¿Primero lo bueno o lo malo? Porque esta segunda parte de la saga de Silo tiene esos dos aspectos. Para que no te espantes: el libro es increíble, pero…

Pero antes voy a empezar como empieza el tercer libro:
«Para los supervivientes».
Y voy a detenerme en eso. Esta saga parece estar hecha para ellos. Para los que se dan de hostias, la cagan a nivel estratosférico y, después de darse cuenta, han de conseguir avanzar más de lo que la han jodido. Consiguen avanzar, pero la cagada es monumental. Y esto ocurre por el desconocimiento de absolutamente todos. Incluido el protagonista principal de esta segunda parte, que es uno de los diseñadores de los silos.
Es posible que de esta manera se presenten los personajes de esta segunda parte. Y con esto empezaremos con lo malo.
Los personajes, como he dicho antes, cambian. En esta segunda parte ya no vamos a tener a Juliette, nuestra heroína, que ha sobrevivido a una limpieza y es la única superviviente tras una salida del silo.
En este libro viajamos al origen, a un futuro próximo, al momento de la creación de los silos y cómo fueron diseñados. En el papel suena interesante, y lo es, pero el problema es cómo se presenta esta progresión: se vuelve tediosa, larga. Siguiendo la dinámica editorial actual: libros grandes con muchas cosas que se podrían obviar y que solo sirven de trámite hasta llegar al clímax. Personajes ya metidos en política, muy humanos, con muchas dudas, que se agravan en un ambiente tan deprimente como puede ser un silo. Esta vez, además, nos moveremos entre distintos silos. Un proceso tan extenso y pesado que no empieza a despuntar hasta pasada la mitad del libro, cuando se nos cuenta cómo se destruyó el silo diecisiete, donde Juliette conoce a Jimmy, o “Solo”.
A partir de aquí puede haber spoilers. Pero antes de entrar con todo, te digo: si aguantas más allá de la mitad del libro, la lectura se acelera, no podrás dejarlo, y todo sube exponencialmente. Lo que convierte a esta segunda entrega de la trilogía Silo en una maravilla. Puede impulsarte a leer el tercero. Pero en mi caso, dejaré pasar un tiempo prudente, para no quemarlo o incluso dejarlo para más adelante. Así lo hice con la trilogía de Los tres cuerpos, y esta vez haré lo mismo. Es más, posiblemente no lea la tercera parte hasta que no salga la tercera temporada de Silo en Apple TV. Porque creo que estamos hablando de que Silo es el pelotazo de las series de ciencia ficción. Es evidente que hay muchísimas y muy buenas, por lo que posicionarse a ese nivel es muy difícil. No como ocurrió con Juego de Tronos, ya que el género de fantasía no tiene tantas series a su altura.
Spoilers.
Veníamos de jugar al gato y al ratón con el primer libro, con aquellas imágenes que hacían pensar que el exterior era verde o que todo podía ser una simulación. En el segundo libro no sigue ese juego hasta el final, donde nuevamente se abre la caja de Pandora. Pero ahora lo hace de forma muy lenta, al principio, añadiendo un componente de exterminio tipo «nano-máquinas» para curar y alargar la vida. Pero revela que estas máquinas pueden usarse como un virus: así como te dan vida, te la pueden quitar.
En la review de la serie y el libro, llegué a aventurarme a decir que los silos estaban controlados por una especie de IA. Pero en este segundo libro se inclinan más por un posible “reset” humanitario. Incluso uno podría haber pensado, en el primero, que ese paisaje devastado lo provocaban los mismos turnos de control con drones armados, ya que en algún párrafo se detallan temblores relacionados con armamento.
Las fuerzas políticas y un conflicto que no se detalla terminan cediendo protagonismo a los problemas familiares y al conflicto interior de Donald, quien pasa de ser un mero títere a tomar el timón del barco. Aun así, queda encerrado en un recinto como lo es el silo, que le impide tener ese impulso natural que había en el primer libro: la incertidumbre. Ese desconocimiento que permite cometer atrocidades sin una línea equitativa, por mucho que exista un libro de la Orden.
Lo bueno:
El libro es brutal. Solo que has de superar la mitad para empezar a disfrutarlo. Para mí es demasiado. Pero no tod@s somos iguales. Aunque recalco que, en lo personal, leer un libro de una saga y enseguida el siguiente es una locura. Sería como no dormir en 24 horas y esperar que el cuerpo funcione igual las siguientes 24.
Donald, el personaje principal, a medida que empieza a descubrir la manipulación a la que ha sido sometido, se convierte en juez y verdugo. Y es en ese momento cuando su personaje explota, porque no cae en la típica paranoia. Al ser un hombre de bien, maltratado, analiza los ángulos y, debido a la manipulación que ha sufrido, se convierte en un ejecutor vengativo. Y uso esa palabra porque no busca imponer su ley a la fuerza, sino desvelar un futuro. Un futuro que, fuera del círculo de los cincuenta silos, puede albergar esperanza. Pero deberá luchar contra lo que no los hace del todo humanos, porque en su interior tienen nanomáquinas. Máquinas que pueden dar vida, pero también quitarla.
Él se siente culpable de la vida de mierda a la que ha condenado a la sociedad. Y probablemente esa misma vida es la que se podría esperar para los primeros colonos en Marte: viviendo penosamente bajo tierra.
Donald empieza a molar a partir de la segunda mitad del libro. Pero es realmente cuando entra la historia de Jimmy, o Solo, el hombre que hace contacto con Juliette en el silo 17, aquel silo destruido que aún alberga esperanza al llegar ella. Es allí donde este segundo libro se dispara hacia arriba en exponencial.
Jimmy es una pasada. Su madre lo arranca de clase al conocer el conflicto y corre con él hacia la sala del conocimiento del silo, donde está su padre. Las escaleras están abarrotadas y madre e hijo se separan. Jimmy llega de milagro junto a su padre, quien le da las instrucciones para entrar a la sala del legado. Pero su madre no aparece entre la multitud. Padre y madre son capturados y asesinados frente a las cámaras, que Jimmy puede observar desde la sala del legado del silo 17.
Su padre le advierte que lo matarán si abre la puerta, igual que harán con ellos. Esas palabras resuenan en Jimmy todo el tiempo. Aunque quiere ayudar a sus padres, la muerte de estos lo bloquea. Lo bloquea durante casi más de un año, en el que la contraseña se reinicia cada día después de tres intentos fallidos.
1218 es el número, si mal no recuerdo. Están ligados al piso de su escuela y de su casa. Si divides ese número entre tres, te da 406 días: poco más de un año. Y justo después de ese tiempo, la puerta se abre y Jimmy debe matar a los hostiles.
Pasarán muchísimos años, casi treinta, en los que recorre un silo desierto. Tiene varios encuentros, como con un matrimonio que lo asalta por comida.
Jimmy se cuestiona, después de matar al hombre y luego a la mujer, por qué necesitaban comida… si ella tenía el abdomen abultado, como si fuese por exceso de comida.
Y ahí es cuando la obra pega el cambio brutal y conecta las historias paralelas del silo 1 (Donald) con la del 17 (Jimmy), mostrando lo que puede provocar el desconocimiento, y cómo pueden producirse muertes aleatorias y sin sentido.
Hay más personajes, como un porteador del silo 18 llamado Misión, ligado al pasado, a la primera rebelión que se logró contener sin destruir ese silo. Para mí, es un parche en el libro que sirve para explicar cómo comenzó esa rebelión, pero sin demasiada profundidad. Salvo la conexión familiar con la esposa de Holsten, el primer comisario del primer libro. Aunque le dedican muchas páginas, no tiene demasiado sentido. Pero eso sí: sirve para hacerte sufrir y que, cuando llegan Jimmy y Donald, empieces a flipar con el libro.
Tampoco me quiero extender más, pero es evidente que todo se conecta. Supongo que ha sido así toda mi vida, para bien y para mal. Al terminar el libro anteayer, justo antes de escribir este artículo, me sorprendió descubrir que Hugh Howey se autopublicó en Amazon, lanzando entregas por un dólar. Un detalle que me sacó una sonrisa, porque se parece mucho a lo que yo he estado haciendo: subiendo mis relatos por menos de un euro, incluso regalándolos al lanzarlos. Salvo Amanecer del Ronin, que es mi retoño.
En casi todo lo que he emprendido en la vida, he terminado destacando. Y no han sido pocas cosas. Siempre ha sido una cuestión de aptitud y honestidad.
Escribir, no lo hago por dinero ni por reconocimiento. Ni siquiera empecé la web con esas intenciones. Lo hago porque me gusta. Porque cada día, convivir con una enfermedad crónica convierte todo —leer, pensar, escribir, todo— en un reto… pero también en un regalo. Ya no es tan fácil como antes, pero ahora cada paso vale más. Esto no es un negocio. Es un camino. Es dejar huella. Un legado, como en Silo.
Sí, esta vez somos legado.
Silo es posiblemente una obra imprescindible.
