La Energía / El Coste / Producción

El otro día me encontré pensando. Los inputs entraban y salían. La vida parece estar en una eterna lucha desde que somos especie. Ya lo sabéis, siempre estoy con la misma cantinela.

Me fui a comer un sándwich de una conocida marca, nacida en la ciudad que me acogió desde mis inicios. El sándwich, ya no existía, lo habían retirado. Posiblemente por caro y complejo de preparar, por su componente principal, tener un tiempo de elaboración considerable.

Pero me surgió un pensamiento, como un letrero de neón encendido en la cabeza: ya no importa nada, solo los beneficios. Ya ni siquiera se esfuerzan en subir el precio del producto de forma razonable; simplemente recortan costes. Y entre esos costes, la elaboración ha pasado a ser prescindible. Es una prioridad para ellos: hacer menos, gastar menos.

Lo comenté con quienes estaban conmigo. Todo ha cambiado, y lo que antes era excelencia ahora parece una aberración.

Una cadena reputada puede hacer lo mejor… y también lo peor. Y aunque debemos aceptar que no todos somos iguales ni tenemos los mismos gustos, los principios son lo que nos define. Cuando se pierden, se pierde parte de nuestra evolución. Aun así, el ser humano sigue adelante. Evoluciona, se adapta… incluso al miedo, incluso al pavor que puede provocar la sociedad misma. Y a veces, entre tanta sombra, se vislumbra un claro.

Hace poco vi un documental en RTVE titulado Hope!. Una de cal. Porque también creo que nuestra cadena nacional, tan valiosa en muchos aspectos, a veces nos da una de arena, emitiendo programas que tienden a polarizar hacia el extremo opuesto del tipo teleb*sur*. Pero como no es de caballeros detenerse a criticar sin aportar, sigamos con Hope.

Este documental trata sobre el calentamiento global y las posibilidades reales de revertirlo. Confieso que pensaba que, con la llegada del calor, mi cuerpo se encontraría mejor. Me equivoqué. El cuerpo humano funciona de forma óptima con temperaturas estables. El calor excesivo no solo nos incomoda: nos desajusta, nos agota. Es una certeza fisiológica.

A veces, como muestra el documental, dar dos pasos atrás para poder avanzar puede ser una decisión acertada. En contraste con avanzar a toda costa, surge el conocido eslogan: “No tenemos un planeta B”. Esta frase se repite con frecuencia porque, como sociedad, aún necesitamos recordatorios constantes sobre la responsabilidad colectiva que tenemos con el entorno.

Cada persona es un individuo único, y todas las opiniones son respetables. Sin embargo, cuando se trata del medio ambiente, hay límites que trascienden lo personal. Dañar el planeta no es una opción negociable, simplemente porque no nos pertenece en exclusiva. Si lo fuera, cada uno podría hacer con él lo que quisiera. Pero no es así.

Enlace en imagen.

La de arena llegó con el apagón. Aunque, si lo pensamos bien, quizás también fue una de cal. La transición hacia energías renovables representa una solución viable, especialmente si observamos países como China, cuyo crecimiento es desproporcionado, increíble y fascinante. Nadie duda de su capacidad para absorberlo todo a su alrededor. Un apagón en ciudades de ese tamaño podría tener consecuencias catastróficas. La tecnología es la magia del presente, pero, como toda magia, se alimenta de un “maná”: los recursos del planeta.

Y así volvemos a la idea del planeta B. Ya lo comentamos en otra entrada anterior, búscala si te interesa profundizar más, no estará muy lejos. Pero, como siempre, hay un pero: lo que hoy puede parecer irrelevante o costoso, mañana puede adquirir dimensiones insospechadas. El problema está en que los costes, cuando se convierten en la única vara de medir, entran en una paradoja: si el coste es demasiado alto, se frena el avance. Por eso, gestas como el viaje a la Luna o las misiones Voyager, que en su momento fueron criticadas por “innecesarias”, hoy se reconocen como pasos clave en nuestra evolución tecnológica.

En este contexto llegó a mis manos, gracias a los sitios por donde me muevo, el libro La utilidad de lo inútil. Solo con el prólogo bastó para llegar a una conclusión poderosa: muchos proyectos científicos y tecnológicos se han considerado “inútiles” solo porque no ofrecían un beneficio inmediato. Pero si algo ha quedado claro a lo largo de la historia, es que la inversión en conocimiento es lo que nos ha hecho dar saltos de gigante como civilización. Como se suele decir, “el saber no ocupa lugar”… aunque no genere ingresos instantáneos. Y en esa búsqueda de inmediatez, a menudo perdemos de vista los valores esenciales como seres humanos, no solo como unidades de producción o consumo.

La calidad, por tanto, no debería ser negociable. Ni en la comida, ni en la educación, ni en el conocimiento, ni en ningún otro ámbito vital que sostenga nuestra existencia.

Sí, nos repetimos más que el ajo. Pero recuerda que aquí, en España, se dijo que este país “sabía a ajo” como forma de menospreciarlo. Una muestra más de algo que la humanidad ha hecho desde sus orígenes: desprestigiar lo propio. Y sin embargo, precisamente reconocer y corregir estos errores es una vía para evolucionar. Hoy todo parece estar supeditado al beneficio económico, pero si leíste la reseña anterior sobre las sondas Voyager, sabrás que también somos capaces de empatía, de admiración, y de soñar con cosas que no tienen precio. Cosas que, muchas veces, acaban siendo el motor real de nuestra vida.

Y por último, la guinda del pastel. En medio del contraste que supone la vida actual, surge la evolución. Aquellas imágenes captadas por las sondas Voyager, que costaron una fortuna en su momento y serían impensables hoy por su presupuesto, ahora están al alcance de todos. Desde el lugar en que vives, sin moverte, puedes ver lo que vieron esas sondas. Esa es la magia de la evolución: pasos que antes eran imposibles hoy son reales y con una proyección de futuro aún más amplia.

Me quitaron el sándwich, ese que era saludable y bien elaborado. Me quitaron, una vez más, algo bueno. Porque lo bueno, al parecer, no es rentable. Mi voz, como individuo, no va a devolvérmelo.
Pero luego, con un simple vídeo en YouTube, volví a conectar con esa idea de evolución. Una evolución que comienza aquí, en nuestro planeta, la Tierra, y que, una vez más, nos impulsa a mirar hacia otros mundos.

Sé que ese sándwich me lo puedo hacer yo mismo. Pero ya se ha perdido como parte de lo que fue algo colectivo.
Aunque hay algo que siempre estará ahí: solo tienes que mirar hacia arriba.

Estas imágenes son realmente lo único que importa de este artículo.

Es en este momento cuando, literalmente, a uno le “explota la cabeza” y empieza a sentirse parte real de lo que somos. La consciencia se expande, y ya no puedes mirar atrás, porque no te reconocerías: has avanzado.

El vídeo es impactante en todos los sentidos, salvo quizá por la música, que puede no ser del gusto de todos. Y es precisamente ahí donde cada individuo puede decidir qué experiencia desea tener. Porque lo que se muestra en esas imágenes ya no pertenece únicamente a la humanidad; pertenece al sistema que nos da vida. Al todo. A ese equilibrio natural del que formamos parte, aunque a veces lo olvidemos.

¡Esta vez somos Pepito Grillo!
Por cierto, aquella cadena alimentaria que, antes de hacerse mega conocida, también preparaba el clásico pepito de ternera y de una calidad buenísima, también lo quitó de su catalogo.

¿Desaparecerá también el ser humano?
¿Será su ambición desmedida lo que lo hunda… o lo que lo haga resurgir?
¿O, al final, todo se reducirá simplemente a un asunto de costes de producción?

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