Primera parte. Porque esta bomba nuclear es de relatos, relatos escritos por alguien que ha ganado todos los premios habidos y por haber, y lo que es más: han sido concebidos a lo largo de muchos años, sin prisa, como debe ser, en contra de la tendencia comercial de ahora (bueno, perdón, de siempre), donde cuando algo sobresale lo exprimen hasta que no queda nada. En este caso a Ted le han dejado su libre albedrío y, aunque parezca una contradicción, de eso trata en buena parte su obra y sus inquietudes, y está en lo cierto: el libre albedrío no existe. Por mucho que quieras dirigir tu rumbo, tu pasado, presente y futuro ya están escritos. Ted, y por supuesto las últimas novelas que he leído, me han hecho volver a creer, a emocionarme, a sentir que leer te hace realmente especial. Y no lo digo con egoísmo, sino porque te da una percepción íntima, sobre ti mismo, cargada de mensaje. Y hablo por mí porque escribo el artículo, pero para que hables por ti, depende de ti, de leer y comprender, no lo que el autor te quiera transmitir, sino lo que tú recibes de esa lectura.
Al escribir esta entrada estoy por encima del ecuador del libro, con cinco relatos leídos y cuatro restantes en el horizonte. Me queda poco para terminar esta obra magistral, y puedo decirlo con seguridad: es una obra maestra sobre todo por el primer relato. Los demás están bien, pero ese inicio es descomunal: un tsunami que te atrapa, te envuelve y, cuando resurges, respiras herido pero consciente de que presente, pasado y futuro son imposibles de cambiar. Ya están escritos. Con esto quiero decir que, posiblemente, la segunda parte de esta review pierda fuerza, porque superar el impacto del primer relato será muy difícil.
Como detalle, Ted Chiang ha conectado conmigo de inmediato. Y no es solo por cómo aborda la cuestión de las IAs, sino por cómo observa la energía. Ya tenía en mente un relato sobre una palabra concreta y, leyendo sus notas sobre qué le impulsó a escribir Exhalación, descubrí que él también se centraba en el equilibrio del universo y en una palabra: entropía. Yo ya la tenía presente de forma innata en mi novela( que la auto publicaré el año que viene cuando tenga una portada acorde), como si viniera de serie, intrínseca a mi ADN. Eso me hizo sonreír de verdad: coincidir en conceptos tan profundos sin haberlo buscado. Tras ese primer relato, nada de lo que escriba podrá sorprenderme igual: es como la última cena, el último almuerzo, la última noche al calor de tu amada antes de la guerra.
Spoilers: El primer relato
El comerciante y la puerta del alquimista mezcla fantasía y ciencia ficción, ambientada en Oriente Medio, entre Bagdad y El Cairo. Allí, el alquimista tiene sus tiendas. El tratamiento de los viajes en el tiempo es espectacular, limitado a un portal: dos puertas, una en Bagdad y otra en El Cairo. Y ahí surge el concepto del libre albedrío. Las tres historias que cuenta el alquimista al comerciante sirven como introducción a este “producto”. El portal permite viajar veinte años al pasado o al futuro.
Una de las historias más brillantes es la de los amantes. La esposa de un cliente ve a su marido conversar con su versión veinte años más joven. Lo ve en su plenitud y decide viajar al pasado, semanas antes de casarse. Alquila una casa para tener un encuentro íntimo con él. Se esfuerza en crear un ambiente cómodo, hasta cerrar las cortinas… pero descubre que ese joven no es aún el amante experto de la noche de bodas. Y ahí está la clave: es ella quien le enseña, quien inicia el ciclo perfecto sin alterar su futuro.
El comerciante, tras escuchar esta historia (bueno, en realidad, tres), decide intentar salvar a su mujer, muerta en un derrumbe mientras él viajaba. Intenta retroceder veinte años, pero la tienda de Bagdad aún no existía. El alquimista le ofrece entonces usar el portal de El Cairo y le da una carta para que su hijo, quien regenta la tienda de El Cairo acceda. El comerciante cruza el portal, intenta viajar con una caravana por el desierto, pero las inclemencias lo retrasan. Agotado, viaja solo, casi muere y llega demasiado tarde. Lo único que consigue es algo que nunca tuvo en su presente: una carta de su esposa confesando que, aunque su vida fue breve, fue buena a su lado.
Ya anciano y con su fisionomía cambiada, deambula sin que nadie lo reconozca, hasta que es apresado. Y así es como comienza a relatar su vida al califa, el mismo relato que acabamos de leer.
La historia termina recordando las palabras del alquimista: “Nada borra el pasado. Existe el arrepentimiento, la enmienda y el perdón. No hay más. Pero con eso basta.”
Ted Chiang no ha inventado nada, y él mismo lo admite en sus notas. Pero esa honestidad y esa consonancia me alinea a cómo me veo yo como autor y me fascina. Pocas veces me ha pasado, quizá solo con Susanna Clarke.
La segunda parte del libro quizá no alcance el mismo nivel, pero eso no importa. Es un libro para lectores con un cierto bagaje. No quiero etiquetar, pero pondré un ejemplo: el otro día revisioné una película de Matt Damon que no había valorado en su día. En este segundo visionado la cosa cambió. Quizá yo también cambié.
“No hay más. Con eso basta.”
Ah, la película es Más allá de la vida, tres historias que se alinean en un mismo punto.

