modo, sabe cuándo planean atacarlo.
En una de sus observaciones del mapa, ve la oportunidad de cazar a uno de los barones y matarlo. Pero estos ya conocen sus artes de brujería y le tienden una trampa. Es aquí donde se conecta la historia final de Carfilhiot con su presencia en Avallon, justo en el cruce de caminos con Shimrod, Drum y Aillas, en el momento en que este último sigue la pista de su hijo.
Carfilhiot también pasará grandes penurias en su peregrinaje —no menos que los demás protagonistas—, enfrentándose a constantes dificultades en el vasto y enigmático mundo de Lyonesse de Jack Vance. En su viaje, secuestra a Drum y a Glyneth, quienes buscaban y acaban encontrando en Avallon al rey Rhodion, soberano de las hadas, que a veces hace aparición en las ferias. Se le puede reconocer por su peculiar sombrero y por las membranas entre los dedos.
Al descubrirlo, Drum y Glyneth le quitan el sombrero, obligándolo así a concederles un deseo. Drum logra librarse de su maldición, mientras que Glyneth recibe el don de hablar con los animales. Sin embargo, Drum no consigue eliminar el tormento de las abejas que lo acosan —pues su maldición procede de las Dreide—. Finalmente, logra deshacerse de ellas al hacerlas zumbar con la música de su flauta, durante los intentos de Carfilhiot de aprovecharse de Glyneth en el trayecto hacia Tintzin Fyral.
En su recorrido, Carfilhiot es perseguido por Shimrod y Aillas hasta la guarida de Tamurello. Este, temeroso de un enfrentamiento directo con Murgen (debido al vínculo que une a los niños con Shimrod), ayuda a Carfilhiot a escapar con ellos hacia Tintzin Fyral, pero le prohíbe hacerles daño. Carfilhiot los usa como recurso o salvaguarda final, mientras Shimrod y Aillas se ven obligados a postergar la persecución.
Aillas debe regresar a Troicinet para impedir, en el último momento, la coronación de su pariente Trewan—aquel que lo arrojó por la borda—, acortando así su propio ascenso al trono. Con la ayuda de dos de los últimos “siete magníficos” que le quedan, Aillas irrumpe en la ceremonia, mata al príncipe Trewan y se corona en el acto como rey de Troicinet.
El desenlace llega con el asedio de Tintzin Fyral. Aillas, conocedor del único punto débil de la fortaleza, organiza la campaña para subir por el camino angosto y levantar allí mismo las catapultas de asedio. Durante la batalla, Carfilhiot usa a los niños como escudo humano, impidiendo que lo ataquen, incluso tras rogar inútilmente a Tamurello que intervenga.
Tamurello se manifiesta en la atalaya para salvar a Carfilhiot, pero Shimrod le recuerda que ha roto el cónclave al secuestrar a los niños bajo su tutela. La contienda debía ser personal entre él y Carfilhiot. Tamurello cede, temiendo una guerra abierta con Murgen.
Aillas y Shimrod quedan paralizados ante la amenaza de Carfilhiot, que intenta utilizar a Drum y Glyneth como salvación. En ese instante, Drum —que aún fingía ceguera— llama a su espada, que siempre vuelve a su mano, y ataca a Carfilhiot. Shimrod entra en acción usando su magia y un hilo ultrarresistente, a modo de tirolina, y juntos consiguen quemar a Carfilhiot en una hoguera.
El humo de su cuerpo forma un vapor que se condensa en la Perla Verde —nombre del segundo libro—, la cual cae al mar y es engullida por un rodaballo, desapareciendo en las profundidades.
El libro concluye con la sospecha de Casmir sobre Drum y la incógnita de su edad, mientras Aillas y él sellan un acuerdo armamentístico para impedir que Casmir construya una flota y domine el mar, manteniendo así el equilibrio de poder.
Leer el epílogo.
Con esto ponemos fin a la obra. Es posible que haya alguna errata, pero es normal dada la densidad de este primer libro, que lo convierte en una auténtica locura de la fantasía antigua.
Por fin puedo dedicarme a pensar en el próximo libro, el cual ya he empezado. Sin embargo, viendo la magnitud del anterior, he tenido que posponerlo hasta terminar esta extensa reseña–resumen.
Esta vez Somos Swords, y poco a poco la web va ampliándose con una profundidad de texto que está convirtiéndose en una obra en sí misma, con vida propia. Una vida que nace y crece en su lectura.
