Primero vamos a describir un poco por encima qué novela tenemos entre manos y, después, todo será spoiler, porque esta novela tiene mucho trasfondo detrás. Trasfondo porque, igual que Las puertas de Anubis, esta novela no arranca hasta la página ochenta o cien, según cómo quieras mirarlo. Medio libro es una introducción a un mundo, a una escena en un planeta que, aun siendo errante, es la insignia del poder de la humanidad: la unión de todos en un festival.

Partimos de la premisa de que Worlorn es un planeta errante. Podría describirse como un cometa que hace una elipse tan grande que lo convierte en un mundo muerto. La casualidad de que entre en una zona poblada de vida y de soles hace que una parte de su trayecto pueda albergar vida. Este inicio tan espectacular es, posiblemente, lo que hizo que Muerte de la luz llegase a mis manos cuando era adolescente. Uno de mis hermanos me lo recomendaba una y otra vez, como una y otra vez lo empecé y lo dejé. Esto ocurrió en contadas ocasiones. Es evidente que yo no estaba preparado; posiblemente porque en aquella época, en los primeros intentos, ni siquiera era maduro en relaciones con el otro sexo, ni había conocido el contacto carnal ni la unión. Es posible que esto ocurriera antes de que me diese cuenta, pero eso no significaba nada para la maduración emocional.
Entonces llegó el día en que superé la barrera de aquellas 80 o 100 páginas y seguí leyendo. Muerte de la luz pasó a ser, posiblemente, el mejor libro de ciencia ficción que había leído en aquel momento. Supongo que, de manera errónea, o como si de un velo se tratase, me inundó la alegría de haberlo terminado. Ese simple hecho lo había convertido en un triunfo. Pero, a día de hoy, Muerte de la luz no se puede catalogar como un libro alegre. Quien busque eso no lo encontrará, aunque sí hallará una novela muy profunda.
Es, diría yo, su primera novela (si no me equivoco). George ya era conocido por los amantes de la literatura de género, pero era un desconocido en la sociedad en general hasta que llegó su ambientación de Juego de tronos en HBO. A partir de ahí todo es historia para el resto; para los demás es un trozo de nuestra vida. De ese esfuerzo y de conseguir acabar algo que al principio no me gustaba, pero que luego se convirtió en una de las mejores novelas. Es posible porque, cuando superas esas páginas, empieza la acción. Y ahí es donde quería estar: no en un amor profundo, no en un mundo decrépito sin esperanza. Era el momento de la lucha. Muerte de la luz tiene eso, y esa tensión característica hace que el libro te ponga nervioso, porque ves lo que se avecina. Martin te lo ha detallado muy bien: recuerda que medio libro es introducción, aportando granos de sal y sazonando el plato a cada grano, y sabes que en algún momento uno de esos granos te echará por tierra el plato.
No quiero que comprendas que es un libro para masoquistas, porque no lo es: hay demasiado dentro y demasiado bueno. Bueno para comprender, para hacerte humano. Es posible que indague en el honor más de lo que uno cree, en la honorabilidad de hacer las cosas y enmendar los errores.
Aunque much@s no lo crean, Martin nunca dejó de ser (ni nunca fue) un referente como autor. Supongo que la vida ya me había absorbido cuando se hizo famoso con la serie de HBO, y aunque me arrancó una sonrisa, no me motivó a leer semejante ingente número de páginas. Venía del R. R. Martin del pasado y allí me quedé encallado. Y hablo de eso aquí.
Muerte de la luz permanecía como una de mis mejores lecturas de ciencia ficción, pero luego llegaron muchas más: Hyperion se puso en primer lugar, superando a La guerra interminable, Tropas del espacio, Marciano, vete a casa, Alas nocturnas, Cuando falla la gravedad, Dune, Tú, el inmortal, Señor de la luz, Pórtico, La legión del espacio, Más oscuro de lo que pensáis de Williamson, Un planeta llamado traición, El hombre en el laberinto o los de Bester. El bagaje empezó a ser muy grande y Hyperion seguía siendo la mejor. Entonces volví a leer El hombre en el laberinto y esta pasó a ser la mejor sin duda alguna. Hoy he vuelto a leer Muerte de la luz y no cambia mi perspectiva sobre mi obra preferida. Aunque Muerte de la luz sea una pasada, no va a destronar a Silverberg o incluso a Bester.
Y a partir de aquí ya todo puede ser spoiler.
Muerte de la luz es, a día de hoy, una obra maestra por la profundidad de su universo, comprendido en menos de trescientas páginas. Solo por eso ya es una novela de culto y merecedora de la excelencia. El simple hecho de que la introducción de la trama sea concebida por la unión de la humanidad para terraformar un planeta errante y celebrar unos festivales es, sencillamente, espectacular. Es la unión de la humanidad para reflejar todo el esplendor, el poder y la capacidad de sus entes. Un planeta muerto lleno de vida es lo que nos muestra Martin, y con eso nos presenta una relación de amor que se alinea en la misma orientación: una relación de amor muerta, a la que el protagonista intenta dar vida, aunque en realidad va hacia ella para morir. Como si de la danza de un elefante se tratase en su peregrinaje al cementerio.
El final es así, duro, a lo Martin. Las muertes son de la misma manera. Incluso el protagonista lo desvela sonriendo al afrontarla en las últimas líneas. Y el autor también lo hace cuando este ya es capturado a mitad del libro, iniciada la acción y la cacería, que es sin duda lo mejor de la novela. Ve a sus oponentes casi caricaturescos, como inofensivos, cuando la cruel verdad es que son asesinos, encubiertos en un código de honor y unas leyes de las que hacen caso omiso al estar en un planeta carente de ellas, abandonado por la humanidad en su fría travesía.
George R. R. Martin emplea aquí tantos conceptos que la obra es casi ultrarreleíble. Pero, a la vez, absurda… aunque no lo creo, porque la infinidad de aportaciones y mensajes son brutales.
La obra tiene componentes de alto machismo, de gran violencia y confrontación en una sociedad que ha sobrevivido a penurias para mantenerse con vida. Las mujeres han sido preservadas como tesoro y, al mismo tiempo, maltratadas como cuasihumanas. Pero no nos engañemos: los hombres también se han visto expuestos a ser cuasihombres. Dirk t’Larien es nombrado así y, de esta manera, es transferido a una presa de caza.
Dirk es el protagonista, alguien que ha sido engañado: llamado por una piedra con recuerdos implantados de una antigua novia. Él había sido rechazado y, posteriormente, manipulado para ir a Worlorn. Este plot o trama puede parecer indeciso, pero tiene una fuerza muy grande. Es, posiblemente, un mensaje muy bueno de Martin, casi una enseñanza. Y uno de los mensajes que más me gustan es la aplicación del nombre. El nombre cobra mucha importancia: Dirk perdió a su amor por no nombrar el nombre real de su amada en el pasado. Los kavalares y su especie, con sus creencias, son muy obstinados en esa importancia.
Esta amalgama de conceptos es alucinante. Dirk aprende el porqué de estar allí: no solo para conocerse a sí mismo, sino para conocer al resto de los humanos. Para controlar su egoísmo y aprender a querer de verdad. R. R. Martin es tan sutil en su mensaje como machacón en su explicación, y eso sorprende aún más en un mundo donde todo se va a la mierda y absolutamente todo carece de esperanza. Dirk ha llegado para luchar, morir y abrir una brecha de esperanza.
Por lo demás, podría añadir que los kavalares son los Mad Max de otros planetas, y no por su anarquía, sino por su violencia y sus códigos. Son realmente un reflejo del auténtico miedo y pavor a la actitud del ser humano cuando utiliza códigos y leyes para oprimir absolutamente a todos. Son capaces de aprovechar las sobras y las migajas de lo que queda de un festival de la vida, vida que primero celebran y después dejan morir sin ningún miramiento, en un lento enfriamiento hasta desaparecer en el espacio profundo.
Esta vez somos la literatura antigua, la de nuestros padres, la que nos ha enseñado. Somos herederos de su credo. Solo nosotros decidimos si este desaparece o perdura como Worlorn. Aunque seguimos siendo swords & blasters, porque aquí tenemos ambas cosas.
