Dicen que, si hicieran un clon de un@ mism@, este jamás sería igual a nosotr@s. Porque no es el cuerpo, son las experiencias las que nos definen.
Gigamesh ha tenido un peso importante en mi forma de ser. No porque haya ido mil veces, de hecho, no han sido muchas, apenas algo más de una decena, sino porque desde el principio estuvo presente en mi casa.

Uno de mis hermanos mayores fue de los primeros en visitarla cuando abrió. Gracias a él, el cómic y la literatura fantástica llenaban las estanterías de nuestra casa. Recuerdo cómo llegaban a mis manos libros, manuales e incluso juegos como Dungeons & Dragons o Blood Bowl, todos conectados con aquel ambiente friki tan especial del mercado de Sant Antoni.
Aquel mercado era un verdadero polvorín de creatividad: allí los libros se entrelazaban con los videojuegos de Spectrum, y el arte se respiraba en cada rincón. Todo ese universo encontraba su continuidad natural en librerías como Gigamesh o Norma Cómics, muy cerca del Arc de Triomf. En apenas cuatro pasos, tenías todo el frikismo al alcance de la mano.
Para mí, Gigamesh no era algo tangible aún, hasta que mi hermano mayor, junto a un grupo formado en torno a la librería, viajó a los Premios Hugo celebrados en los Países Bajos en 1990, durante la convención mundial de ciencia ficción ConFiction. Yo era joven, pero ese gesto marcó algo. Todo el material que teníamos en casa cobró una dimensión nueva. Y justo por esa época, ya estaba yo lo bastante preparado para sumergirme en la literatura del género.
Mi hermano trajo de allí, entre otras cosas, la edición en inglés de Hyperion. Ese libro, sin duda, me marcó. A día de hoy, lo coloco entre los cinco mejores de la ciencia ficción. Ese peregrinaje que relata la novela… era también el preludio del que es la vida misma.
Pasaron los años. Mis hermanos hicieron su camino, yo el mío. Dejé de leer por un tiempo, o al menos no tanto como antes. Había pasado por la tienda, quizá buscando algún Conan de Timun Mas o los Von Bek en inglés, pero poco más.
Hasta que en 2015 volví a Gigamesh.
Recorrí la tienda —la nueva, no la de debajo del Arco de Triunfo con sus escaleras estrechas— y sentí que algo había cambiado… y, a la vez, no. Pregunté en la vitrina:
—¿Tienes El hombre en el laberinto?
—Sí —me dijeron, sin tardar nada en sacarlo.
Costaba ocho euros. Me lo llevé. Me lo leí. Y ahí estaba de nuevo: mi yo interior. El que había estado callado, esperando, en pausa.
Gigamesh siempre ha estado presente. En aquella época, ser friki ya era algo. Y yo lo era, sin duda. Lo vivía. Tenía el género a raudales. No necesitaba ir constantemente a la librería: los libros ya estaban en casa, esperando ser leídos. Para casi dos vidas.
Un día decidí crear una web. Quizás porque pensaba que este género estaba en declive… o porque, en realidad, leer está en declive. Pero precisamente por eso es tan especial: porque sigue tocando a personas que lo sienten de verdad.
Gigamesh ha hecho mucho para que eso siga siendo posible.
Hoy he escuchado el podcast de Windumanoth. Me dio pena saber que Alejo se retira. Me habría encantado conocerlo. Es el ejemplo perfecto de alguien que creyó en vender un tipo de literatura muy concreta, con obras maestras que no todo el mundo conoce, algunas ya incluso descatalogadas. En el podcast habla del catálogo interno, de cómo encontrar ese tipo de libros olvidados, y uno siente que hay ahí un legado que no debería perderse Aquí.
Cuando empecé a escribir, llegué a pensar, como muchos, en la posibilidad de publicar con ellos. Incluso llamé una vez. Pero con el tiempo, entendí que no todo necesita forzarse. Las cosas fluyen, y lo importante es seguir creando, no perseguir validaciones.
Ahora, mientras escribo estas líneas, me viene a la cabeza que el podcast quizá podría haberse anunciado antes. Pero, sinceramente, no cambia nada. Gigamesh siempre ha estado ahí. Y seguirá estando.
Así que este cuarenta aniversario no es solo una fecha redonda. Es una prueba de que algunos espacios se mantienen firmes, resistiendo modas, consolidándose como refugios de imaginación, como lugares que invitan a seguir explorando. Y eso, hoy, ya es mucho.
Como broche final dejo un relato corto de Silverberg de otro podcast y en el original. Donde se observa la esencia de la literatura de género antigua:
Aquella que nos sigue haciendo disfrutar como antes. En el presente.
Un homenaje a cuatro décadas de imaginación, libros y mundos infinitos. Y un relato que captura, con maestría, la esencia del género que nos une.

