Dije que probablemente esta segunda parte de relatos no llegaría a la altura de la primera, ¡pues a la mierda, me equivoqué! Es como decir que, a medida que cumplo años y aprendo, también desaprendo más. Ted te muestra, con sus relatos y en concreto con el último, lo genuino de la persona. Algo que tod@s buscamos, pero que a veces olvidamos, y por lo cual nos encontramos en una eterna lucha para mostrar lo auténtico.

El último relato, titulado “La ansiedad es el vértigo de la libertad”, es un claro ejemplo de esto que intento explicar. Y lo voy a decir muy brevemente. ¿Verdad que he dicho “a la mierda”? Es fácil: podría hablar con corrección, en consonancia con la premisa de expresarse bien, y defiendo hacerlo cuando uno debe dirigirse a cada persona en un tono distinto. Ahí reside la enseñanza. Pero aquí, en nuestro cubil, no hay necesidad de demostrar nada. El respeto es la premisa, pero el lenguaje debe ser cercano.
Ted te muestra eso, pero desde sus inquietudes, que se reflejan en preguntas existenciales. Preguntas tan duras que trascienden lo religioso y lo científico en su relato Ónfalo. La fe es tratada de una manera magistral, y en concreto aborda una pregunta ancestral: ¿qué datos se almacenan en nuestra alma, cuáles conforman nuestra personalidad, indagando en el propio origen de la humanidad?
Ese penúltimo relato actúa como preludio del último, que es el pelotazo final. En él vuelve a hacer hincapié en la cuestión de cambiar las líneas temporales, de una forma increíble. Y lo hace preguntándose cuán infinita o inabarcable puede ser esa bifurcación si analizas incluso la aleatoriedad de lo más minúsculo que nos mueve: átomos, células… Vamos, que cuánticamente cada movimiento no siempre discierne de nosotros mismos. Aunque, a posteriori, nuestras decisiones sí resultan previsibles dentro de nuestras líneas temporales.
Decide, de manera cuántica, saltando de sus letras o de las páginas impresas, que eres tú quien decide la calidad en que se presentará tu vida a nivel empático.
Puff, ¿qué más puedo decir? En mi próxima review será de un libro divulgativo, y podría extenderme un poco más. Pero lo único que puedo afirmar es que, después de estas últimas lecturas, me dan ganas de volver a la buena fantasía, la de sentimiento. Abrir por fin, quitar el celofán que mantiene impertérrita (queriendo abrirse para volver a ser leída) la trilogía de Jack Vance, Lyonesse. Y seguir saboreando el placer sensorial de buenas lecturas, de sentimientos encontrados con lo que soy hoy y lo que era ayer. Cómo la energía ha fluido por mi ser. Cómo el dolor, el placer y, en especial, el sufrimiento son directamente proporcionales a la sensorialidad y potencian lo que te hace humano. Algo de lo que me siento orgulloso.
Por lo demás, me quedaría leer el relato de La llegada. Ya he visto la película y sé del fanatismo que despierta, pero quizá, al ser de otra generación, yo soy más de Contact. Por cierto, me alegra decir que tuve mis quejas porque no estaba en las plataformas y protesté bastante, pero al final llegó a HBO e incluso a Netflix y pude volver a verla.
Esta vez creo que somos lo que somos. No hay más, y depende de nosotr@s. ¡No hay más!
